El secuestro de Maduro da alas a los “halcones” cubanos de Florida
En la Calle Ocho, el histórico barrio cubano de Miami, la vida sigue a pesar de los trastornos que se viven en América Latina. Se oye el mambo en los restaurantes. Los gallos se pavonean entre los diferentes monumentos en homenaje a las víctimas de la dictadura castrista y, como casi todos los días desde 1976, los aficionados al dominó se reúnen en Domino Park para jugar ante la mirada de los turistas... y de una treintena de jefes de Estado representados en un mural. Se trata de los líderes que asistieron a la primera Cumbre de las Américas en 1994, auspiciada por Bill Clinton.
Ese momento diplomático, en el que participó Venezuela, parece muy lejano desde el secuestro de Nicolás Maduro a principios de enero. En el sur de Florida, refugio de millones de latinos que han huido del autoritarismo, la pobreza y la violencia en sus países, la noticia provocó escenas de júbilo.
Era la comunidad venezolana la que estaba de celebración, pero muchos cubanos establecidos en Miami y sus suburbios se unieron a ellos. Se reunieron, como suelen hacer, en Versailles, el gran restaurante de la Calle Ocho fundado por un refugiado en 1971. Para ellos, la caída de Maduro podría hacer realidad su sueño de siempre: la desintegración del régimen castrista, aliado político y económico de Caracas. “Sin el petróleo venezolano, no podrán aguantar”, afirma Albert, un expreso político de 81 años que se fuma un cigarrillo cerca de Domino Park.
Desde su llegada en 1959 tras el golpe de Estado de Fidel Castro, las antiguas generaciones de exiliados, víctimas directas del régimen como Albert, se esfuerzan por ponerle fin desde las costas de Florida, a menos de 150 kilómetros de la isla. A medida que han ido ascendiendo económicamente, estos refugiados y sus descendientes han logrado construir una influencia política nada desdeñable en Washington y en el “Sunshine State”, durante mucho tiempo un Estado decisivo en la carrera presidencial, a través de diversos grupos de presión opuestos a Castro.
Una influencia desproporcionada
Hoy en día, esta comunidad de menos de dos millones de personas desempeña un papel desproporcionado en la política internacional de Estados Unidos. En la cúspide del Estado federal, los partidarios de una línea dura hacia La Habana están representados por el secretario de Estado Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos que representó a Florida en el Senado y se opuso rotundamente a la política de distensión emprendida por Barack Obama.
Además de este cargo, Rubio ocupa el puesto de asesor de seguridad nacional, una doble función poco habitual. A su alrededor, varias personalidades no cubanas comparten su visión. Es el caso de Christopher Landau, su número dos, partidario del intervencionismo de Washington en el hemisferio occidental para acabar con los regímenes comunistas y socialistas.
Los “halcones” cubanos también se han infiltrado en los principales lobbies y círculos de reflexión de Washington, y han conseguido puestos de embajadores y embajadoras. Además, los diputados republicanos del sur de Florida, como María Elvira Salazar, hija de exiliados, son escuchados en la Casa Blanca. Esto explica en parte el hecho de que Miami no haya sufrido redadas masivas de la ICE, la policía de inmigración. “Los cubanos tienen una influencia sin igual en la política hacia América Latina”, resume Eduardo Gamarra, profesor de ciencias políticas en la Florida International University (FIU).
Ya no es necesario un grupo de influencia cubano, porque hay muchas personalidades en condiciones de aplicar su propia visión
El grupo de presión más conocido es la Fundación Nacional Cubano Americana (CANF). Creada en 1981 por el carismático José Mas Canosa, un exiliado que hizo fortuna en el sector de la construcción, la fundación fue identificada por el Gobierno de Ronald Reagan como un interlocutor privilegiado en los asuntos cubanos. Con sede en Miami, abogaba por un cambio de régimen en La Habana. La CANF tenía como modelo al poderoso y controvertido AIPAC (Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos), que actúa para colocar aliados del Estado israelí en todos los niveles del poder.
“La CANF se dotó de entidades para recaudar fondos a favor de los candidatos, recibir donaciones y ejercer presión política”, explica Patrick Haney, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Miami (Ohio), que ha estudiado el impacto de los grupos de presión étnicos en la política exterior estadounidense. “La fundación logró un ascenso impresionante”, afirma.
Entre 1981 y 2008, el grupo ejerció una influencia considerable. Además de “castigar” electoralmente a cualquier candidato o representante electo favorable a una flexibilización de las restricciones contra La Habana, obtuvo importantes victorias legislativas, como la aprobación de la “Ley para la Democracia Cubana”. Esa ley de 1992 endureció el embargo para derrocar al régimen. Cuatro años más tarde, consiguió la aprobación de la “Ley de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana”, en la que se instaba al presidente estadounidense a animar a la comunidad internacional a restringir sus relaciones económicas y financieras con la isla.
La CANF perdió presencia tras la muerte de José Mas Canosa, pero cumplió su objetivo. “En cierto sentido, ya no es necesario un grupo de influencia cubano, porque hay muchas personalidades en condiciones de poner en práctica su propia visión”, continúa Patrick Haney. “Los cubanoamericanos ya no necesitan llamar a la puerta. ¡La puerta es suya!”.
Una estrategia trumpista incierta
Desde el secuestro de Maduro, su influencia se hace notar. El domingo 11 de enero, Donald Trump escribió en su red Truth Social que “no habrá más dinero ni petróleo para Cuba, cero”. “Recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde”, dijo refiriéndose a los dirigentes. En otro mensaje, declaró que Marco Rubio sería el presidente del país. “Me parece bien”, respondió el interesado. Y el jueves 29 de enero, afirmando que La Habana representaba “un peligro inusual y extraordinario”, amenazó con imponer aranceles adicionales a los productos de los países que exporten petróleo a la isla.
Para Jorge Malagón Márquez, profesor de Historia en la Universidad de Miami-Dade (Florida), se trata de “propaganda para complacer a los cubanos de Florida”. Hijo de exiliados, Malagón llegó a suelo estadounidense a los 5 años y cree que el Gobierno de Trump no se arriesgará a llevar a cabo una intervención directa en La Habana.
“A diferencia de Venezuela”, explica, “Cuba no tiene recursos energéticos que interesen a Estados Unidos. Y, a diferencia de Caracas, hace tiempo que no tiene un movimiento opositor activo. Fidel Castro terminó con él ofreciendo una válvula de escape a los disidentes. Los dejó marchar para evitar una contrarrevolución”.
Además, con el relevo generacional, la comunidad cubana se ha vuelto más diversa ideológicamente y menos rígida en sus relaciones con la isla. “En 2016, cuando Obama firmó acuerdos con Cuba y visitó el país, el número de cubanoamericanos que apoyaban el embargo disminuyó. Se han vuelto más favorables a la idea de comerciar con Cuba”, señala el politólogo Eduardo Gamarra.
Por su parte, considera que la política de apertura del presidente demócrata es más eficaz que la de Donald Trump. “Obama permitió el desarrollo de Internet en la isla, lo que aumentó la contestación interna. El enfoque de Trump, sin embargo, ha causado muertes”, dice en referencia a las personas asesinadas durante el secuestro de Nicolás Maduro.
Aunque el republicano da la impresión de estar atento a la comunidad, eso no le impide señalarla discretamente en sus políticas migratorias. En concreto, ha suspendido el TPS (Temporary Protected Status), un programa de protección que impedía que miles de cubanos fueran devueltos a su país.
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Según el New York Times, en 2025 se repatrió a 1.600 ciudadanos, el doble que en 2024. “Se nota el enfado en la comunidad. Ahora, algunos miembros se dicen: ‘Van a expulsar a mi primo, están impidiendo que venga mi tía’, explica Jorge Malagón. “Pero las personas que se quejan, muchas de las cuales han llegado recientemente a Estados Unidos, no pueden votar”.
Traducción de Miguel López