Polímeros para morder (y escribir)
Como cualquier colegial de esa España nuestra de los ochenta, aprendí a escribir a lápiz. Utilizaba aquellos maravillosos Staedtler negros y amarillos que afilaba poco y mordía mucho. En algún momento, no recuerdo cuál, crucé el umbral de una pequeña madurez académica y pasé del lápiz al bolígrafo. Para entonces ya llevaba muchísimas libretas de caligrafía Rubio, algo que me habrá perseguido toda la vida porque soy un honrado ser de mala letra. Pasar del lápiz al boli es todo un portal de transformación. Aquello que se escribe deja de ser borrable, provisorio, temporal y entramos en el territorio de la vida, donde las palabras y los garabatos son definitivos. Se acaba con el bolígrafo todo ensayo y asumimos que las cosas deben ser meditadas, que no hay una segunda parte de licencia para corregir lo ya gafado y que sólo queda el borrón doloroso cuando la cosa sale mal, que es como la cicatriz que sale en la carne después del golpe. Esto es vivir: o aciertas o te despeñas.
Por supuesto, mi primer bolígrafo fue un Bic. El Bic cristal azul ecuménico. El que debe ser. El Bic estuvo conmigo todo el colegio y todo el instituto, hasta que descubrí, ya en la Universidad, que con rotuladores de punta fina como el Pilot o el Lamy o plumas estilográficas que permiten un fluir de mano ligero y suave, mi proverbial mala letra mejoraba y era capaz de tomar apuntes y conseguir releerme después. Pero esto ya es otra historia. Mi boli Bic, el mío, estaba siempre guardado en las anillas espirales de metal de la libreta. Más que guardado, aprisionado, porque me afanaba para que viajase seguro, para que no se cayese y perderlo en el trajín de la casa al instituto y siempre costaba sacarlo (fui un adolescente sin cartera, siempre de carpeta bajo el brazo, que es una manera de ir por la vida más deslomada pero también más digna). Lo ideal sería llevarlo en el plumier bien guardadito y con su tapa (qué hermosa palabra, plumier, dediquémosle un pensamiento), pero nunca era así. Yo no tenía plumier. Quería ir por la vida ligero de equipaje, con lo imprescindible. Qué le vamos a hacer. Mi boli Bic, el boli Bic de mi adolescencia, era como soy ahora: desangelado en el vestir (las tapas me duraban apenas un par de semanas), rayado y mordido (yo mismo lo amputaba) y, algo que me fastidiaba mucho, casi siempre sin la tapita pequeña de atrás (hay un rumor neurótico en toda vida). Las tapitas de atrás de los bolis Bic, fabricadas en polipropileno, están riquísimas cuando se las extrae con los incisivos y uno las mastica suavemente para no deformarlas demasiado. Quizá porque en los jugos de la boca, los polímeros plásticos, que supuestamente no tienen sabor, nos enfrentan al sabor de nosotros mismos, con las enzimas y sales de la baba propia, amplificados con la recompensa cerebral de morder algo. Por supuesto, cada bolígrafo que inauguraba era enseguida despojado de su tapita de atrás para chuparla en las horas de encierro lectivas, que son el entrenamiento para encerrarnos después en oficinas y fábricas. Recordemos el diseño del boli Bic. Un canuto hexagonal de plástico transparente afilado en uno de sus extremos donde encaja el cono de latón que contiene la carga de tinta. Gracias a esta sinceridad en su cuerpo translúcido podemos comprobar el nivel de la carga con sólo observar el bolígrafo. La gran ingeniería está en la punta, con una pequeña bolita que gira sobre el papel para que suceda el milagro de la escritura. El boli Bic tiene dos tapas: una es la que tapa la punta, con un agujero para no atragantarse (la gente de Bic, que es muy lista, sabía de sobra que los humanos nos llevamos las cosas de escribir a la boca). La otra es la tapa de atrás, la que yo me comía y que tiene forma de tapón para cerrar a presión el conjunto. Ambas son siempre del color de la tinta y le dan el estado de ánimo al boli: azul, de un azul brillante, que es un color industrial difícil de equiparar a algo orgánico; negro, tan profesional, que he usado poco o nada; rojo carmín de los profesores, que era el Bic de la corrección y el castigo o el verde, que también venía siempre a decir algo por encima de tu propia voz escrita, color de advertencia y consejo no pedido.
Es una maravilla compartir con tantas generaciones un idéntico diseño industrial. Porque el Bic es un boli bueno. Tiene la bondad de lo que se usa muchas veces. Es incuestionable porque es sencillo y eficaz. Nadie lo pone en duda. Es una pieza de ingeniería pensadísima, tan desnudo y esencial que su diseño es perfecto. Y los diseños perfectos son aquellos que no se pueden mejorar. Por eso llega a nosotros intacto, sin que una camada nueva de diseñadores imprudentes (o aún peor, esos oscuros seres del marketing) propongan cambiarlo, mejorarlo y trastocar esta herramienta de la modernidad para subvertirla en otra cosa, como ocurre a diario con la utillería que nos acompaña y nos conviene, desde el banco del parque o la bicicleta hasta el tenedor o la camisa. Pero el Bic, quizá por ser educado, por ser francés, sabe que el pasado importa y no se dedica a destrozar los recuerdos de la gente tratando de ser algo distinto de lo fenomenal que ya es. Sabe mantenerse joven a través de las distintas promociones humanas llegadas a este mundo para devorarlo y para ser devoradas. El Bic lo tiene todo. No le falta ni le sobra nada. Está fuera de cualquier examen o revisión. Y también está fuera del tiempo. Ya es eterno. El boli no cambia. Y punto.
Aunque no tengo bolis Bic por casa, o precisamente por eso, me gusta manejar uno cuando lo pillo por ahí. Si había que firmar una carta en Correos, antes de estas máquinas distópicas en las que firmamos con el dedo, que estaban sujetos por un cordelito, o en algún lugar de esta burocracia hispánica, tan arcaica, pero tan reclamable, antes de que lo dinamiten todo por los aires la gañanada que viene hablando de eficiencia y futuro. Echo de menos tener un Bic a mano y retirarle la punta con el capuchón de tinta, para usar su cuerpo transparente como cerbatana. Lanzar bolitas de papel ensalivado era una habilidad obligada en mi colegio y, aunque fui un cervatanista mediocre, me imaginaba a mí mismo como un indio en la espesura del Amazonas atacando a la expedición de Orellana. Lanzar proyectiles con el Bic debería seguir siendo un deporte informal en todos los colegios, antes de que la cosa digital arrase a la humanidad como un tsunami definitivo.
*Carlos Risco es periodista y autor del libro ‘Objetos a los que acompaño’ (Círculo de Tiza, 2024).