Alternancia histórica en Hungría gracias al resultado de unas elecciones de ruptura

El todavía primer ministro húngaro y presidente del Partido Fidesz, Viktor Orbán (C), dirigiéndose a sus simpatizantes en el acto de seguimiento de los resultados electorales del partido en Budapest

Fabien Escalona (Mediapart)

El adjetivo “histórico” no es en absoluto exagerado para calificar las elecciones celebradas en Hungría el domingo 12 de abril. Desde las primeras elecciones libres de 1990, nunca se había registrado una participación tan alta en unas elecciones legislativas en el país. La derrota de Viktor Orbán es la del primer ministro en el cargo más veterano de la Unión Europea (UE), que ha gobernado su país durante más de la mitad del tiempo transcurrido desde la transición poscomunista.

Esta derrota es también la del artífice del retroceso democrático más rápido y espectacular de Europa, apoyado tanto por el Kremlin como por la Casa Blanca. Su precio ha sido la desaparición total de la izquierda de la Asamblea Nacional, en beneficio de una joven formación, Tisza, liderada por un disidente del sistema Orbán, Péter Magyar. El partido, hasta ahora sin diputados, contará con una mayoría de dos tercios en el Parlamento, indispensable para desbloquear la apropiación del Estado por parte del Fidesz saliente. Han sido unas elecciones de ruptura.

Como señal de una campaña especialmente polarizada, cuya importancia fue percibida como elevada por el electorado, este acudió en masa a votar. El récord anterior de participación databa de 2002 y ascendía al 73,5 % de los inscritos. El domingo se rozó el 80 %, lo que supone un aumento de diez puntos con respecto a las anteriores elecciones, celebradas hace cuatro años. Este incremento de participación ha sido homogéneo en todas las circunscripciones, lo que da cuenta de la magnitud del voto “anti-Orbán” que se ha extendido por todo el país.

En las elecciones legislativas húngaras, una participación récord

Al término del escrutinio, el equilibrio de fuerzas quedó muy claro, lo que apenas dejó a Orbán otra opción que reconocer su derrota.

A escala nacional, donde se repartían 93 escaños por el sistema proporcional, la lista nacional de Tisza obtuvo la mayoría absoluta de los votos (53,1 %) y superó a la de Fidesz en quince puntos. Mientras que la principal coalición de la oposición había obtenido algo menos de dos millones de votos en 2022, el partido de Magyar consiguió más de tres millones.

De las 106 circunscripciones en las que los diputados se elegían por el sistema de uninominal a una vuelta, los representantes de Tisza se hicieron además con 93. “Nunca, en toda la era posterior a la transición de Hungría, habíamos visto a un partido crecer tan rápidamente”, señala el analista político Gábor Győri a The Guardian.

Hay que valorar la magnitud de esta proeza, en un contexto en el que, según los observadores internacionales independientes, las elecciones en Hungría eran “libres pero no justas”. La propaganda del poder estaba por todas partes, los recursos del Estado se pusieron al servicio de su campaña hasta el punto de comprar votos, el acceso a los grandes medios audiovisuales y a la prensa escrita fue muy restringido para la oposición y los medios vinculados a Rusia inundaban el espacio digital con contenidos sesgados a favor de Fidesz.

Barreras electorales superadas por la ola Tisza

El partido de Orbán ha perdido cerca de 800.000 votos con respecto a las anteriores elecciones legislativas, en un contexto en el que, sin embargo, ha acudido a las urnas un mayor número de votantes. Además, el revés que ha sufrido ha sido generalizado en todo el territorio. Tanto en sus zonas fuertes como en las débiles, el Fidesz ha perdido entre 10 y 20 puntos porcentuales de los votos. Hay que remontarse veintiocho años atrás para encontrar un resultado inferior al 37 % que ha obtenido este año.

Elecciones legislativas húngaras: el Fidesz obtiene su peor resultado en casi treinta años

Evidentemente, la traducción a escaños es brutal. El Fidesz, que contaba con 135 escaños (se necesitan 133 para alcanzar la “mayoría cualificada” de dos tercios), ya solo dispone de 55 de los 199 que componen la Asamblea Nacional. Su adversario, Péter Magyar, ha conquistado 138, lo que le otorga un margen de maniobra que pocos observadores creían a su alcance. En este sentido, se podría decir que Viktor Orbán, que se envolvía en supuestos valores cristianos, ha sido castigado por sus propios pecados.

Aunque el sistema electoral adoptado durante la transición democrática ya era desequilibrado al favorecer al partido en cabeza, Orbán lo modificó acentuando esa característica y llevó a cabo una redistribución de circunscripciones en beneficio del Fidesz. Ese sistema podría haber perjudicado a Tisza, impidiéndole traducir fielmente sus votos en escaños y privándole de la mayoría. Pero el efecto fue el contrario: la ola de rechazo, demasiado grande para ser contenida, se amplificó hasta convertirse en un maremoto gracias a las normas vigentes.

En el Parlamento húngaro, el Fidesz se derrumba y pierde 80 escaños

El partido de extrema derecha Mi Hazánk (Nuestra patria) es el único que se ha asegurado una presencia parlamentaria, además de Fidesz y Tisza. Conserva los seis escaños que ya tenía en 2022, tras haber superado por poco menos de un punto el umbral mínimo de representación, fijado en el 5 %. Está afiliado al grupo Europa de las Naciones Soberanas en el Parlamento Europeo, junto a Alternativa para Alemania y los franceses de Reconquista, mientras que el Fidesz ha fundado Patriotas por Europa junto con la Agrupación Nacional francesa.

De ello se deduce que lo que queda de la extrema derecha conserva un núcleo electoral modesto pero sólido, que no se ha visto afectado por unas elecciones particularmente polarizadas en las que podría haber sido absorbido por el bando de Orbán, quien parece haber alcanzado sus límites en este ámbito. Es exactamente lo contrario de lo que ha ocurrido en el electorado de izquierdas, que se ha decantado masivamente por Tisza, a pesar de la trayectoria y las ideas conservadoras de su líder.

Las formaciones que pertenecen a la izquierda socialdemócrata y ecologista, por sus afiliaciones internacionales o por sus orientaciones ideológicas, han desaparecido de la Asamblea Nacional, una primicia, también en este caso, desde la transición democrática. Ya en las europeas de 2024, su coalición solo había obtenido dos escaños. La Coalición Democrática (DK), la única que no apoyó a Tisza desde el principio, solo obtuvo el 1,2 % de los votos este domingo.

El agotamiento material de la hegemonía de Fidesz

El razonamiento de toda una parte de la oposición tradicional, al alinearse con Tisza, ha sido que se trataba de la forma más segura de “reabrir el juego”. No solo ha sido necesaria una dinámica de reagrupamiento, que no bastó hace cuatro años, sino que debía estar liderada por un dirigente difícil de desacreditar por parte de Fidesz, en la medida en que procedía de sus propias filas.

También se necesitaba un contexto que impulsara a este líder. Y, en este caso, la evolución de la situación económica y social durante el último mandato de Viktor Orbán ha tenido mucho peso. Desde su llegada al poder en 2010, Orbán se había beneficiado de la pérdida de credibilidad de la izquierda tras su gestión de la crisis de 2008, de un cambio favorable de la coyuntura económica y de una demanda de protección a la que había respondido favoreciendo los sentimientos nacionalistas y xenófobos.

Minado por las desigualdades y la corrupción, el modelo de Orbán no ha resistido el impacto pospandemia

Según la socióloga Dorit Geva, profesora de la Universidad de Viena (Austria), el hombre fuerte de Budapest puso en marcha, a partir de 2010, “un neoliberalismo autoritario e hipernacionalista”, al que denominó “ordo-nacionalismo”, basado en tres pilares.

En primer lugar, un retorno selectivo del Estado a determinados sectores de la economía, donde la acumulación se ha reservado a una burguesía nacional. En segundo lugar, la apropiación de ese Estado por parte del partido y sus secuaces, que mantienen una red clientelar a base de prebendas. En tercer lugar, un giro socialmente represivo y patriarcal, que reserva los beneficios del consumo a una clase media merecedora y “autóctona”.

Pero todo ello se ha logrado, en realidad, manteniendo al capitalismo húngaro en una posición subordinada y dependiente, ya sea respecto a las multinacionales europeas (en particular los fabricantes de automóviles alemanes), al suministro de energía rusa o a las inversiones procedentes de China en condiciones opacas. Minado por las desigualdades y la corrupción, este modelo no ha resistido el impacto pospandemia, en especial con el mantenimiento de la mayor inflación acumulada de la Unión Europea desde 2020.

En 2024, el “super año electoral” había permitido observar hasta qué punto el aumento del coste de la vida había contribuido a “echar a los que estaban en el poder”. El escenario se repitió en Hungría, como parecen atestiguar las caídas registradas por el Fidesz en territorios rurales deprimidos que hasta ahora constituían sus bastiones. Es como si se hubiera alcanzado un umbral de decepciones materiales a partir del cual los mecanismos compensatorios de exaltación de la unidad nacional y los valores conservadores ya no bastaran.

El Gobierno, además, se ha visto sacudido por varios escándalos en el ámbito de la moralidad. Y su enfrentamiento con las autoridades europeas privó al país de cerca de 17.000 millones de euros de fondos que podrían haberse invertido en el país y contrarrestar las tendencias negativas para el poder. La renta per cápita se ha estancado, hasta el punto de que Hungría ha sido superada por Rumanía, mientras que la evolución de los salarios la ha dejado a la zaga de sus vecinos de Europa Central y Oriental.

Al pretender una “revolución” para implantar un régimen “no liberal”, adaptado a la época y a la supuesta tradición histórica de su país, Viktor Orbán llegó a declarar que se trataba de poner fin a veinte años de transición y de iniciar una nueva. La realidad es otra. Ha ido en contra de las expectativas de esa transición —el acceso a una vida política pluralista y la integración en el proyecto europeo— y ha intentado construir un proyecto hegemónico, en contra del interés general, que se ha derrumbado.

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Ahora, el partido Tisza pretende restaurar el Estado de derecho, acabar con la corrupción generalizada y normalizar las relaciones con la UE para recuperar la prosperidad. Pero no cuenta con un proyecto original de política económica, orientado prioritariamente a las necesidades sociales. No obstante, no hay que olvidar que el atractivo del nacional-conservadurismo de Fidesz se vio favorecido por las desilusiones provocadas por la inmersión de Hungría en la globalización neoliberal triunfante.

 

Traducción de Miguel López

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