La historia de Manolita Chen, el primer mito 'queer' español
'La pared de enfrente' - Abraham Guerrero Tenorio
La Caja Books. 2025
La pared de enfrente es una novela que narra la historia de Manuela Saborido Muñoz. Cabaretera. Diva queer. Empresaria. Activista. Madre. Nació en Arcos de la Frontera en 1943 con el nombre de Manuel, aunque desde niña deseó otro cuerpo y otros nombres. Hasta que pudo marcharse del pueblo con veintidós años, allí la insultaron en las calles; la encerraron en las celdas del cuartel de la Guardia Civil o en el cementerio durante las fiestas patronales; la ocultaron en los corrales y en la oscuridad de la casa familiar. Allí la golpearon, la humillaron y la violaron, pero también allí, entre cuchicheos, le dieron el nombre por el que la reconocerían en toda España: Manolita Chen.
Abraham Guerrero Tenorio combina investigación e imaginación para alumbrar un coro de voces que fabulan las desventuras de Manolita en el barrio chino barcelonés, en los espectáculos eróticos de Madrid y París, en sus conciertos de coplas junto a Paco España y en los reservados una vez que el show ha terminado. Travestis, prostitutas, poetas, maricones, transexuales, artistas. Todos hablan y trenzan las palabras para dar forma a una historia oral de la sexualidad clandestina y disidente del franquismo. Sus cuerpos sufren las palizas y los electroshocks y se dejan transformar por el maquillaje, las lentejuelas, los tratamientos hormonales y las intervenciones quirúrgicas.
La pared de enfrente ya está en las librerías de la mano de La Caja Books. infoLibre comparte por su interés un fragmento a continuación:
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Yo he elegido la cama de abajo, niña. No está bien que empiece mandando, pero ya he estado varias veces en la cárcel y aquí dentro hay que plantar unas normas desde el principio. Además, tú eres más joven, mírate, tan modosita y con carita de no haber roto un plato en la vida. Asusta este cuchitril, ¿verdad? No te preocupes, a todo se acostumbra una. Yo estoy aquí para ayudarte, conmigo te sentirás protegida. Acércame esas babuchas, anda, que la ciática apenas me deja moverme. ¿Ves cómo estoy, niña? Si no puedo ni agacharme, imagínate trepar todas las noches como un mono para dormir. Mi cama es la de abajo, no se hable más.
Por cierto, que no me he presentado, mi nombre es Manuela Saborido Muñoz, aunque no siempre me he llamado así. Mi primer nombre fue Manuel, Manuel Saborido Muñoz, y esa a, esa a que le faltaba a mi nombre, la sentía en la infancia como un vacío; esa a ha sido, niña, como una carreta de piedras que todavía arrastro. Saborido es el apellido de mi padre, que nos dejó huérfanos cuando yo contaba con apenas tres añitos de edad. Muñoz es el de mi madre María, María la Viuda, que nos sacó a mí y a mis once hermanos adelante con mucho esfuerzo y una taberna muy flamenca situada en una cueva cerca de la plaza de las Aguas. Muchas horas hemos pasado allí con ella. Por las mañanas, ordenando los quesos apestosos y el jamón, y por las tardes, llenándoles los vasos de vino a todos los que se acercaban a escuchar buen flamenco; y a escupir también, niña, que me pasaba horas recogiéndoles los gargajos que echaban al suelo, unos escupitajos gordos que parecían cagadas de palomo. María la Viuda, niña, es la mujer a la que más he admirado. En parte, soy la que soy gracias a ella.
Pero no te creas que todo ha sido felicidad. Mi infancia fue muy desagradable. Fui una chiquilla que, claro, ya cuando tenía cuatro años se me notaba que yo traía una cosa en el cuerpo que no me pertenecía. Yo era una niña, se veía cuando movía las manos y en la forma de caminar. Era una niña y siempre quería una aguja e hilo para coser. Un día, mi madre me vio remendando unas muñecas de trapo y me dio un alpargatazo en la mano. Ese fue el primero de los muchos golpes que recibí por querer ser mujer. Y no fue la única, que las madres de las niñas del barrio, si me juntaba con sus hijas para jugar, las apartaban de mí, y si me juntaba con los niños, todavía peor, corriendo salían a las casapuertas y dando voces metían a sus hijos otra vez para adentro, y me dejaban sentada en la acera, sola, discriminada total. Había una mujer que también tenía otro chiquillo al que se le notaban las maneras, y parece ser que habló con mi madre para que hiciéramos amistad. Nos escondían en el corral trasero de la taberna, porque entonces todos los edificios tenían un corral, y allí jugábamos a coser, a las cocinitas, a los maridos y a las mujeres, y creo que, alejadas de todo y ocultadas como unos rojos republicanos, podíamos vivir como todo el mundo, nadie se reía de nosotras y nadie nos decía que si eso eran cosas de mariquitas o cosas de niños. Él se llamaba Joaquín, pero yo le decía Joaquinita. Yo me llamaba Manuel, pero él me llamaba Manolita. Y ese nombre, este por el que ahora me llaman y que tanto quebranto me ha costado conquistar, niña, toda España lo ha conocido.
Mi historia con Manolita está marcada por una obsesión que me creció por dentro desde los siete años. De aquel Arcos de la Frontera en el que ella y yo crecimos, Gerardo Diego escribió que era un pueblo que se ubicaba entre la realidad y el sueño, pero nuestra verdadera situación era el paro, la miseria, la emigración y las desapariciones. Desaparecían los hombres de las calles y las casas como se esfumaban las ilusiones. En ese Arcos hambriento, de ausencias y calles estrechas, se encontraba la taberna de María la Viuda. Era una cueva situada en la calle Romero Gago, cerca del centro del pueblo. Su arquitectura era muy simple. Tenía un primer pasillo horizontal más ancho que largo donde había mesas y bancos colocados en fila enfrente de la barra. A la derecha se abría un arco con dovelas de ladrillos que daba a una habitación rectangular, un salón con mesas de madera muy precarias, pequeñas y redondas, por cuyo alrededor pululaban en desorden sillas de madera y mimbre. Al fondo del salón se hallaba un escenario reducido donde los fines de semana había actuaciones flamencas. A su izquierda, una puerta que daba a un corral. Los hombres que acudían a la taberna eran jornaleros durante una cuarta parte del año.
Los meses restantes los consumían en la afanosa tarea del beber. Entre ellos, mi padre, que me llevaba consigo la mayoría de las veces para quitarle a un niño de encima a mi madre y que ella así no pudiera reprocharle que se preocupaba más de gastar su tiempo en el vino seco que en ayudarle con las labores de la casa. Las conversaciones entre aquellos seres humildes pero decididos variaban muy poco. Cuando en la taberna dominaba el bullicio, era porque o bien discutían sobre que tal o cual había hecho trampas jugando a las cartas o al dominó, o bien el aburrimiento era tan agudo que se insultaban, cantaban juntos o tocaban las palmas mirando al vacío. Y escupían. Sin embargo, si era el murmullo lo que imperaba era porque había habido una desaparición, probablemente conocida, y hablaban acercándose al silencio para que no se oyera desde la calle que eso los preocupaba. Había veces en las que, mientras murmuraban, un guardia civil entraba en la taberna, pero estaban ya tan entrenados, temían tanto ser arrestados por una simple conversación, que, en cuanto un pernil verde se asomaba por la puerta, enseguida eran capaces de volver a los insultos, al cante, a las palmas y a los gargajos.
Otra de las conversaciones a las que acudían con periodicidad era el hijo menor de María la Viuda, Manolito. Muchas veces, los amigos de mi padre me decían Paquito, tú no hagas las cosas que hace Manolito, y yo al principio no sabía a qué se referían con las cosas que ese niño hacía, porque, de haber algo que me pareciera extraño, esa cosa era trabajar. Manolito y su hermano José Antonio, a pesar de la niñez en la que se encontraban, ayudaban a su madre en los quehaceres de la taberna, ya que los demás hermanos se buscaban la vida con otras labores distintas a las del bar para ayudar económicamente a su madre, que tampoco regentaba un negocio que requiriera la tarea de los doce hijos. Ahí es cuando comenzó a crecerme la inquietud por Manolita, en aquella época Manolo, un niño delgado, escuálido más bien, con unas orejas echadas hacia adelante y con una tristeza innata, creciente conforme pasaba el tiempo, impropia de esa menudencia andante. A raíz de las advertencias de los amigos de mi padre y de la necesidad de indagar en los motivos por los que un niño de mi misma edad retenía en sus ojos tanta amargura, creo que comencé a entrenar la mirada de Paco Sevilla, el escritor en que más tarde me convertí. Lo miraba servir con el brazo izquierdo detrás de la espalda y con sumo cuidado cuando dejaba en la mesa el vino seco, el queso y el jamón, las especialidades de la taberna de María la Viuda.
Para mí, era sobrenatural ver a un chiquillo de mi misma edad realizando trabajos de adultos, así que la mayoría del tiempo que pasaba allí, y han sido muchas las horas junto a mi padre en aquel lugar, lo invertía en seguir sus movimientos, apreciando el modo en que aquella sombra diminuta despachaba a los clientes o viéndolo recibir chascarrillos y bromas pesadas sobre su forma de hablar y sus andares. Los chistes hacia Manolito siempre arrastraban el mismo tono liviano y dulce, porque le hablaban con la cadencia propia con que se les habla a los niños, pero a su vez era tremendamente violento. No era raro escuchar de boca de algún hombre, si Manolito se agachaba porque se le había caído algo al suelo, Manolito, encoge ese culo cuando te agaches porque aunque eres pequeño, ahí te cabe tela; o si, por ejemplo, sonreía y dejaba las bebidas con suavidad en una mesa, era habitual que se escuchara muchas gracias, madame. María la Viuda vigilaba desde la barra cada paso del hijo, y cuando oía que le decían algo de todo esto, azotaba a Manolito en el culo y le advertía de que no hiciera cosas de niñas. Después, lo enviaba al corral. Yo seguía a aquel muchacho que me desbordaba el cuerpo de tanta turbación y lo espiaba en sus juegos solitarios a través de la puerta entreabierta. Manolito agarraba unas cuantas telas que había escondido debajo de las piedras o en el almacén donde María la Viuda guardaba las botellas de vino y los barriles de cerveza, se sentaba en algún lugar recóndito y cosía vestidos y capas a sus muñecos de trapo.
Los cuadros que me ofrecían los castigos de Manolito en el corral los he guardado en la memoria. En ese lugar mostraba cierto descanso en la mirada, parecía que prefería la soledad apaciguadora del castigo al bullicio condenatorio de su vida ordinaria. Cientos de veces han contemplado mis ojos la misma escena, y cientos de veces María la Viuda irrumpía por la puerta que daba al corral, me apartaba de un manotazo para aclararse el camino hacia su hijo y lo alcanzaba mientras él jugaba con sus muñecos. Lo zarandeaba, lo repudiaba, le rasgaba las telas, lo acusaba, lo hundía hasta el fondo del corral. Lo escondía aún más en su propio escondite, hasta que Manolito se transformaba en un punto invisible para mis ojos. Yo sabía que eso era lo que buscaba María la Viuda. Ocultarlo, hacerlo incorpóreo a la vista de los demás antes de que se corriera la voz y las autoridades se lo arrebataran y lo hicieran desaparecer de verdad. Para siempre.
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¿Ves ese retrete cochambroso que nos ponen para orinar, niña? ¿Lo ves? Te da asco, ¿verdad? Pues ese retrete es toda una victoria para mí. No sabes la alegría que me da poder bajarme el pantalón y sentarme en él, que seas tú, niña, la que escuche el chorrito contra la cerámica, psss, psss. Sentarme para mear, niña, algo que no pude hacer en la escuela. Yo fui a un colegio, que en realidad no era un colegio, sino un señor que daba clase a los niños de familias que no tenían nada, de familias que eran muy pobres y le pagaban una perra gorda a esa persona que se sabía las cuatro reglas y eso era lo que nos enseñaba. Pero a pesar de todo, no te creas que no he sido instruida. Culta no, pero sí aprendía todo lo que quienes no me veían como un engendro querían enseñarme.
A la taberna se acercaba un hombre, niña, que se llamaba Julio Mariscal, alguien a quien no voy a olvidar en la vida. Cuando don Julio ya había probado el jamón y el queso de María la Viuda y dos o tres copas de oloroso se habían deslizado por su garganta, se acercaba al corral donde jugábamos Joaquinita y yo para enseñarnos poemas. Julio Mariscal era un maestro del pueblo y un poeta famoso. Llegaba con un libro blanco, con la cubierta rugosa, muy bonita, donde en unas letras negras y en mayúsculas se podía leer LA REALIDAD, y en unas letras rojas se leía Y EL DESEO. Don Julio nos explicaba que el negro de la realidad era porque el poeta que escribía esos poemas era una persona con una visión muy oscura de la vida, y el rojo, porque también era un hombre muy apasionado, que rebosaba amor y deseo, y que el rojo era el color de la pasión. Entonces don Julio se sentaba en una sillita de mimbre con ese libro precioso en su regazo y nosotras nos repantigábamos junto a él y lo escuchábamos leer unos cuerpos son como flores, otros como puñales, otros como cintas de agua, y después decía pero el hombre se agita en todas direcciones, sueña con libertades, compite con el viento, y yo me imaginaba que mi cuerpo de niña se abría como una flor y que el viento eran las voces que me decían ¡mariquita!, y que ese viento no impedía que mis pétalos se abrieran ni me arrancaba el tallo de raíz y entonces me sentía más mujer y me entraban ganas de abrazarle y darle un beso a don Julio. Me enseñaba cosas que el otro maestro no era capaz.
En la clase tan solo había niños, porque entonces los colegios eran de niños o de niñas. A mí me dejaban en un rinconcito, otra vez sola, discriminada total, pero eso no era lo que más daño me hacía. Lo que más me dolía era cuando la vejiga me apretaba como un abrazo de huérfano y me entraban unas ganas de orinar enormes. Se meaba en un cubo, y yo no me podía acercar al cubo, porque el cubo era, niña, como el alpargatazo de mi madre cuando me veía con la aguja y el hilo, el cubo era pesado como una pena, y solo de pensar que me tenía que acercar a él y sacar mi cosita delante de todos y que iban a escuchar el sonido del líquido en el metal, me paralizaba. Entonces no orinaba, me aguantaba el pis en la vejiga que aquello parecía las compuertas de un pantano rebosado, y aguantaba y aguantaba hasta que parecía que el pipí se me iba a salir por los ojos. Pero yo allí ya era Manolita, ya tenía claro que yo era Manolita, y por María la Viuda que no les iba a dar el gusto de que se rieran de mí y me llamaran mariquita. Esas cosas no se pueden olvidar, niña. Por eso, cuando el retrete cochambroso te dé asco, cuando la grima te acuda y te creas que vas a posar tu intimidad en un prado de ortigas, tú piensa en Manolita, piensa que para Manolita ese cubo es una victoria, y mea tranquila y siéntete ligera como dos enamorados que corren por la orilla de una playa.