El cante católico con toque integrista: Hakuna y el Opus Dei

IV Fiesta de la Resurrección.

Miguel Saralegui

Yo estuve presente el día que Hakuna nació. Es posible que yo mismo contribuyera al nacimiento de esta asociación católica. Estamos en 1997, a las afueras de Bilbao, en Gaztelueta, colegio que el Opus Dei fundó en octubre de 1951, primero de los muchos que crearía en todo el mundo. El año anterior había llegado un nuevo sacerdote: don José Pedro Manglano, el fundador de la Hakuna al que se le ha concedido algún papel en el reflorecimiento del catolicismo juvenil en España. No era el capellán. Por el simbolismo que el colegio tiene en la intrahistoria del Opus, este cargo se lo reservan a sacerdotes mayores y elegantes. Sacerdotes mayores y elegantes con pinta de estar preocupados por las reformas de su ático en el Trastevere. Sacerdotes a los que, gracias a dios, las previsibles cuitas adolescentes no parecían preocuparles mucho. Sacerdotes que muy probablemente no nos habrían reconocido si por la calle les hubiéramos pedido la hora.

Este no era el caso de don José Pedro, mucho más urgente a la hora de tratar nuestras necesidades espirituales, totalmente convencido de que detrás de todo pijo con escúter se escondía un candidato a misa diaria, quizá un futuro miembro del Opus. A pesar de que don José Pedro llegó sin ningún cargo sonoro y nunca nos lo presentaron formalmente, sin duda era el new priest on the block. Gracias al constante machaqueo con que el Opus exalta a algunos de sus miembros –curas, filósofos, historiadores de la literatura, ministros de Hacienda, jóvenes sin cualidades visibles, animadores de cinefórum–, los alumnos tuvimos que irnos convenciendo de que se trataba de un sacerdote especial. En los 12 años que estuve en el colegio, nunca se habló de un sacerdote tanto como de él (y nunca se dejó de hablar tan rápido de alguien). Los demás profesores se lo imaginaban como el definitivo punto de inflexión que desharía nuestra completa apatía espiritual, en principio inexplicable después de haber recibido ocho o nueve años de la mejor formación católica. Una vez instalado, el mismo don José Pedro era el que más convencido estaba de que a nuestras dormidas semillas espirituales solo les faltaba el empujoncito que él podía darles.

Parte de su convicción tenía que deberse a la novedad de sus métodos proselitistas. Podían no gustarnos –diría que era el parecer general–, pero los estudiantes no dudábamos de que era un torbellino. Había una tendencia en sus métodos que a mí me molestaba bastante: era un proselitista de malotes. Como en todo colegio español por pijo que sea, existía un grupo de estas características y a este don José Pedro dedicaba casi todos sus esfuerzos evangelizadores. A los más empollones, a los llamados bichos, no nos prestaba ninguna atención. No había en su caso apostolado de la inteligencia, si con esta palabra identificamos a los que conseguían mejores calificaciones. Quizá no esté de más decir que los malotes de mi año eran de familias más ricas y conocidas que los buenos estudiantes, lo que no creo que sea una regularidad estable entre los alumnos de Gaztelueta.

No sé qué teoría proselitista se le habría ocurrido. De acuerdo con el elitismo del Opus, quizá pensaba que, después de que viera que la élite malota empezara a confesarse, el alumno promedio también comenzaría a hacerlo, a pesar de tener menos pecados de los que ser absuelto. En cualquier caso, el proselitismo le tuvo que pasar algo de factura a la salud de este sacerdote. Don José Pedro se ventiló más de un cartón de Ducados en el fumadero en compañía de los más peligrosos pilotos de ciclomotores de Neguri y Las Arenas. La historia de nuestro país se puede enriquecer con un pequeño detalle sobre esta incansable labor espiritual. Alejandro Hamlyn López-Tapia, fundador de Hafesa, que ha ocupado recientemente los titulares de los periódicos por encontrarse prófugo en Oriente Medio y denunciar tramas de corrupción en el PSOE, fue uno de los que más se benefició de los pitis de don José Pedro. Esto de hacer la vista gorda al tabaquismo adolescente para ganar adeptos a las prácticas piadosas no era raro en Gaztelueta en la década de los 90, lo que seguramente escandalice al catolicismo sano de nuestros días. Me imagino que si alguno de esos inveterados fumadores se hubiera confesado con don Pedro por fumar –pecado seguro contra el más importante de los mandamientos: honrarás a tu padre y a tu madre–, don José Pedro habría tranquilizado la conciencia del hijo transgresor con la palabra venial.

A pesar de sus malos hábitos como fumador, don José Pedro no perdió vigor físico. Se iba de excursión, hacía surf, estaba metido en todos los campamentos, en todos los autobuses, en todas las convivencias, buscando ratos íntimos, momentos de calidad en los que, después de haber echado unas pelotas al pádel, sus fúlgidos ojos azules te ametrallasen con comentarios como: “el catolicismo no es supermercado, no puedes coger lo que quieras” (entiendo que la frase rechaza la posibilidad de una religión a la carta, no que el bajo nivel de renta pudiera llegar a impedir que el consumidor escogiera el catolicismo por ser demasiado caro). En un exceso mimético con los malotes, utilizaba jerséis Quicksilver, en el que el clergyman era solo un poco más visible que el símbolo comercial de la marca de ropa australiana. Si por modernidad entendemos la adopción de conductas capitalistas sin preocuparse lo más mínimo no solo de su posible compatibilidad con la ética cristiana, sino de su corrección moral y hasta del decoro que se le supone al entorno burgués en que se desenvuelve este episodio, don José Pedro era más moderno que Andy Warhol. No recuerdo, sin embargo, que la música, que tanto éxito le ha dado con Hakuna Music Group, estuviera entonces en su repertorio evangelizador. Por el aspecto de los miembros de esta banda, más parecidos a Siempre Así que a Eskorbuto o Platero y Tú, entiendo que don José Pedro ha renunciado a su ingenioso apostolado de los malotes.

II

Seguimos en Gaztelueta, ahora sí el día exacto en que se fundó Hakuna. Estamos en clase de Literatura española leyendo el manual de Lázaro Carreter. El profesor es un supernumerario del Opus Dei, concejal del PP, a quien esperan dos guardaespaldas a la puerta de clase y quien muchas veces se pira corriendo a responder un teléfono que solo él sabe que va a sonar. Evitar que te mate ETA es más importante que preparar las clases, así que, por turnos, leemos el libro de texto en voz alta. Somos 31 individuos aburridos. Somos 31 tipos adolescentes sin novia ni teléfono móvil. Somos 31 alumnos avanzando en silencio la lectura del manual para ver si encontramos alguna palabra que pueda usarse como insulto contra el compañero que está leyendo en voz alta y así empezar a toser, a tirar bolas de papel o a reírnos cuando le toque leerla. En la clase, hay un monje, un negro, un jorobado, un ruso, un mono, un patata y dos cerdos, uno muy parecido a Pumba. No se lo ponemos difícil a Lázaro Carreter para pasárnoslo bien. 

A quien pensamos uno de los preferidos de Chepe –en Gaztelueta a don José Pedro todo el mundo, amigos y enemigos, le llamaba así– le toca la palabra “penetrar”. Antes, bastante antes de que mi compañero diga la palabra, la clase ha estallado en risas. El profesor, un tipo bastante duro, está incómodo y tarda un par de minutos en contenerlas. Más incómoda va a ser la situación que se crea ahora. Normalmente cuando el profesor pregunta por qué nos reímos, el acusado se queda callado hasta que se le impone algún castigo arbitrario. Hoy se rompe el modus operandi. El lector explica al profesor por qué sus compañeros se ríen. Forma una frase estruendosa en que José Pedro es el sujeto y el verbo aparece conjugado en compañía de algún complemento circunstancial de lugar. La clase vuelve a explotar. Es fácil de recordar. Va a ser la única frase de contenido sexual que los alumnos de Gaztelueta, durante 12 años, escuchemos en presencia de un profesor. Sin llamada telefónica que responder, el profesor se escapa del aula con la misma velocidad con la que salía cuando ETA mataba a algún compañero de partido.   

No recibimos ningún castigo: ni la clase ni la persona que había pronunciado la frase. Estoy seguro de que a este no lo echaron porque su familia era muy cercana al Opus y de hecho después, si no lo era ya entonces (con 14 años se puede ser), fue miembro del Opus. De Chepe no se volvió a hablar ni bien ni mal en mi colegio. Ni siquiera el fumadero lo va a echar de menos. Fue transferido al colegio de chicas que el Opus Dei tiene en Vizcaya, Ayalde, a unos 20 kilómetros, por si acaso, del nuestro. Siempre me cayó mal Chepe. Siempre le caí mal. Siempre me pareció que el colegio se comportó de manera cobarde con él. No se aplicó el lema que tantas veces nos repitieron: “Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no”. De hecho, como cambiar de colegio o de lugar era la costumbre con la que la Iglesia trataba a los sacerdotes culpables, esta decisión podía interpretarse como indicio de alguna culpa. Ese día se cometió una injusticia grave. Ese día Chepe tuvo que empezar a desconfiar del Opus, a dejar de tomarse en serio a Gaztelueta y a todos los alumnos con corbata y chaqueta con escudo. Ese día nació Hakuna. Ese día los hijos de los que rieron en segundo de BUP A, los hijos de supernumerarios, católicos conservadores, dejaron de ir a centros del Opus Dei y empezaron a vibrar al ritmo de Hakuna.

III

Me llama la atención que, cuando se habla de Hakuna, apenas se menciona que su “iniciador” –don José Pedro rehúye la palabra fundador– fue miembro del Opus Dei, posiblemente desde antes de cumplir la mayoría de edad. Se habla de él como si fuera un sacerdote diocesano que hubiera meditado media vida en la nueva institución, como si la decisión de formarla no viniera precisamente de que el Opus le hubiera decepcionado. La discreción que el Opus consigue para sí mismo se la ha traspasado a don José Pedro. No se lo suele mencionar como exopus, ni como rebotado, término con que las personas del entorno del Opus descalifican a los exmiembros, pero también a los exalumnos que se atreven a expresar en voz alta dudas y críticas sobre ideas y métodos que les marcaron los años más importantes de la vida. El mismo don José Pedro mantiene el estilo del Opus Dei: no explicar los acontecimientos en sus causas inmediatas, sino en grandilocuentes y formales proyecciones teológicas. En los cientos de vídeos que hay en la red, no explica exactamente cuál fue su decepción, por qué su vieja casa le dejó de hacer tilín. A pesar de esta omisión, para entender a Hakuna, es necesario verla como la continuación lógica y a veces hasta exagerada de algunos aspectos definidores del Opus Dei. Hakuna se parece mucho más a su antecedente genético que a los flirteos ocasionales con la fe de Rosalía o de Alauda Ruiz de Azúa. Existen al menos cuatro aspectos de Hakuna que se comprenden mejor si se conectan con la lógica profunda del Opus Dei: su nombre, su ligereza, sus objetivos proselitistas y su éxito. 

Empecemos por los nombres. Hakuna continúa la asepsia católica con que el Opus Dei nombra a sus instituciones. Ninguno de sus colegios o de sus universidades recibe el nombre de un santo. Los motivos de este desinterés no son fáciles de explicar y hasta contradicen la naturaleza histórica del catolicismo hispánico, tan aferrado a sus santos en las nominaciones, hasta de las propias ciudades. Pero el Opus Dei tenía un límite a este anonimato. El mismo nombre de la organización suena espiritual: Obra de Dios. Hakuna extrema la asepsia y traspasa este último límite. El movimiento se llama a sí mismo con una palabra sin ninguna connotación católica, ni cristiana. Quizá los mismos conocedores de la cultura africana nos confirmen que ni siquiera evoque en este continente un contenido espiritual relevante. 

La palabra pertenece a la lengua suahili, pero sobre todo pertenece a Disney Company. La frase se afincó en la cultura popular gracias al himno “hakuna matata” de la película El rey león de 1994, la cual don José Pedro pudo ver sin censuras, lo que no solía ser habitual, con alumnos de Gaztelueta. Don Josepe no niega que este film le inspiró para bautizar el nuevo carisma católico. No creo que le haya dado muchas vueltas al origen lingüístico, ni siquiera al contenido moral del himno (cercano a la espiritualidad de Bob Marley, quizá un pelín irresponsable y hasta egoísta). La decisión por este nombre se ha de deber exclusivamente a que suena bien, a que, como dice uno de los comentarios de su página web, tiene punch. También es importante para entender el catolicismo contemporáneo que a sus jóvenes adeptos no les haya inquietado afiliarse a un nombre tan evidentemente comercial, tan desprovisto de cualquier huella cristiana, tan lejos de Dante o de Santo Tomás como podría estarlo Noel Gallagher. Quizá no nos equivocamos si vemos estas manifestaciones del catolicismo, más que como un rechazo a la frivolidad capitalista y publicitaria, como una expresión estándar más.

En cualquier caso, este nombre extiende un camino de ligereza que no se ha inventado. Esta pequeña revolución se comprueba de modo especialmente aplastante en los títulos de los libros de Manglano. Santos de carne, Santos de copas y Santos de mierda componen su trilogía más famosa. La “santa desvergüenza”, expresión inventada en Camino, de Escrivá de Balaguer, parece haber llegado a la máxima expresión en estos títulos que me siguen pareciendo tremendos y escandalosos. El canal de Youtube de Hakuna agrupa una serie de videoconferencias con el título del último libro de la trilogía. Yo no soy papa, pero no hace falta serlo para saber que una asociación cristiana inventada por una persona que ha escrito Santos de mierda tiene muchas papeletas para acabar fatal.

Creo que algunos de estos libros los publicó cuando todavía era sacerdote del Opus Dei. Seguramente a los opusianos más seriotes les ha tenido que aliviar deshacerse de estos volúmenes; hasta tener que hablar bien de don José Pedro, como habría impuesto la solidaridad grupal, les habrá dado muchísima paz. Pero más allá del alivio, en el estilo supremamente desenvuelto de Manglano, se refleja la ligereza con la que el Opus Dei trata la santidad, sobre todo cuando la vincula a los trabajos que se llevan a cabo en el poscapitalismo (y antes en la España de posguerra o en la amoral España de los 80). De acuerdo a su teología, un sacerdote coherente y creativo podría haber escrito Santos comerciantes de armas, Santos políticos enchufados, Santos Rumasa, Santos profesores de historia del cine que no van al cine, Santos que desahucian pisos. Más que demonizar estas profesiones, me gustaría pensar que el cristianismo, por mínimo buen gusto espiritual y estético, rechaza la posibilidad de santificarlas. Y de modo mucho más razonable, invita a los ejecutores de todas estas profesiones a buscar el perdón que a los miembros de la especie homo sapiens tanto nos interesa.

Ambos grupos se entienden por su misión proselitista. Pero la ejercen sobre personas que ya son católicas, que son muy católicas, que son demasiado católicas. Hakuna no busca nuevos católicos, sino enchufar espiritualmente a los que ya lo eran. En la historia numéricamente decreciente del catolicismo, el Opus y Hakuna habrán sumado muy pocos miembros a la Iglesia de San Pedro. En un vídeo de 2024, José Pedro se enorgullecía de haber enviado los primeros misioneros de Hakuna fuera de España. Dice con la boca pequeña que han marchado algunos a Corea para luego enumerar los otros países a donde van estos primeros apóstoles de Hakuna: México, Chile y Perú. De nuevo, un parecido con el Opus Dei. 

Volvamos un segundo a Gaztelueta. En la década del 50 el Opus abre, “para hacer apostolado”, su primer colegio en Bilbao. Resulta difícilmente verosímil pensar que en 1951 existiera un solo bilbaíno o bilbaína que no conociera el padrenuestro, los sacramentos, los mandamientos y hasta los mandamientos de la Iglesia. El poeta máximo de la ciudad, Blas de Otero, la describía en un verso de aquella década como “mi villa despiadada y beata”. Si el Opus hacía apostolado sobre católicos, Hakuna, en una concentración lógica verdaderamente admirable, lo hace sobre los miembros del Opus, especialmente sobre sus hijos. Hakuna, como el Opus, nos taladrarán con algún destino exótico cuando digamos que convierten a los conversos, como si fuéramos tontos, como si no supiéramos que todo el tinglado depende de la atención a minorías muy católicas en países bastante católicos como España, México, Perú o Chile, donde solo poquísimos no conocen la revelación de Jesucristo.

Me da la sensación de que los amigos del Opus vinculan su éxito, verdaderamente enorme entre 1950 y 1975, a una gran elaboración teológica. También los enemigos se inventan a veces una organización formada por brillantes y ultrarreacionarios Leo Naphtas, lo que inconscientemente confirma la lógica grandiosa de la propia organización. Podría ser, pero tiendo a creer que su éxito depende de mucho menos y que tanto el Opus como Hakuna se parecen muchísimo al catolicismo que existe en su medio ambiente, al que se limita a introducir un pequeño retoque. Y es esta modificación la que explica su éxito, el cual se puede predecir gracias a una pequeña ley: pequeñas transformaciones teológicas dan enormes rendimientos en el mercado espiritual. 

El Opus tiene éxito no por una Suma teológica, sino por la figura del supernumerario, un hombre o mujer que se puede casar, tener hijos y trabajo normal, quien cumple de manera típica las obligaciones del catolicismo conservador que hasta los 60 era el único que existía. El Opus descubre de modo azaroso –o al menos tardío, en 1948, 20 años después de su fundación– que en el mercado espiritual a bastantes católicos les interesa tener una chapa por comportarse de modo bastante parecido a sus padres, abuelos y tatarabuelos. 

Del mismo modo, Hakuna tiene éxito no por la hora santa, donde de acuerdo con don Josepe se toca a dios, ni por los consejos que da en la trilogía de Santos. Lo tiene por algo tan sencillo como que los adolescentes de diferente sexo pueden ir a misa juntos, a confesarse, a retiros espirituales, a excursiones con rezos de rosario, sin tener que separarse en grupos sexualmente impermeables. Su éxito puede ser enorme, en parte porque el Opus Dei excluyó como anatema el proselitismo mixto, desaprovechando con esta medida ridícula y antinatural un capital enorme para adentrarse en la vida de los jóvenes. Posibilidad comercial que Hakuna ha visto con el olfato de un delantero centro en racha. Hoy, cuando el Opus Dei tiene dudas sobre si seguir o no con la educación segregada (Gaztelueta, por ejemplo, admite a niñas), se tiene que estar tirando de los pelos, pues puede empezar a ofrecer demasiado tarde un producto espiritual que Hakuna ha ofrecido antes. Por supuesto, en algún momento futuro, las juventudes del Opus y Hakuna podrán reunirse. Ninguna diferencia teológica los separa. Pero en la historia del catolicismo la falta de sintonía personal y el narcisismo de la pequeña diferencia puede hacer que dos instituciones compatibles caminen por vías separadas de modo indefinido.  

El éxito de Hakuna no es el del Opus, pero, ojo, el Opus necesitó 20 años para tenerlo. A Hakuna le quedan todavía diez. En esta sociedad con miedo, más cerrada sobre los subgrupos que la componen, más determinados sus individuos por los criterios repetitivos y rectificadores del algoritmo –existe el algoritmo católico y hasta el Tinder católico–, juntar a chicos y chicas en un laboratorio de canciones sagradas, buen rollo y barbours parece una apuesta ganadora para las importantes minorías católicas que siguen presentes en la sociedad española.  

*Miguel Saralegui es autor de ‘Matar a la madre patria’ (Tecnos) y profesor de la Universidad San Sebastián (Chile).

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