Banalización del mal
Nunca he participado en esas encuestas en las que llaman a un número determinado de personas para preguntarles qué les preocupa. No me parece un mal método, pero quizá la pregunta más reveladora no sea esa. Tal vez habría que preguntar qué desconcierta.
A mí me desconcierta el cinismo de la derecha y de esa derecha aún más escorada que ha hecho de la desmesura una costumbre. Me desconcierta su capacidad para banalizar el mal, para presentar como legítimo lo que no es más que barbarie: invadir países por intereses económicos, atacar territorios y asesinar inocentes por cálculos estratégicos, todo ello envuelto en la retórica solemne de quien se cree en el lado correcto de la historia. No de la humanidad, que sería la expresión justa.
Me desconcierta su capacidad para banalizar el mal, para presentar como legítimo lo que no es más que barbarie
Llevamos demasiado tiempo respondiendo encuestas para que, al final, casi nada cambie. La banalización del mal, sobre la que Hannah Arendt dejó una reflexión imprescindible, no ha desaparecido: sigue viva, cómoda y perfectamente adaptada a nuestro tiempo. Se expresa en discursos oficiales, en silencios cómplices y en la normalización de lo inaceptable.
Hoy la encarnan, con inquietante naturalidad, un dirigente israelí y otro estadounidense, decididos a actuar sin freno, saltándose tratados humanitarios y principios elementales del derecho internacional. Pero lo más terrible no es solo lo que hacen, sino la certeza de que, una vez más, ellos y sus gobiernos probablemente quedarán impunes ante el resto de la humanidad.
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Juan Carlos Brage es socio de infoLibre.