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Gente de bien

Vero Barcina

“El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía”. (Mark Twain).

Cuando lógica y razón son inútiles, la pedagogía más eficaz es el miedo: la letra con sangre entra. No iba descaminado Baudelaire al afirmar que “El mejor truco que inventó el diablo fue convencer al mundo de que no existía”, aunque es esencial para convencer al mundo de que dios existe. El asunto de dios y el diablo ha sido objeto de debate milenario sin consenso, más bien con encendidas posturas irreconciliables que han dado lugar a diversas sectas en el seno de la iglesia y derramamiento de sangre inocente para vencer y convencer a herejes y apóstatas una vez despojados de sus haciendas.

La sospecha popular de que dios no es tan bueno ni tan malo el diablo viene de antiguo, del disteísmo, que explica dioses como Eshu en la mitología yoruba o Loki en la escandinava, y del malteísmo, más próximo al ateísmo. Los compendios de las mitologías cristiana, judía y musulmana que son la Biblia, el Corán y la Torah ofrecen un muestrario conductual de Dios, Alá o Yahvé que oscila entre la bondad absoluta y el castigo eterno, usando al maligno para excusar al dios bueno cuando se porta mal.

Por tal motivo las religiones y la política recurren al diablo para establecer líneas que dividen el mundo en dos categorías de coexistencia complementaria: el bien y el mal,los buenos y los malos, los amigos y los enemigos. De tal forma funciona el maniqueísmo, que es universalmente aceptada la fórmula de “estás conmigo o estás contra mí” para posicionar a quienes no lo hacen o prefieren la neutralidad. En este sentido, Hollywood es la catequesis global que predica la doctrina maniqueísta urbi et orbi con más eficacia que obispos, rabinos e imanes. El método lo imitan los medios de comunicación.

Para toda esa gente de bien están abiertas las puertas de los cielos, irán directamente de los paraísos terrenales y fiscales a los celestiales porque para eso inventaron a sus dioses

Es habitual que las derechas hablen, a un público debidamente catequizado, de “gente de bien” como hiriente fórmula para señalar a quienes piensan de distinta forma que el selecto y sectario grupo social al que representan. Decir “la gente de bien tal o cual cosa” corona con un halo de santidad al orador y su cofradía, demonizando al mismo tiempo a quienes disienten de su opinión. Todo el mundo quiere ser gente de bien; aunque mienta, robe o mate de forma sistemática, nadie está dispuesto a ser el malo de la película.

En esta época apocalíptica, aplican el epíteto “gente de bien” a personajes que, ¡ojala algún dios obre el milagro!, han comprado parcela en el cielo y llegarán al juicio final con sus abogados, como dijo el maestro en La lengua de las mariposas. La gente de bien milita en un partido político condenado por corrupción, decreta por ley la muerte de casi 7.000 ancianos desvalidos, hace negocio con la Sanidad y la Educación, no acepta la democracia, apoya la especulación con la vivienda, infravalora a las mujeres, odia la diversidad, rechaza al homosexual, al catalan y al vasco… pero va a misa domingos y fiestas de guardar.

No sólo es en España, el mundo está lleno de gente de bien: la que lleva a cabo el genocidio en Gaza y la que lo justifica, la que utiliza armas y la que se lucra con ellas, la que genera pobreza y la que amasa fortunas, la que pone las banderas por encima del bienestar de sus pueblos, la que alienta el odio y la que calla. Para toda esa gente de bien están abiertas las puertas de los cielos, irán directamente de los paraísos terrenales y fiscales a los celestiales porque para eso inventaron a sus dioses. Esa gente de bien no son más que demonios capaces de convertir la vida de las personas en infiernos a su servicio.

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Vero Barcina es socia de infoLibre.

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