IMPERIALISMO EEUU
¿Jaque mate a la Revolución Cubana? Un trofeo simbólico para Trump
A principios de 2006, unos meses antes de caer gravemente enfermo, Fidel Castro ordenó instalar 138 mástiles con banderas negras (y una estrella blanca) frente al edificio de la Sección de Intereses de Estados Unidos en el Malecón habanero. Con el “bosque de las banderas” (una por cada año de lucha contra el imperio), el comandante en jefe quería neutralizar la visión de los mensajes políticos que la oficina diplomática de Washington desplegaba por aquellos días en pantallas electrónicas. La Guerra Fría era ya cosa del pasado, pero en el Caribe todavía se libraba una batalla ideológica sin tregua. Cinco décadas después del triunfo de la Revolución, David seguía levantando su honda contra Goliat.
Transcurridos 67 años desde que Fidel y los barbudos de la Sierra Maestra desfilaron victoriosos por las calles de La Habana (el 8 de enero de 1959), por la Casa Blanca han pasado durante ese tiempo una docena de presidentes. Ninguno de ellos pudo asistir desde el Despacho Oval al final de la Revolución Cubana. No pudieron hacerlo ni a través del apoyo a chapuceras aventuras militares (Playa Girón, 1961), ni por medio de las innumerables tramas de la CIA para asesinar a su líder, ni siquiera con la imposición de un férreo bloqueo comercial, económico y financiero que ha condicionado salvajemente la vida de los cubanos desde 1962.
“Creo que Cuba pende de un hilo. Está en serios problemas; lo ha estado durante los últimos 45 años y no ha llegado a caer, pero creo que están bastante cerca por voluntad propia”, declaró Donald Trump el jueves en una entrevista televisiva. Como ha quedado patente tras el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, Trump no está preocupado por sustituir regímenes autocráticos o dictaduras por sistemas democráticos. Al mandatario republicano le mueven otras pasiones y no las esconde. La Estrategia de Seguridad Nacional de su Administración –una vuelta de tuerca a la Doctrina Monroe– destaca por la sinceridad con la que Estados Unidos se erige en dueño y señor de todo el continente americano.
Cuba no posee los extraordinarios recursos naturales de Venezuela, pero su caída supondría un trofeo de gran simbolismo para Trump: un jaque mate a la Revolución Cubana que lo convertiría en el inquilino de la Casa Blanca que finalmente derrotó a los invictos guerreros de la bandera de la estrella solitaria. Una medalla que compartiría con el designado nuevo virrey de América Latina, Marco Rubio, su secretario de Estado, quien tiene entre ceja y ceja a la isla por su anticomunismo visceral. Sus padres, nacidos en Cuba, emigraron a Estados Unidos en 1956, tres años antes del triunfo de la revolución. Rubio nació y se crio en Florida, donde el anticastrismo se conjuró una y mil veces para que la isla volviera a ser aquella perla del Caribe (capitalista y tutelada) en la que habían plantado sus reales Lucky Luciano, Meyer Lansky y compañía.
Escasez petrolera
Aunque diga públicamente que en Cuba no se pueda ejercer mucha más presión “salvo entrar y destruir el lugar”, entre los planes de Trump para la isla no parece que figure un ataque militar como el que llevó a cabo en Venezuela el 3 de enero. En sus declaraciones subyace el convencimiento de que bastará con cortar el cordón umbilical que une a La Habana con Caracas para que el régimen se desmorone por sí mismo como un castillo de naipes.
Según explicó a la agencia Reuters Jorge Piñón, especialista del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, las importaciones de petróleo de Cuba podrían evaporarse “si se mantiene la presión” de Estados Unidos. Venezuela envió a su aliado político un promedio de 35.000 barriles diarios el año pasado. La isla necesita algo más de 100.000 barriles por día para su consumo interno, pero sólo produce por cuenta propia unos 40.000. Rusia y México también le suministran crudo aunque en menores cantidades. De acuerdo a datos de la petrolera mexicana Pemex, el Gobierno de Claudia Sheinbaum envió el año pasado unos 17.000 barriles diarios, aunque en determinadas circunstancias (tragedias naturales por medio) autorizó un mayor abastecimiento. Sin el petróleo venezolano, el Gobierno de Miguel Díaz-Canel se enfrenta a una crisis energética todavía más grave que la que ya sufre el país.
Los acuerdos de colaboración entre Cuba y Venezuela se remontan a principios de siglo, cuando Hugo Chávez acudió en ayuda de su admirado Fidel para suplir de combustible a una Cuba que arrastraba una delicada situación económica. La irrupción de Chávez en el tablero latinoamericano supuso un balón de oxígeno para Castro. El acuerdo de las “batas blancas” selló una alianza inquebrantable durante años. A cambio del petróleo (unos 90.000 barriles diarios), Cuba envió a Venezuela a miles de médicos. Junto a ellos viajaron en secreto decenas de expertos en inteligencia y seguridad. Fue un quid pro quo ventajoso para ambas partes.
La Habana jugaría también un papel determinante en la elección de Maduro como sucesor de Chávez (fallecido en 2013). El entonces canciller había pasado algún tiempo en Cuba en los años 80 –en una escuela de formación de cuadros políticos– y se adaptaba mejor a los intereses del Palacio de la Revolución que el taimado Diosdado Cabello, actual ministro del Interior y eterno número dos del chavismo.
Crisis y descontento social
El colapso de la Unión Soviética en 1991 tuvo un efecto devastador en Cuba, muy dependiente de Moscú, e inauguró una etapa bautizada por el régimen como Periodo Especial en Tiempos de Paz, un eufemismo para referirse a la hambruna que padeció la población durante varios años. Tres décadas más tarde, la pandemia de covid acentuó los problemas crónicos de la isla y socavó la industria turística, principal fuente de ingresos externos. Al menos un millón y medio de personas, según cifras oficiales, han abandonado el país desde 2021, el mayor éxodo en periodo revolucionario. Hoy, la crisis económica, social y sanitaria es mayúscula, una tormenta perfecta en la que se combinan apagones diarios de diez o doce horas, epidemias incontroladas de virus tropicales (dengue, chikungunya, oropouche) y un estratosférico aumento de los precios que ha mermado sensiblemente la capacidad adquisitiva de los cubanos.
Según declaró a The New York Times Omar Everleny Pérez, uno de los mayores expertos en la economía cubana, la situación actual es de una gravedad inusitada: “Yo, que nací allí; yo, que vivo allí, lo puedo decir: nunca ha estado tan mal como ahora, porque se han juntado muchos factores”. Al cortar de raíz el suministro de crudo venezolano, la Casa Blanca espera agudizar la crisis y generar un levantamiento popular que obligue al régimen a claudicar. Una hipótesis contra la que se rebelan algunos antecedentes.
Si alguna lección pudo extraerse de las protestas protagonizadas por un sector de la juventud cubana en julio de 2021 fue la extraordinaria capacidad de respuesta policial del régimen para defenestrar cualquier conato de insurrección popular. Cientos de jóvenes fueron detenidos y condenados a penas de prisión por su participación en las manifestaciones, según Human Rights Watch. El descontento social sigue hoy latente en un país en el que impera el miedo a la represión. De la Cuba revolucionaria que un día fue faro de la izquierda mundial no hay ya ni rastro. Quedan tan sólo las icónicas imágenes en blanco y negro de Korda y las conmovedoras canciones de Silvio Rodríguez.
Sin fracturas internas
La apuesta por una eventual fractura interna del régimen se antoja aún más improbable. Tras el traspaso de poder de Raúl Castro (94 años) a Díaz-Canel en 2018, las cúpulas del Partido Comunista de Cuba (PCC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) cerraron filas en torno al sucesor, un dirigente de 65 años con perfil bajo y una sólida lealtad hacia su mentor. Unas cualidades que le permitieron ascender en la pirámide de mando sin prisa pero sin pausa, y evitar las caídas al abismo de otros aspirantes a liderar el postcastrismo, como el exvicepresidente Carlos Lage o el excanciller Felipe Pérez Roque.
Otro de los hombres fuertes del régimen es el general Álvaro López Miera, ministro de Defensa de 82 años e hijo de republicanos españoles exiliados en Cuba. Veterano de las campañas africanas y adscrito al ideario revolucionario desde su más temprana juventud, ha sido siempre uno de los más estrechos colaboradores de Raúl Castro, quien se encargó de promocionarlo hasta el máximo escalafón del Ejército.
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La caída de 32 militares cubanos de la guardia pretoriana de Maduro en el ataque de Estados Unidos en Venezuela ha conmocionado a una isla en la que todavía se recuerdan –gracias a la insistencia de sus dirigentes– las gestas pasadas de las FAR en campañas internacionalistas. Los soldados de Fidel (a quien sus fieles todavía se refieren como el “glorioso comandante invicto”) se foguearon en las guerras de liberación africanas, en las selvas centroamericanas junto a los sandinistas o en arriesgadas operaciones de Inteligencia. Norberto Fuentes, en su día intelectual orgánico del régimen, dejó un testimonio escrito del modus operandi de esos combatientes en su libro Dulces guerreros cubanos (Seix Barral, 1999). Algunos de ellos acabaron sus días sin pena ni gloria, defenestrados por el propio régimen o ante un pelotón de fusilamiento.
Díaz-Canel reconoció hace unos días en su cuenta de X que los guardias cubanos, pertenecientes a las FAR y al Ministerio del Interior, cumplían en Venezuela la misión de proteger a Maduro y su esposa, Cilia Flores (también secuestrada), “por solicitud de esa hermana nación”. El Gobierno cubano reveló la identidad de los fallecidos y declaró dos días de duelo nacional como homenaje a unos militares que, en palabras del mandatario, “cayeron enfrentando a terroristas en uniforme imperial”.
Fidel Castro (fallecido en 2016) consideraba que la revolución que lideró fue en realidad el último peldaño en la lucha por la independencia de Cuba, desde aquella primera guerra con España en 1868 y los intentos de Estados Unidos de anexionarse el territorio. En cierta ocasión, de camino a su residencia en el oeste de La Habana, hizo parar a su comitiva junto al “bosque de las banderas” plantado frente a la Sección de Intereses norteamericana. Se apeó del vehículo y comprobó durante varias horas que, efectivamente, aquella jungla de mástiles y banderas tapaba los mensajes luminosos del enemigo. Había ganado otra batalla al imperio.