Hilda Farfante, de 96 años, hija de maestros asesinados en 1936 en Asturias, ha fallecido sin haber encontrado los cuerpos de sus padres, pese a dedicar toda su vida a buscarlos.
La historia de Hilda recuerda la de la maestra Sofía Polo y el inspector de Educación Arturo Sanmatín, asesinados en Palencia y cuyos cuerpos tampoco han sido encontrados, como recordó en Librepensador@s su nieta y como figura en el libro de Eufemio Lorenzo Sanz Represión y Depuración de maestros en la provincia de Palencia en la guerra civil:
“La prensa palentina recoge su detención y la Falange se atribuye la paternidad. Su calvario y paseo tuvo lugar a lo largo de la calle Mayor, en la camioneta La Lola, exhibido para mofas, burlas, escarnios y vejaciones. Tan repugnante espectáculo fue seguido de su asesinato, desconociéndose su paradero, al igual que el su esposa Sofía”.
“Grito y vuelvo a gritar por todo lo que tuvimos que aguantar y callar. Y grito por las viudas, las madres y tantos familiares que murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara el mismo grito”, había declarado Hilda Farfante, que también se dedicó a reivindicar la memoria de los vencidos.
La literatura de posguerra ha dedicado varias obras a narrar la vida y el sufrimiento de esas madres o familiares que buscaron a los fallecidos o presos por todo el territorio nacional, como recuerda la protagonista de La buena letra, de Rafael Chirbes: “Rumores de fusilamiento que sólo a veces se confirmaban, pero siempre hacían daño. Las mujeres viajábamos en cuanto nos decían que habían visto en algún lugar a alguien de nuestra familia. Necesitábamos ir aunque desconfiáramos de la información. Algunas de esas mujeres no regresaron nunca”.
Ana No
Una novela maravillosa de este mismo género es Ana No, de Agustín Gómez Arcos, quien presentaba así su obra en 1977: “El título de la novela, que coincide con el nombre de la protagonista, puede parecer de entrada un tanto extraño, pero se explica porque cuenta la historia de una mujer a quien no le permitieron tener una identidad. De hecho, Ana No evoca de alguna manera el término anónimo. Se llamaba Ana Paucha por matrimonio, pero la guerra la había despojado de todo: de su mundo, de sus hijos, de sus ilusiones, convirtiéndola en una negación absoluta. Emprendió un viaje desde su Almería natal hasta una prisión del norte en busca de su hijo menor para convertirse de alguna manera en Ana Sí”.
Grito por las viudas, las madres y tantos familiares que murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara el mismo grito
Emprende el viaje a través de la vía del tren. Su hijo pequeño la espera. Ha hecho para él un pan de aceite con almendras, anís y mucho azúcar, como un bizcocho, el último que han amasado sus manos de madre. Con el mismo ímpetu con que había amasado el primero hace 50 años. Con la misma receta. Con la misma alegría. Con el mismo amor.
Mi soledad
En su caminar, Ana habla a menudo con la muerte, que ella sabe que espera allá en el norte. Un día, le dice la muerte: “Háblame de tu soledad, Ana Paucha… Dime lo que piensas, Ana secreta”. Y ella responde: “Mi soledad son cuatro camas en las que florecieron cuatro cuerpos de hombres. Camas vacías. Hombres muertos. Mi soledad es una barca que se va resecando en la playa; barca herida, abandonada, que ya no acogerá el saludo de las gaviotas en las alegres amanecidas de los regresos. Mi soledad es el gozoso nombre que ya no podré dar a mis nietos, muertos antes de nacer. Mi soledad es la palabra abuela que nunca oiré salvo en el negro abismo de mis sueños. Es ese nieto, amado mío, hijo de tu hijo, que te habría llamado abuelo porque tú tenías derecho a ello tanto como yo…”.
Los acompañantes
La perra
En su recorrido, Ana tendrá la compañía, en diversos tramos, de una perra, un trovador ciego y caminante y un circo itinerante. También tendrá algún trabajo, mendigará y acompañará.
La perra tiene la oreja izquierda desgarrada y el rabo casi pelado. Unos rodales rapados le recorren el cuerpo. Babea y apenas se mueve. Cojea. Todas las enfermedades del mundo parecen haberla afectado. Ana Paucha se compadece de ella. Otra desgraciada.
Prometidas de la muerte, siguen caminando juntas, echándose furtivas miradas para tranquilizarse mutuamente con su presencia; se detienen en las bocas de los túneles o a la sombra de los puentes para recobrar el aliento. Las dos viejas, mujer y perra, comparten camino y miseria.
Sin dinero, Ana busca trabajo y así llegará hasta un hospital provincial. Ya tiene trabajo: lavar muertos cubiertos de fluidos en descomposición.
El trovador ciego
“Las notas de una guitarra la despiertan al alba (se ha refugiado por la noche en una vieja carbonera abandonada). Cree estar en las fiestas del pueblo, de madrugada, cuando Pedro Paucha contrataba al músico del pueblo de al lado para que le cantara a la muchacha su júbilo de aquel día, su saludo de enamorado. Sueños y más sueños. La vieja Ana es tan vieja que sus sueños de juventud se han convertido en recuerdos”.
Lo que oye es una vieja canción de guerra interrumpida por un ataque de tos. Es Trinidad, el trovador ciego.
—¿Hacia dónde vas?
—Hacia el norte.
—¿El norte? ¿Allí es donde está encerrado tu hijo?
Ana rehúsa la compañía, pero el cantante le dice:
—Te podré hablar de tus hijos muertos en la guerra.
—Yo no he dicho eso —dice Ana.
Y el trovador responde:
—¿Qué enfermedad se habría llevado a los hijos de una mujer de tu edad sino la guerra?
Y Ana contesta: "Mi hijo pequeño hablaba a veces como tú. Con las mismas palabras. Decía cosas que tardé mucho tiempo en comprender. Mi niño sabía leer y escribir. Yo no. Me quiso enseñar, pero no le dio tiempo".
A sus hijos no se los tragó la mar, se los tragó la guerra
—Yo te enseñaré —le contesta el ciego.
El repertorio del músico ciego se compone de romances apacibles y trágicos, una especie de retrohistoria del país, que va repitiendo de pueblo en pueblo, de finca en finca, de taberna en taberna; canciones que nunca retransmitió en las ciudades la inmensidad radiofónica.
Los auditorios citadinos no siempre están de acuerdo ni aplauden las intervenciones del trovador. "Ana Paucha escucha el súbito silencio de la guitarra, luego se agacha para recoger las escasas monedas. Es su cometido. Algo es algo, piensa la vieja loba de mar. No se atreve a mirar al ciego, mudo y petrificado… Oye un ruido de botas que se acercan. Dos gritos, dos perfectos autómatas a los que hubieran dado cuerda, gruñen unas órdenes y se llevan al ciego cantor con su guitarra libertaria y el bastón de invidente, y también a Trinidad, con su blanca paloma y sus maravillosas historias".
Durante unos días merodea por la comisaría, por si oye la voz de la guitarra amiga. Eso es lo que ella quisiera, quiere creerlo, pero sabe muy bien que la cárcel es silencio. Encerraron al ciego precisamente para que se callara. "A sus hijos no se los tragó la mar, se los tragó la guerra. A su cantor ciego no fue la guerra quien lo dejó mudo. Fue la paz: mu-do".
Pero Ana ya sabe leer y escribir y toma una decisión: va a contar la historia de su vida. En las placetas de los pueblos cercanos a la vía o en las propias estaciones, ante un público cada vez más exiguo, cuenta sin estribillo ni guitarra la historia de Ana Paucha cuando aún no se había convertido en Ana No.
"Algunos ojos y oídos indiferentes siguen su historia; algunos corazones indiferentes rechazan su relato, sin momentos maravillosos, sin florituras poéticas, sin lágrimas de nostalgia. Las manos no consiguen rascarse los bolsillos ni sacar el óbolo de la caridad, salvo muy pocas que, venciendo tan sobrehumano esfuerzo, logran tirar unas monedas que suenan mucho y valen poco. Una mendiga culta no predispone a la compasión".
Ana Sola
"Estás completamente sola, Ana No —le dice la muerte—. Sigue tu soledad. Tu soledad está hecha de instinto. Ve tras él. Te llevará hasta mí. Yo soy tu instinto".
Ana Paucha se aleja de sus semejantes. Sin mirar atrás, abandona aquellos lugares por donde las gentes gustan de pasear, comentar cosas de la vida diaria, tomarse unas cañas o beberse despacio una palomilla.
Llega en domingo a la cárcel donde estaba su hijo.
"Jesús Paucha González, miembro activo del partido comunista español, ilegal, condenado a cadena perpetua, fallecido en prisión como consecuencia de una epidemia de disentería, a los 53 años. No deja pertenencias personales".
—¿Y la tumba?
—No hay tumba. Su hijo no fue la única víctima de la epidemia. Le enterraron junto a otros, en una fosa común.
"Vuelve a nevar. Nieve tranquila, fiel, envolviendo en un sudario el cadáver de una mujer llamada Ana Paucha, de 75 años, esposa, madre y viuda de cuatro hombres, segados por la Guerra Civil y sus prisiones de odio. Ninguna losa perpetúa estos nombres: Ana Paucha, Pedro Paucha, José Paucha, Juan Paucha, Jesús Paucha, llamado el pequeño.
No hay ojos que los lloren. No hay memoria que guarde sus huellas. No son para la Iglesia sus cinco santos nombres. No nombres. Antinombres. Cinco No".
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Julián Lobete Pastor es socio de infoLibre.
Hilda Farfante, de 96 años, hija de maestros asesinados en 1936 en Asturias, ha fallecido sin haber encontrado los cuerpos de sus padres, pese a dedicar toda su vida a buscarlos.