Librepensadores

La lluvia

Thierry Precioso

Era en los años sesenta, el patio de mi escuela de enseñanza primaria estaba aún mojado, pero recibía un soleado recién triunfante que se me antojaba violento, sin miramientos; me sentía desvalido como si se me hubiera arrancado el alma del cuerpo.

Me gustan los días enteros de lluvia con el cielo enteramente encapotado de nubes grises sin resquicio de azul amenazando, así me siento protegido. Dándole vueltas, he llegado a la conclusión de que el tiempo lluvioso me hace rememorar mi estancia prenatal. Y cuando al despertarme oigo que está lloviendo de manera sostenida, me entra una tranquilidad increíble.

Conozco mucho más la lluvia en las ciudades. Las aceras mojadas reflejan las luminosidades de los comercios, hasta el sonido de los neumáticos de los coches rodando en la calzada me agrada.

También algunas veces he andado solo en el campo bajo la lluvia. En algún momento, considerando que ya me había dado una paliza merecedora de descanso, me paraba bajo un árbol, quitándome el capuchón sentía un frescor en la cara, mi respiración me agradaba y empezaba a mirar el movimiento incesante de los trazos de la lluvia hasta abstraerme... Al darme de nuevo cuenta de lo circundante, durante un instante añoraba mi estado anterior descolgado de todo, pero, por otro lado, me sentía con fuerzas renovadas. Me volvía a poner el capuchón y reemprendía a andar pronto opinando que pasarlo tan bien solo debía de tener algún límite, que hacía falta ver a semejantes.

En el primer pueblo que encontraba, buscaba la luminosidad de un café. Desde hace algún tiempo, incluso en una aldea pequeña, el bar suele tener encendida una pantalla televisiva de grandes dimensiones. Al haber dado con el sitio, tomaba un café con leche en la barra y con suerte veía algún vecino entrar en el local antes de irme.

Faltaban dos o tres minutos para las cinco, aproximadamente una hora más tarde iba a empezar a trabajar en el turno de mañana. No es nada habitual en mi caso, puede ocurrir diez veces al año como máximo. Ya preparado del todo apagué la lámpara, salí de casa, anduve cuatro metros en la oscuridad, encendí la luz del pasillo, bajé la escalera, abrí la puerta y... ¡al ver el suelo mojado me maravillé, mis ojos inflándose de regocijo!

Me encontraba en el diminuto patio muy parcialmente esclarecido por la bombilla del tramo de pasillo hacia la calle, cerré la puerta y consideré la situación: aún era de noche cerrada, estaba lloviendo de un modo absolutamente silencioso, las gotas terminando como meras picaduras en el suelo, pero me parecía que su cadencia y densidad nada desdeñables dejaban abierta la posibilidad de que esta lluvia iba para largo... A los pocos instantes proseguía mi camino hacia la calle. __________

Thierry Precioso es socio de infoLibre

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