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Pablo Casado no quiere gobernar

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Guillermo Pardo Campos

No creo que me equivoque si digo que a todos nos gustaría que la política recuperase su sentido clásico de hacer feliz a la gente.

En democracia, acudimos a votar para que los mejores nos representen, es decir, sean como nosotros y  trabajen para que hagan lo que esperamos de ellos, hacernos la vida más agradable.

Los aspirantes a ese noble cometido se marcan como objetivo conseguir nuestro voto, seducirnos con palabras, actos y gestos en aras de batir a los rivales y hacerse merecedores de nuestra confianza.

Todos hemos conocido a políticos seductores. Por hablar solamente de líderes, quizá los jóvenes Felipe González y José María Aznar han sido de los más destacados en el arte de agradar, convencer y conquistar, tres verbos imprescindibles en el manual de conducta de todo aspirante a alcanzar las más altas cotas en el gobierno de un país.

Centrémonos en Pedro Sánchez y en Pablo Casado, ahora mismo los jefes de filas de los principales partidos españoles. ¿Qué dicen y cómo? ¿Quién inspira más confianza? ¿Qué proponen para mejorar nuestras vidas? ¿Con cuál alcanzaríamos mayores cotas de bienestar ¿Diríamos de ellos que agradan y convencen?

Descartemos a Pedro Sánchez, puesto que ha alcanzado ya su objetivo de presidir el Gobierno de España, y pongamos el ojo en Pablo Casado, el aspirante. ¿Es agradable escuchar de alguien que quiere gobernarnos y hacernos felices decir de su adversario que es traidor, felón, cobarde, incompetente, incapaz, okupa o ilegítimo? ¿Qué confianza puede ofrecer el jefe de una fuerza política principal que cuando su país está amenazado por una pandemia o es atacado por otro país (pongamos Marruecos) no solo da la espalda a su Gobierno, sino que además hace lo posible para torpedearlo, pongamos en Bruselas y en Rabat?

¿Cómo puede convencer alguien que no ha hecho una sola propuesta de gestión que ponga en aprietos al jefe del Gobierno? ¿Y cómo, además, alguien que utiliza un lenguaje impropio de la diplomacia política? ¿Es posible creer que nos puede llevar a buen puerto, a feliz puerto, quien llena de semántica negativa su discurso?

No encuentro en Pablo Casado palabras ni gestos que me motiven, ni siquiera que me hagan dudar a la hora de elegir. No sale de su boca un discurso amable, aunque sea crítico, que me predisponga a aceptar su línea política. Tampoco se le ve dispuesto al acuerdo, a tender la mano, a reconocer errores, a bajar a la arena de la humanidad para hacer frente común ante la adversidad.

Cárcel, 'tontás' y 'bobás'

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Pablo Casado no hace nada que lo sitúe por encima de Pedro Sánchez. Y lo peor de todo es que lo sabe. Se siente cómodo en el papel de atizador secundario. No arriesga, ni siguiera tira los dados. Le da pánico solo imaginar que tiene que salir ahí afuera a agradar, convencer, conquistar y tomar decisiones.

Por eso Pablo Casado no quiere gobernar.

Guillermo Pardo Campos es socio de infoLibre

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