Hace unos días asistí a un acto en el auditorio de Algeciras. La carretera está siempre muy cargada de tráfico desde Málaga. Después del lujo de Marbella, el entorno cambia a uno y otro lado hasta llegar a algo parecido a un enorme y deteriorado polígono en donde hay una sucesión de naves industriales y viviendas que desembocan, por fin, en la ciudad. Como en todas las costas, el aire salino hace su trabajo en las fachadas y en los coches y, junto con el sol, deja mate la pintura y descompone los plásticos.
El auditorio está junto al edificio de Aduanas, no lejos de la estación de autobuses y del mercado de abastos, en los límites del barrio antiguo. Miro a mi alrededor y de repente me veo transportada a mi adolescencia, a un viaje de estudios en 1971. El colegio nos alojó en una pensión barata en una de aquellas calles estrechas. La cama de mi habitación estaba llena de chinches y no me acosté. Esa zona era entonces territorio de estraperlistas. Un amigo algecireño me ha dicho que tiempo después en esas casas vivieron familias gitanas, y que ahora lo hacen inmigrantes.
Han cambiado las personas, los acentos y los nombres.
El barrio sigue allí.
Desde el Parking Hispano, camino hasta el auditorio por la calle Juan de la Cierva, que es una especie de bulevar que lleva al puerto y me siento en la terraza de un restaurante marroquí para hacer tiempo.
Lo que veo me hace reflexionar: hay hombres y mujeres sentados o recostados en los bancos de piedra. Todos están solos. Miran al suelo. Algunos parecen esperar algo. Otros parece que ya no esperan. No sé si han comido ni si tienen una cama donde dormir. Tampoco sé quiénes son ni de dónde vienen. Los miro y me resulta difícil no pensar que todos tuvieron alguna vez un proyecto de vida, una razón para ponerse en camino. Lo que me parecía un bulevar, en realidad es más una playa. O, mejor dicho, una especie de Costa da Morte cubierta de pecios devastados que han perdido el motor y la hélice. Pecios que son personas llegadas de muy lejos a un puerto que no era un destino, sino que era el destino mismo.
Entre 2012 y 2015, cada lunes yo participaba en una reunión en la que alguien exponía el macabro inventario de los ahogados en el mar, los desaparecidos, los refugiados y los retornados. Veía imágenes de satélite en las que aparecían cayucos o embarcaciones interceptadas en mitad de la travesía. Me impresionaba tanto la dimensión de la tragedia como la facilidad con la que vidas concretas acababan convertidas en categorías, procedimientos y cifras.
También entonces fui testigo del comienzo de una transformación menos visible: la del lenguaje. Desaparecían determinadas palabras y otras nuevas ocupaban su lugar de manera que las expresiones técnicas sustituían a las expresiones incómodas: retorno por deportación, irregular por ilegal. No necesariamente porque fueran más precisas, sino porque permitían contemplar la realidad sin sentirla demasiado cerca.
Mientras miraba a mi alrededor sentada en la terraza del restaurante, pensaba en todo aquello. Pensaba en el barrio que vi en el viaje de estudios. En los estraperlistas de entonces. En quienes llegaron después. En quienes están allí ahora. Pensaba también en la extraordinaria capacidad que los seres humanos tenemos para adaptarnos a casi cualquier cosa.
Entre 2012 y 2015, cada lunes yo participaba en una reunión en la que alguien exponía el macabro inventario de los ahogados en el mar
En los últimos tiempos se habla mucho de las raíces cristianas de Europa, de valores europeos y de la identidad moral de Occidente. Viendo a aquellas personas me pregunto qué valor entrañan las palabras cuando los hechos dejan de incomodarnos.
La semana pasada se aprobó en el Parlamento Europeo el Reglamento de Retornos. Tras la votación, unos diputados gritaban "Send them back!" mientras otros respondían "Shame on you!". Parece que los unos o los otros no encarnan esas raíces sobre las que se yergue Europa.
Y entonces, ¿cómo devolver un pecio a su origen?
Se atribuye a Margaret Mead una observación según la cual el primer signo de civilización encontrado por los arqueólogos no habría sido un instrumento ni tampoco un arma, sino un fémur con un callo óseo. En la naturaleza, hoy como ayer cualquier animal con una fractura así está condenado a muerte. Para que un ser humano sobreviva necesita que alguien lo proteja, lo alimente y espere a que sane.
Desde que regresé de Algeciras no dejo de pensar en aquellos hombres y mujeres sentados en los bancos. Eran muchos. Y, sin embargo, cada uno parecía estar completamente solo. Como lo están los pecios.
Entonces recuerdo el fémur fracturado.
Y tampoco dejo de preguntarme qué se nos ha roto por dentro para que hayamos terminado por verlos como parte del paisaje.
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Isabel Torné es socia de infoLibre.
Hace unos días asistí a un acto en el auditorio de Algeciras. La carretera está siempre muy cargada de tráfico desde Málaga. Después del lujo de Marbella, el entorno cambia a uno y otro lado hasta llegar a algo parecido a un enorme y deteriorado polígono en donde hay una sucesión de naves industriales y viviendas que desembocan, por fin, en la ciudad. Como en todas las costas, el aire salino hace su trabajo en las fachadas y en los coches y, junto con el sol, deja mate la pintura y descompone los plásticos.