Pedro Sánchez por mucho tiempo

Pedro Jiménez Hervás

Con las últimas elecciones, parecía que PP y Vox tuvieran bien asegurado su futuro. La derecha pensaba que la campaña desatada de mentiras, insultos, difamaciones múltiples y crispación constante había vuelto a funcionar y solo Feijóo sería el elegido para habitar La Moncloa. Lo aseguraban incluso las encuestas. Para eso había viajado desde Galicia el sustituto de Pablo Casado, el presidente de una comunidad donde los apellidos ilustres podían circular a 215 kilómetros por hora y se disfrutaban de magníficos atardeceres desde Finisterre.

Pero tras la sorpresa electoral y pasados los vanos intentos del PP por aparentar euforia debido a unos resultados nada ventajosos, la realidad se impuso y el PSOE, en coalición con Sumar, volvió a ocupar la presidencia del Gobierno.

La consecuencia no podía ser otra. De nuevo tenemos que soportar la única matraca que sabe practicar la derecha cuando se encuentra en la oposición: intoxicación, odio, engaños y pataleo: “Usted, y el conjunto de vicepresidentas son unas groupies…”, “los españoles le colgarán por los pies…”, “Sánchez nos lleva a la ruina...”, “Óscar Puente es un macarra y un mamporrero…”, “Me gusta la fruta…” 

De nuevo tenemos que soportar la única matraca que sabe practicar la derecha cuando se encuentra en la oposición: intoxicación, odio, engaños y pataleo

El resultado de este recrudecimiento conservador está por ver. Pero en el fondo, en lo más profundo de los corazones de la derecha desaforada, algo sucede. Pervive un extraño runrún que hiela las sonrisas y les impide conciliar el sueño: haga lo que haga Sánchez, las urnas van a seguir sonriéndole… 

Esta es la sensación que planea entre los asesores y consejeros de la derecha. Poco importa la supuesta degradación democrática denunciada, el control inconstitucional del máximo órgano representativo de los jueces, los rezos en Ferraz y el juego sucio en Europa. Cuando llega el momento de votar para elegir presidente del Gobierno, los españoles siguen dando la espalda a PP y Vox. Por poco. Pero con el respaldo suficiente como para tener de los nervios a los mandamases de la oposición, que ven pasar los fondos europeos sin que ellos puedan controlarlos.

¿Qué más podemos hacer? Se preguntan las cabezas pensantes ultras. ¿Cómo podríamos derribar de una vez por todas a este Pedro Sánchez ilegítimo?  

Lo que no saben es que tienen al enemigo en casa. No se imaginan que sus mismas huestes están socavando cualquier iniciativa encaminada a acabar con el Gobierno de coalición progresista. ¿Cómo? Desarrollando el inevitable mandato obtenido en ayuntamientos y comunidades autónomas, donde PP y Vox gobiernan en paz y armonía: 100.000 euros para financiar manifestaciones contra el Gobierno central, fuera luces de Navidad con formas voluptuosas prohibidas, suspendida esa obra de teatro en la que aparecen los actores en calzoncillos… ¡Libertad para Doñana, aunque se convierta en un lodazal inmundo! ¡El Mar Menor que siga muerto! ¡Más macrogranjas de cerdos…! 

Con semejantes precedentes, les va a resultar imposible cavar un precipicio definitivo contra Pedro Sánchez. Han enseñado la patita y ya están deseando convertir España en un cortijo de desaprensivos y beatos; en un secarral en el que solo se podrá rezar el Rosario y jugar al golf. Si por ellos fuera, volvería la España de antes. La del emigrante que canta a su patria querida y las escuelas de toreros. ¿Cómo van a ganar así las elecciones? Los españoles hace mucho que hemos dejado de comer moscas y remendarnos los zapatos.

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Pedro Jiménez Hervás es socio de infoLibre

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