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La política del odio

José Ferrer

Mucho se habla y comenta, y con razón, sobre el discurso del odio, que está teniendo un auge tremendo en Europa y al que España no es ajena (más de 600 incidentes, indica el Informe Raxen del Movimiento contra la Intolerancia durante 2017 en nuestro país, pero que podría ser muchos más teniendo en cuenta que sólo se denuncian el 10% de ellos). Algunos confunden este discurso del odio con delitos de odio, sin duda error garrafal, éstos últimos tienen consecuencias penales; los otros, no necesariamente. Odiar no es un delito en sí mismo, puede que sea deplorable, pero no es un delito. Uno puede odiar en su ámbito privado, y públicamente, pero si son por motivos racistas, antisemitas, por orientación sexual, etc., es decir aquellos tipificados en el artículo 510 del Código Penal, son delito. Por poner un ejemplo, yo puedo decir que odio a X, pero no que lo odio porque es homosexual, eso sí está penado. Hay que tener cuidado porque una interpretación amplia del delito de odio puede cercenar la libertad de expresión, que es un Derecho Fundamental. Pero eso es otro debate.

Quiero hacer hincapié en el odio, el no aceptar al otro porque piensa, vive y actúa diferente, porque es miembro de una minoría o porque es de otro partido político. Estos son los supuestos para que se dé discurso de odio:

a) Que esté dirigido a personas o grupo de personas de vulnerabilidad tipificada o determinada.

b) Que conlleve humillación.

c) Que implique cierta demonización o “perniciosidad”, es decir, que tenga como objetivo que otros participen en acciones para humillar al grupo o persona vulnerable.

d) Intencionalidad de denigrar, agraviar, insultar o algo mas grave…

Al cumplirse tres de estos cuatro supuestos nos hallamos ante un discurso del odio. Esto no es deseable, venga de donde venga, pero si vienen de aquellos que nos representan es aún peor, entonces estamos ante la política del odio.

Llevamos años los ciudadanos soportando el escaso nivel de hacer política de nuestros representantes, pero en estos últimos días asistimos ojipláticos a un exceso que no necesita los argumentos y la política y el buen hacer.

Pablo Casado se ha despachado con intención, inquina, rabia y saña con Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. "Traidor, felón, compulsivo, mentiroso, desleal, mediocre irresponsable, incapaz, incompetente…" son algunos de los descalificativos que profirió en menos de 10 minutos el señor Casado, sin inmutarse, en lo que parece “algo” más que disparidad de criterios o de opinión, por el diálogo que este Gobierno está llevando a cabo con los independentistas para aprobar los presupuestos generales del Estado. Esos insultos degradan aún más el nivel de nuestra política en nuestro país, eso es política del odio.

¿Realmente son necesarios esos descalificativos para mostrar disconformidad, desacuerdo o para hacer política?, ¿son necesarios esos improperios para argumentar, compartir y comunicar tu mensaje? Creo que esa radicalización en el lenguaje se vio castigada con la relativamente poca participación de la convocatoria en Plaza de Colón en Madrid. Realmente creo que los ciudadanos no nos merecemos a representantes políticos que buscan más el eslogan que el argumento, el insulto que la razón… es una especie de política de brocha gorda que, insisto, no nos merecemos.

No se pueden cerrar puertas al diálogo y a la convivencia con actuaciones como esa, no se puede tampoco usar mentiras y calumnias para adornar tu mensaje, los ciudadanos aprecian la moderación, el sosiego, la mesura y las actitudes positivas. No son momentos para publicar libros de autobombo que alimenta el ego como ha hecho el presidente del Gobierno en plena crisis política, creo que ha estado muy mal asesorado en este caso. Asimismo, es imprescindible huir de la crispación y de los mensajes y argumentos que cierran puertas al diálogo que es absolutamente necesario en estos momentos en España que asiste, sin duda, al mayor reto político de su historia democrática. No se pude criticar que se esté negociando con los “separatistas”, rompedores de España, por otra parte partidos legítimos y legales, y a la vez pactando en Andalucía con un partido xenófobo, extremista, machista, opuesto a la articulación constitucional territorial autonómica del Estado y anti-europa, también legítimo y legal como es VOX. La consecuencia y resultado de esta forma de hacer política es la hartura y desafección de la ciudadanía que los ha elegido para, sin duda, algo más que insultarse, vanagloriarse o mentir, esta retórica tóxica y venenosa que algunos políticos utilizan están creando un país y por extensión un mundo mas dividido, peligroso y con los Derechos Humanos en retroceso.

El poder del odio está infravalorado: es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva; el odio es un sentimiento, una pasión del alma, difícilmente objetivable, forma parte, como el resentimiento o como la envidia, del arsenal emotivo de un ser precario e inestable; las expresiones de odio hay que combatirlas con la palabra, con la educación, y con una cultura política que no acuda a la construcción de chivos expiatorios (inmigrantes, adversarios políticos, el “otro”… por ejemplo) para exorcizar los fracasos, las frustraciones y los errores.

A Buda se le atribuye la frase siguiente: “El odio es un veneno que uno se toma creyendo que va a dañar al otro”. No existe una concepción única e inequívoca de casi nada, aún menos en política, por eso es fundamental crear espacios de diversidad y de diálogo para crecer y progresar, en definitiva, para poder lograr una sociedad más justa, integradora y generosa; encontrando en la pluralidad y la diversidad la convivencia pacífica. El discurso del odio y por lo tanto su derivada, la política del odio, pone en peligro el sistema de derechos y libertades que gozamos.

José Ferrer Sánchez es socio de infoLibre

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