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El rey Ratón

José López

Chancho, el Ratón, era el rey de las montañas; era por derecho de sangre el gobernante en aquella cordillera infinita de basuras.

Las autoridades y los mapas llamaban a aquel lugar de 270 hectáreas, Parque Ambiental La Pradera, en el municipio de Barbosa; los ciudadanos normales que desde la distancia veían sus columnas de humo maloliente lo conocían como el basurero municipal de Medellín; el Ratón y sus colegas lo consideraban su hogar, su reino.

A Chancho I, rey de los niños abandonados entre basuras, los años de oficio le habían dado un instinto especial para encontrar tesoros, buscando y escarbando donde los demás no querían perder el tiempo, manipulando con talento de neurocirujano las chatarras herrumbrosas, los objetos cortantes y todas aquellas cosas que te siegan un dedo o una mano sin darte cuenta; reconocía con ojos de experto ingeniero metalúrgico los trozos de aluminio, cobre y metales con algún valor; distinguía como el mejor gemólogo o perito en piedras preciosas los trozos de cristal roto sin brillo y los cascos de botella vacíos que tenía el valor de algunos céntimos; no le temía a las ratas que eran sin duda los animales con los que más ratos había compartido, mascotas amigas, aunque algunas de las que tenían residencia permanente por aquellas montañas de escombros eran del tamaño de conejos bien alimentados, negras, lustrosas y de enormes colas ondulantes. También era el único con el coraje suficiente para surfear debajo de las cataratas de desperdicios que arrojaban los camiones recién llegados al inmenso vertedero municipal. A pesar de su cuerpo menudo y flaco, siempre estaba en la cresta de las basuras recién descargadas y, con la astucia y los reflejos de un luchador grecorromano, lograba zafarse de golpes, empujones y los intentos de expolio de los mayores, que abusaban de su condición de pez grande que se come al chico, consiguiendo para él las piezas más codiciadas.

Para Chancho, sobrevivir hurgando en las basuras de aquel inmenso estercolero, era a la vez, su modo de vida, su profesión y una aventura diaria cargada de fantasías.

Sus recuerdos nacían en una corroída carretilla oxidada que fue su primera y única cuna y que su madre usaba alternativamente para transportar los cartones y plásticos que rebuscaba en aquel mismo basurero y para trasladar a sus hijos hasta que aprendían a caminar sobre la porquería.

Desde que Chancho, el Ratón, pudo dar varios pasos seguidos sobre las dunas de basura y desperdicios, toda su vida había girado en torno a conseguir lo suficiente para comer cada día, sin darle más concesión ni pensamientos al día siguiente. Aquel lugar le suministraba lo indispensable para vivir aquella vida que vivía, sin saber ni pensar si era buena o mala, sin saber si existían otras formas de vivir y le permitía esconderse de su extrema soledad, renovando su contrato para seguir viviendo cada veinticuatros horas y sin haber oído nunca la palabra futuro.

Chancho, a sus 12 años, estaba ya solo en el mundo. Solo y rodeado de solitarios que como él no tenían a nadie que pensara, se preocupara o siquiera supiese que existían, solo con sus basuras, solo en la vieja barraca de paneles de chapa y maderas mohosas medio escondida detrás del gran muro de una fábrica abandonada a escasos setecientos metros del basurero.

Su madre había muerto de una enfermedad pulmonar hacía ya casi dos años; su hermana mayor se había marchado un año antes de la muerte de la madre, siguiendo los pasos y las promesas de un vendedor ambulante que decía tener una casa digna y una vida mejor en algún otro lugar y, a sus dos hermanitos pequeños, cada uno de un romance fugaz y diferente de su mamá, los recogió la asistencia social de aquella misma chabola donde retiraron el cadáver de la madre, como quien requisa las pertenencias olvidadas de alguien en un intento de hacer limpieza. De él nadie se acordó ni hizo cargo porque, a esa hora, estaba, como siempre, trabajando en el vertedero y como ni siquiera estaba registrado en ningún lugar, ni los escasos vecinos también indigentes, se acordaron de mencionarlo, ni él supo qué hacer al regresar y encontrar la chabola vacía, a todos los efectos dejó de existir, adquirió la condición de anónimo y se quedó en la más absoluta soledad.

Y no existe nada que acartone más el alma, que endurezca más la realidad de la vida y como vivirla que la más absoluta soledad, que despertar asustado a medianoche y tener la certeza de que jamás nadie nunca sabrá de ti y tu vida si esta se acaba en ese instante, y si esa soledad es la secuestradora permanente de un niño de 12 años, su futuro solo puede ser uno: sobrevivir, sobrevivir sin piedad ni conciencia, sobrevivir por encima de todo y todos.

Por eso, cuando el viejo panzón que regentaba el colmado donde Chancho en ocasiones compraba algún alimento le habló de ganarse “una lana” extra por hacer algo sencillo y rápido aunque muy malo, Chancho solo preguntó, ¿cuánto?

Cuatro horas después, otro abandonado que había sido también niño olvidado y ahora era un veinteañero, capo de un pequeño grupito de trapicheadores de droga, le hizo a Chancho, el Ratón, su primer encargo, de otros muchos que le seguirían.

Veinte horas más tarde, Epifanio Sánchez de oficio sargento de la Policía Judicial y de vocación ambicioso, traidor y jugador a dos barajas, salía de la comisaria del Trapiche en su coche oficial, oscuro, sucio y con los cristales tintados.

El semáforo de la calle 62, en dirección a Playa Rica, se puso rojo y formó el atasco cotidiano, que no había otra que aguantar con paciencia, tragando humos con olor a petróleo mal consumido. El muchachito que estaba parado allí con una bayeta sucia y un botellín de agua jabonosa tratando de ganarse unas monedas limpiando los parabrisas de los carros, dio una pequeña carrerita, se saltó los tres primeros coches y fue directamente al vehículo de Epifanio, que, malhumorado, empezó a gesticular negando el servicio. A pesar de ello, el niño limpiador, oculto tras la enorme visera de su gorra de béisbol roja y desgastada, empezó a embarrar el cristal delante de él, con un líquido que más parecía aceite de refritos que agua de limpiar, y como el policía no conseguía disuadir al celoso buscador de propinas, que empezaba a sacarle de sus casillas, cometió el error que cambiaría su jornada de trabajo, transformando aquel día, de un día malo, a el último de su vida.

Apenas había bajado el cristal de su ventanilla un palmo y medio para increpar al muchachito, soltando una retahíla de insultos groseros junto a gotitas de saliva, cuando de entre la nada y el trapo para limpiar cristales, apareció ante sus ojos el cañón de un revólver del calibre 9mm, negro y redondo, mientras el primer tiro transitaba por dentro de su cabeza destrozándolo todo a su paso, seguido inmediatamente de otro de los de porsiacaso; el sargento corrupto aún pensaba que la próxima vez tendría que tener más paciencia con aquellos chiquillos de los semáforos, aunque, en su caso, no habría próxima vez.

Dos calles más allá y cuatro minutos después, Chancho, el Ratón, que ni siquiera había tenido que correr para abandonar el lugar del suceso, empezaba a escuchar el alboroto y los gritos, mientras delante de un escaparate se sacó la raída gorra roja, la guardó arrugada en un bolsillo trasero del pantalón, miró a aquel muchacho de pelo pajizo enmarañado y ojos tristes de color gris que estaba al otro lado del reflejo y se limpió de la cara unas gotitas de sangre salpicada por el fallecido sargento Sanchez , mientras pensaba que quizás cuatrocientos dólares y un revólver era poco pago por una pieza de ese calibre, pero al menos era más de lo que él podía sacar hurgando en su basurero durante todo un año.

Él nunca lo supo, pero Chancho se había convertido ese día en el sicario profesional más joven de Medellín, la semana siguiente cumplía, según decían algunos habitantes del “Parque ambiental Las Praderas”, 13 años.

Posdate: este breve trozo “comprimido”, sobre la historia de Chancho, el Ratón, forma parte de un relato general de ficción (Los Ángeles de Corina ) sobre niños esclavos y niños de la calle que, sin embargo, ilustra una realidad olvidada, la realidad de que en nuestro “mundo”, en nuestra sociedad existen miles de niños y niñas abandonados a su suerte a su destino, que siempre está lleno de dolor y muerte prematura.

¿Quizás un buen tema de reflexión o conversación cuando, sentados en una terraza, tomando cerveza y chequeando en el móvil destinos de fin de semana, mostremos nuestra desesperación, por no ser “auténticamente” libres?

José López es socio de infoLibre

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