En tiempos de conflicto, la neutralidad no es una opción
El 23 de febrero de 2026, diversos medios informaron de que el papa León XIV advirtió a los obispos españoles del riesgo que supone la estrategia de la extrema derecha para “instrumentalizar a la Iglesia” y captar el voto católico, especialmente mediante discursos hostiles hacia la inmigración. Según esas informaciones, el pontífice situó como prioridad la lucha contra la polarización y alertó de que ciertos sectores no dudan en acusar a obispos y organizaciones como Cáritas de “traición” cuando estos se niegan a sumarse a su retórica excluyente.
Entre ellos se encontrarían partidos como Vox o Aliança Catalana que –siguiendo los planteamientos de Trump– señalan al migrante como principal causa de nuestra inseguridad y de nuestro empobrecimiento social, llegando a afirmar que las recurrentes olas migratorias que se suceden en nuestro país forman parte de un plan oculto cuyo objetivo principal es diluir nuestra sacrosanta identidad, como si ésta fuese hermética e inmutable y como si las formas de vida de los españoles y catalanes de hoy en día fuesen equiparables a las de principios del siglo XX, cuando, por cierto, la esperanza de vida de una persona de clase obrera era la mitad que la de una persona de clase privilegiada. ¿La pobreza entonces era también un problema asociado a la migración o más bien a un sistema de reglas injusto que favorecía un reparto desigual de la riqueza?
Aún más extrema es la posición de movimientos juveniles como Núcleo Nacional, que tratan de movilizar a jóvenes y adolescentes bajo consignas como “España cristiana y no musulmana”, justificando así su proyecto segregador y discriminatorio que, lejos de ofrecer un horizonte de esperanza a nuestra sociedad, retroalimenta el odio y la rabia de una generación que no encuentra respuestas a los problemas que padece en materia de salarios, salud, vivienda, condiciones laborales o proyectos de vida que sean ilusionantes.
Esta retórica, además de agresiva, obvia realidades de sentido común como que profesar una determinada religión trasciende al hecho de que se haya nacido en un sitio u otro, como si una persona que procede de Nigeria, por ejemplo, aplicando una suerte de estereotipo viciado, tuviese que profesar el islam obligatoriamente. Adicionalmente, en el caso de la fe cristiana, este tipo de consignas invisibiliza de manera burda el mensaje explícito que se recoge precisamente en los Evangelios en relación con el trato que se debe dar a todo aquel que huye de la miseria:
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí (Mt 25:35-37)
Tomando esto en consideración, la idea que plantea el papa no parece ser una mera cuestión partidista, sino más bien un imperativo moral, dado que la hospitalidad se muestra como un eje central del mensaje evangélico. En la misma línea, referentes de la Iglesia como Agustín de Hipona insisten en que el cristiano no puede encerrarse en sí mismo, dado que lo que él denomina “caridad”, más allá de un afecto interior, es una praxis. En ese sentido, en tiempos de conflicto como los actuales, la neutralidad del que se considera cristiano frente al trato injusto que recibe la población migrante no es una opción, sino que exige una intervención concreta y no una simple simpatía pasiva. El papa León XIV, de tradición agustiniana, parece retomar esta convicción de que frente al maltrato al prójimo no existen espacios neutrales, ya que allí donde hay sufrimiento, la inacción puede convertirse en una forma de complicidad con la injusticia.
Del mismo modo, desde posiciones cristianas, se puede tomar en cuenta la idea de Agustín, cuando sostiene que la verdadera paz no es ausencia de conflicto ni cómoda neutralidad, sino esforzarse por construir un orden justo que posibilite que los que siempre quedan en los márgenes –entre los que se encontrarían todas aquellas personas que se ven forzadas a abandonar su hogar– encuentren un lugar seguro donde poder asentarse y reconstruir su proyecto de vida.
La tarea ha de ser la de aprender a caminar, construir y defender juntos una vida digna de ser vivida
Siguiendo este planteamiento, la neutralidad ante el sufrimiento migrante no es una opción legítima, porque la paz exige compromiso, no distancia. A este respecto, pienso que aquellas y aquellos que profesan o simpatizan con la fe cristiana, en un mundo tensionado por discursos que buscan simplificar lo humano en fronteras de pertenencia y exclusión, deben abrirse no sólo al que sufre, sino también hacia quienes desde otro tipo de creencias y posiciones ideológicas consideran que no podemos fundar una comunidad verdaderamente pacífica sobre los cimientos del odio.
El ideólogo anarquista Kropotkin, por ejemplo, ateo convencido, valoraba especialmente las enseñanzas de Jesús como esenciales para establecer unos principios sobre los que asentar la solidaridad humana. En esa línea, afirmaba que la verdadera revolución social no vendría de un mero cambio institucional ni de acciones violentas contra los poderosos, sino de una revolución de las mentes y de los corazones, ya que consideraba que allí donde la cooperación y la ayuda mutua dejan de ser excepciones y se convierten en norma existe la posibilidad de convivir bajo parámetros alejados de la competitividad y la acumulación individual de riquezas.
En esa convergencia de personas e ideas, creo que se gesta hoy en día una posibilidad de humanizar nuestro presente lejos de dogmatismos. Porque, en tiempos de conflicto, ni la cerrazón ni encerrarse en trincheras ideológicas son una opción. La tarea ha de ser la de aprender a caminar, construir y defender juntos una vida digna de ser vivida. Ojalá seamos lo suficientemente sensatos como para no reincidir en errores del pasado, especialmente instituciones como la eclesiástica, tradicionalmente ligada a los poderes establecidos y que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el nazismo ya había conseguido colonizar las altas instancias políticas alemanas y parecía imparable, aplicó la neutralidad diplomática.
Antes de llegar a ese punto, existe la posibilidad de evitar que partidos y movimientos con posiciones similares lleguen a alcanzar el poder. En EEUU hoy por hoy parece tarde. En Europa, y más concretamente en España, aún estamos a tiempo de tomar partido y evitar que fuerzas como el ICE patrullen nuestras calles.
No se trata de guiarnos por el miedo, sino de tener la lucidez suficiente como para ser capaces de imaginar que la salida a nuestros problemas no se encuentra en el señalamiento hacia los migrantes como chivo expiatorio, sino aplicando medidas y reglas que posibiliten un mejor reparto de la riqueza, un reparto que beneficie al conjunto de la población, especialmente a la clase trabajadora. En tiempos de conflicto, la neutralidad no es una opción.
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Miguel Martín es socio de infoLibre.