El arte de lo previsible

De todas las controversias generadas por el Debí tirar más fotos World Tour (que si la estrechez de la zona vip, que si las mozas de La Casita), me ha dado que pensar la menos publicitada. Parece que hay quien va al concierto sin saberse las canciones. Los fans, indignados. ¿Cómo se atreven? La ignorancia ha causado algún equívoco simpático: una doña se grabó vociferando una letrilla de Ozuna (otro reguetonero puertorriqueño) sobre las armonías de Bad Bunny. El tres por cuatro te aguanta lo que sea.

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La polémica, lo reconozco, no da para grandes titulares. 12 conciertos, medio millón de asistentes: la estadística obliga. Me interesan, con todo, las reacciones que los advenedizos han causado entre los simpatizantes más rigoristas. Muchas se justifican por el mero rencor: hay quien, por más que se sepa las rimas al dedillo, se ha quedado sin entrada por la voracidad de los del no me lo pierdo. En otras, sin embargo, se trasluce un posicionamiento más revelador. "Tendría que haber puesto las entradas un poco más caras en este país", decía un comentarista del otro lado del Atlántico, "para que la gente que realmente quiera ir vaya". Si obviamos la gansada económica, la consideración es interesante: el concierto —atiendan— es un evento destinado al "fan verdadero", esto es, a quienes saben de antemano lo que van a recibir.

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Reconozco que me fascina el cliché, y puede que por eso no lleve demasiado mal la ruindad descarada de una industria cultural que quiere atiborrarnos con la enésima repetición de lo mismo. Las tropecientas versiones live action de las películas animadas de Disney, las series de Netflix cortadas por el mismo patrón, los hits indistinguibles, la prosa calcada. La treta no es nueva: Adorno y Horkheimer le hicieron el traje en La dialéctica de la Ilustración, un librito sorprendentemente actual para haber sido publicado en 1944.

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Puede que un concierto de masas no sea el lugar adonde mayoritariamente se acude a descubrir algo nuevo (más, cuando la entrada cuesta lo que un Seat de segunda mano), pero me inquieta que la posibilidad quede completamente desterrada. Llevándomelo a la clásica, ambiente mucho más dado al talmudismo y la exégesis, pensaba en cuántos conciertos me habré tragado sin conocer el menú. "Sonata para violín y gaita en si menor", tóquela usted. ¿Una ópera de un compositor checoslovaco donde una mujer se transforma en balalaika? Probemos suerte. No quiero decir que el público de los teatros esté más abierto a la novedad que el de los estadios, porque les estaría mintiendo: he visto demasiados auditorios vaciarse en el entreacto y decenas de montajes mínimamente desempolvados han terminado entre abucheos y pitidos porque el regista había racaneado en el cargamento miriñaques que esperaba el respetable. Uno puede ir a la Scala a "escuchar de memoria" (la expresión se la escuché una vez a Joan Matabosch) y enfurruñarse porque la soprano no mete el mismo vibrato que la diva de tu tocadiscos. Pero manda narices que sean los ámbitos en los que huele a alcanfor donde a uno no le asalte un reportero en la cola para preguntarle si se sabe de carrerilla el segundo monólogo de Segismundo.

En tanto que los bienes culturales son bienes de consumo, resulta esperable que el "cliente" exija que se ajusten a sus estándares. La coca cola no varía de sabor y quiero que me den el refresco por el que he pagado. Pero, por comprensible que resulte esta demanda pobre y perezosa, me sorprende verla reconvertida en un galardón. "Si no te sabes las canciones, no vengas". "Soy un verdadero fan, ¡nada puede sorprenderme!". Por favor, señor, suélteme el brazo.

De todas las controversias generadas por el Debí tirar más fotos World Tour (que si la estrechez de la zona vip, que si las mozas de La Casita), me ha dado que pensar la menos publicitada. Parece que hay quien va al concierto sin saberse las canciones. Los fans, indignados. ¿Cómo se atreven? La ignorancia ha causado algún equívoco simpático: una doña se grabó vociferando una letrilla de Ozuna (otro reguetonero puertorriqueño) sobre las armonías de Bad Bunny. El tres por cuatro te aguanta lo que sea.

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