El crítico fan
No me lo negarán: pocas cosas tan seductoras como un gran evento. El "yo estuve allí", muesquita en el revólver, marchamo en el pasaporte de la aristocracia sociocultural. El galardón, conste, lo dan en todos los gremios: la tarde en que se retiró Morante, el día que Los Javis triunfaron en Francia o la noche en que Kaufmann biseó en Viena; usted escoja.
También, en cualquiera de los 27 conciertos históricos que lleva Rosalía esta temporada. Aunque su música no me interese, sigo sus progresos con verdadera devoción. Si no fuera tan maravillosa, me digo, no tendríamos una crónica de cada estornudo. Recuerdo los titulares. "Deslumbra", "resucita", "apabulla"; "El público entró en trance", "sus fans levitan". Créanme: con lo complicadísimo que es encontrar hueco en las páginas de Cultura, tiene mérito lograr que los grandes diarios te envíen corresponsales cada noche a ver si varías una corchea.
No me atreveré a cuestionar la pertinencia informativa del asunto (lo ignoro todo en esa materia), pero me interesa en el estilo de los textos resultantes. Crónicas inflamadas, relatos sobreactuados y excelentes ejemplos de esa termita que devora a la prensa cultural: el emotivismo. Menciono la gira de Lux por paradigmática, pero de ejemplos vamos sobrados. El otro día, los guasones de El Mundo Today resumían concisamente el estado de la cuestión: "Un avión lleno de críticos de cine aterriza en Cannes y el piloto recibe dos horas de aplausos". Con Bad Bunny a punto de aterrizar, tiéntese las ropas.
Entiendo la fascinación. En un oficio cada vez más irrelevante, y en muchas ocasiones tedioso, ¿quién no querría participar de los grandes acontecimientos de su tiempo? Ya que el jornal no da para pagar facturas, al menos que nos componga una biografía envidiable. Tiene lógica: en vez de tragarme la enésima novelucha de la subsección "realismo mágico", comprenderán que prefiera las pruebas de imprenta del próximo Ulises. Dicho así, no hay quien ponga un pero. Ir, ver y contar, labor periodística de manual. La cosa, sin embargo, se tuerce cuando a uno ya no le envían (o no va) a juzgar tal artefacto cultural, sino a participar en ese sucedáneo de lo religioso y lo turístico que llamamos "experiencia", denominador común de todos los productos de la industria cultural y sustituto de lo que hasta hace nada conocíamos como "obra de arte".
Clavadito en la memoria: "Oscar para Joaquin Phoenix, Joaquin Phoenix es Dios". Entre los oropeles y las lisonjas de un festival veneciano, ¿quién no se dejaría anonadar por el entusiasmo? ¡Pues los críticos, que para eso se les paga! Lo contrario sabemos a qué conduce: a ser incorporados en los mecanismos promocionales de una industria a la que no le interesan espectadores cualificados y autónomos, sino prescriptores embelesados indistinguibles de un influencer. Un sujeto que "reaccione" a las películas, a los conciertos o a los libros con el mismo desparpajo que un youtuber: con grandes exclamaciones y consignas inflamadas destinadas a excitar la pulsión consumista de su parroquia en cualquiera de sus formas.
Puede que sea un agorero, pero sospecho que todos esos artículos que titulan sobre la serie del año, la película de la semana, lo descomunal, devastador, inmenso, soberbio que está tal o cual artista en su último bolo no hacen más que clavetear el bien sellado ataúd de la prensa cultural y de la independencia crítica. Mire adonde mire, solo veo anuncios.
Verán, uno de los argumentos que suelen usarse para detectar el conflicto de intereses es el de la direccionalidad. Si sobre tal fulano solo puedes escribir a favor (por amiguismo) o a la contra (por rencores), entonces es mejor que no escribas en ninguno de los sentidos. Propongo añadir una nueva clausula a este procedimiento: si tras asistir a un evento regresas con el culo hecho pesicola, mejor aléjate del teclado.