Sincretismo y pájaros: Omar Castillo Alfaro y la permeabilidad cultural en la Conquista de América

Las águilas, al entrar en la cuarentena, se arrancan el pico y se despluman. En ello insiste la leyenda popular, por más que sea mentira. La historieta, bien mirada, tiene su hermosura: librándose de las viejas costras y de las uñas recrecidas, la rapaz descansa hasta que todo lo perdido aflore nuevamente. Luego, alzando el vuelo, goza de una segunda juventud.

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Quienes acudan en la galería Picnic de Madrid para visitar Amantecas podrán creer que se internan en ese recoveco fabuloso donde las aves van a expurgarse. En su interior, siete bustos de pájaro resueltos en piedra penden del techo y las paredes. Sus picos, ensartados o enhebrados, rematan cadenas armadas con eslabones puntiagudos de perfil caligráfico. El suelo está cubierto de arena y la luz es azul.

En este ambiente pretendidamente onírico (la intención escenográfica es evidente) se desarrolla esta exposición de Omar Castillo Alfaro (México, 1991). La muestra se asienta sobre la mezcolanza de tradiciones estéticas y culturales del país de origen del artista, una hibridación que esta propuesta reivindica sin disimulos. "Si esa permeabilidad no existió", se pregunta el comisario Gabriel Pons Olives en el texto introductorio, "¿por qué Luis Meléndez introdujo la cerámica Tonalá en sus magníficos bodegones? ¿No impresionó al pontífice Clemente VII la mitra obrada en plumas que trajo un fraile dominico desde los talleres amantecas? ¿No escribió fray Bartolomé de las Casas […] que el arte plumario 'parece sin duda exceder todo ingenio humano'?".

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Lógicamente, ni la exposición ni las obras pueden establecer una genealogía mínimamente completa de estas idas y venidas marcadas por el sincretismo, la inculturación, la violencia colonial y la innegable fascinación que debieron sentir los europeos por las artes que hallaron del otro lado del Atlántico; pero sí logra, mediante las muchas capacidades técnicas de Castillo Alfaro, proponer una discusión discreta sobre las implicaciones de esa "permeabilidad" que el artista rastrea en su propio árbol familiar, compuesto por artesanos de la arcilla, la cera, las plumas y la cantería.

El resultado es una experiencia estética que sucede en varios compases. El primero produce un cierto desasosiego. El visitante entra en una sala cianótica (hay filtros que cubren las ventanas y las lámparas), llena de bultos colgantes de garfios filosos. El suelo, enarenado, cede blandamente bajo los pies. El segundo es de una tímida fascinación. En la piedra, pulida a veces, desbastada otras, se entrevén las intimidades del mineral (alabastro, esteatita y obsidiana); el perfil de los aceros —a cuya fiereza nos hemos habituado— empieza a revelar sus dibujos. Para este momento, con el ojo ya aclimatado, el espectador repara en dos pequeños cuadritos fabricados con plumas. Uno de ellos, que dibuja el perfil de un personaje de manga (cada época tiene sus referentes), gravita sobre un gran lienzo dieciochesco que representa —a su vez— a un personaje emplumado. No es Quetzalcoatl, sino Sealtiel, un arcángel del montón que sujeta, en una de sus manos, un escudo en cuyo blasón adivinamos un látigo y unas cadenas. La inclusión es inteligentísima: de un lado, cierra y aterriza el discurso que vertebra la exposición con un ejemplo concreto (facta, non verba); de otro, añade el único elemento no fabricado por las manos del artista, que sirve de contrapunto temporal, material y autoral en la lógica de la muestra.

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Amantecas es una muestra sencilla pero hábilmente planteada, que nos ofrece un puñado de piezas plásticamente interesantes dentro de unas coordenadas discursivas estimulantes. Termina con un giro inesperado: al salir de la galería, con el ojo atiborrado de azul, el mundo le resulta a uno groseramente anaranjado. En pocas ocasiones se topa uno con una escenografía eficaz.

Las águilas, al entrar en la cuarentena, se arrancan el pico y se despluman. En ello insiste la leyenda popular, por más que sea mentira. La historieta, bien mirada, tiene su hermosura: librándose de las viejas costras y de las uñas recrecidas, la rapaz descansa hasta que todo lo perdido aflore nuevamente. Luego, alzando el vuelo, goza de una segunda juventud.

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