La idea más interesante de Marty Supreme está en su banda sonora. El compositor Daniel Lopatin recurre a sintetizadores junto a varios éxitos del pop new wave de los años 80, como Alphaville y Tears for Fears. Y es interesante por lo anacrónico: la película protagonizada por Timothée Chalamet se ambienta en los EEUU de los años 50, con los ecos inmediatos de la Segunda Guerra Mundial. Esa música proyecta las andanzas de Chalamet hacia un futuro que es ahora mismo nuestro pasado pero que aún así, de alguna manera, sigue sonando a futuro.
El new wave se hizo fuerte en la electrónica paralelamente a las piezas bailables y climáticas de Giorgio Moroder o Wendy Carlos, tan obviamente influyentes en Lopatin. Con un lecho musical así, tan afín al neón y la ciencia ficción, a la década de los 80 no le quedaba otra que sonar futurista, mucho más de lo que jamás iba a sonar cualquier música posterior. Marty Supreme es consciente de ello, por eso su música se alinea tan bien con el optimismo del protagonista, con su aplomo a la hora de perseguir sus sueños. El problema es que una cosa es el sonido y otra la fuente. Durante la mayor parte de los años 80, EEUU tuvo de presidente al republicano Ronald Reagan.
En 1984 se ambientaba Vineland, novela de Thomas Pynchon que inspira Una batalla tras otra. Lo nuevo de Paul Thomas Anderson —que compite con Marty Supreme por el Oscar a Mejor película a entregarse este 15 de marzo— cambia sin embargo la época de la historia. Ya no se ambienta en 1984, con la reelección de Reagan, sino en la actualidad. Anderson sostiene que seguimos viviendo en esa época tan cosméticamente futurista porque el futuro se ha quedado congelado ahí. “Cancelado”, diría Berardi. Seguimos viviendo en 1984; solo hemos cambiado a Reagan por Donald Trump con la correspondiente intensificación de las crisis. Así que toca preguntarse por qué diantres el protagonista de Marty Supreme miraría nuestro presente con optimismo.
De los sueños de trenes a la distopía
Hay otra película nominada al Oscar principal que complementa la narrativa histórica de Marty Supreme y Una batalla tras otra, aunque ha pasado algo desapercibida por su pequeñez y, quizá, por llegar del catálogo de Netflix. Sueños de trenes cuenta la triste historia de un leñador, interpretado por Joel Edgerton, que al vivir entre mediados del siglo XIX y mediados del XX puede asistir tanto a la industrialización del Salvaje Oeste como a la iniciática prosperidad de EEUU. Sueños de trenes termina donde empieza Marty Supreme, y el futuro de Marty Supreme es inmediatamente respondido por Una batalla tras otra. Es una trilogía perfectamente orgánica.
Perfectamente neurótica, también. Sueños de trenes, con su tibia invocación a Terrence Malick, habla de la ingenuidad de una nación y de sus primeras grietas; no obstante, es serenidad lo que quiere transmitir en sus últimos minutos, cuando el protagonista cree que al fin “se siente conectado a todo” coincidiendo con el esplendor de los EEUU post-Segunda Guerra Mundial. Su actitud es no obstante muy distinta a la del personaje de Chalamet, tan cómodo dentro de sus frenéticas proyecciones hacia el futuro que traerá la hegemonía neoliberal. Y, con ella, el declive de EEUU. El declive que retrata Una batalla tras otra y casi todas las películas con las que compite.
Hoy el declive estadounidense es categórico por cuanto, al margen de cuestiones económicas y disensiones internas, cada día registra una nueva traición a los ideales democráticos que guiaron la nación, y una nueva muestra del desinterés de Trump por maquillarla. No es que la política exterior de EEUU haya cambiado demasiado de un tiempo a esta parte: simplemente se ha hecho menos hipócrita. Y esto es letal para el cine. La que ha sido históricamente su mejor estrategia de poder blando necesita ampararse en una imagen de integridad y universalismo civilizado.
Solo así Hollywood ha llegado donde está. Solo de esta forma sus denuncias pueden ser “nuestras denuncias, sus placeres nuestros placeres, sus fobias nuestras fobias, sus risas también las nuestras”, escribía Pablo Caldera en su ensayo Dime otra vez cómo muere tu imperio. “El imperialismo cultural aniquila la excepcionalidad de los contextos sociales y homogeniza la experiencia humana”. Pero, si la situación del país ya no puede respaldar la seducción de este imperialismo, todo se desmorona. O, por lo menos, conduce a una carrera al Oscar como esta última.
Los Oscar suelen celebrar la prosperidad de Hollywood. Es decir, la prosperidad estadounidense. Normalmente lo han hecho al margen de la taquilla y partiendo de una producción exclusivamente autóctona, pero eso ha cambiado con los años. Como sus películas hacen menos dinero —como el año pasado, de hecho, fue una película de animación china como Ne Zha 2 la más taquillera del mercado internacional—, nos topamos en esta carrera con el reconocimiento de F1: La película. Un simulacro de blockbuster (un anuncio de coches muy largo, en realidad), que aspira al Oscar a Mejor película sin otro motivo, asumimos, que el haber hecho mucho dinero.
Y la producción ya no es exclusivamente autóctona. Desde Parásitos los Oscar leen subtítulos, que es lo mismo que decir que la Academia no cree que pueda ser relevante sin mirar fuera de sus márgenes. En los últimos años siempre se cuelan dos producciones de habla no inglesa entre las nominadas al premio gordo: hoy son El agente secreto, brasileña, y Valor sentimental, noruega. Hollywood ya no se fía de sí mismo. Por eso hace las películas que hace.
¿Dónde quedó la revolución?
La también nominada Frankenstein podría ser otra muestra de esta falta de confianza. La adaptación de un clásico anglosajón más grande que la vida, el sueño apasionado de un cineasta antaño audaz como Guillermo del Toro… todo transformado en contenido paliducho de plataformas, con toda posible grandeza desactivada en pos de una fotografía asentada en la estética Netflix y un monstruo que quiere ser guapo y vulnerable antes que inquietante o equívoco. Pero la clave, sin duda, está en Una batalla tras otra. No en vano es la favorita indiscutible, la que va a ganar el Oscar.
Y Una batalla tras otra quiere ser esperanzadora, qué duda cabe. Hollywood cree que Paul Thomas Anderson le representa por fin —tras una larga carrera donde ha acostumbrado a ignorarle— y la razón es ni más ni menos que este film asegura que hay una salida. Los términos en que los plantea, sin embargo, son típicamente estadounidenses, y por eso mismo insuficientes. “No hay enmienda posible al sueño americano si no somos capaces de concebir que exista un afuera de EEUU”, escribía Guillermo Martínez Valdunquillo en esta reveladora reseña de Marty Supreme.
Pues hay otro elemento que conecta el film de Joshua Safdie con Una batalla tras otra, y este es que la promesa de redención radica en… cambiar de generación. El narcisista personaje de Chalamet pone en suspenso sus sueños frente a un hijo recién nacido, del mismo modo que Leonardo DiCaprio aprende a creer que, gracias a su hija, la revolución vivirá. Y esto es tan sintomático como la cantidad de chistes que hace Una batalla tras otra sobre la organización de los revolucionarios (este “75 francés” que debe su nombre a un cóctel), hasta el punto de que cada vez que alguien grita la palabra “revolución” (y son muchas) se perciba algo similar a la sorna.
Una batalla tras otra no cree tanto en la revolución como en la posibilidad de que nuestros hijos lo hagan mejor que nosotros. Lo que viene a ser aceptar una derrota presente, alentar la cualidad depresiva de toda esta cosecha cinematográfica. La revolución han de hacerla otros porque nosotros la hemos perdido. Porque somos DiCaprio, un fumeta patético incapaz de interiorizar los protocolos de nuestra vieja organización. Y esta identificación ilustra tanto la impotencia ante lo que está sucediendo, como la reiterada incapacidad de confiar en quienes nos rodean ahora.
No viene a ser más que el individualismo estadounidense a la enésima potencia, hoy esmerándose con Trump en quedar aislado geopolíticamente —America first—, y desactivando el potencial de la película más esperanzadora de las nominadas. Tal es el panorama, si bien hay algunos ángulos menos deprimentes. Incluso en estos Oscar tan mediocres y predecibles.
Lanthimos ha tratado en Bugonia, con la excusa conspiranoica, los extremos a los que conduce el aislamiento entre experiencias humanas. Y no hay que olvidar a Los pecadores como película más nominada de la historia de los Oscar: un apasionante pastiche de géneros guiado por una voluntad puramente dialéctica en la intersección de raza, cultura y capital. De Los pecadores siempre recordaremos esa secuencia donde músicos del pasado, el presente y el futuro se reúnen para hacer lo que aman. Algo que, por una vez en Hollywood, parece indisoluble de la fuerza colectiva.
La idea más interesante de Marty Supreme está en su banda sonora. El compositor Daniel Lopatin recurre a sintetizadores junto a varios éxitos del pop new wave de los años 80, como Alphaville y Tears for Fears. Y es interesante por lo anacrónico: la película protagonizada por Timothée Chalamet se ambienta en los EEUU de los años 50, con los ecos inmediatos de la Segunda Guerra Mundial. Esa música proyecta las andanzas de Chalamet hacia un futuro que es ahora mismo nuestro pasado pero que aún así, de alguna manera, sigue sonando a futuro.