Es una anomalía en los tiempos que corren, pero todavía hay películas que, ajenas a las grandes campañas de marketing, encuentran su forma de supervivencia en el boca a boca. Pequeños milagros que se instalan en la conversación pública a pesar de no contar con una potente distribución comercial y que encuentran su hueco entre los espectadores porque rebosan verdad, generan debate y nos ponen como sociedad ante el espejo. Cintas que marcan sus propios tiempos con cada valiosa conquista y que se mantienen en los cines en una carrera de fondo a la que no le importan tanto las cifras de taquilla como las conciencias removidas.
Todo eso lo lleva dentro La invasión de los bárbaros, producción valenciana que aborda la memoria histórica con una mirada directa, realista y cruda, sin concesiones, ni artificios, pero sí con honestidad y compromiso. Así, haciendo ruido pase a pase, acaba de llegar a la cartelera madrileña después de su estreno (en versión original) el pasado noviembre en salas del País Valenciano y Cataluña, donde acumula más de 40.000 espectadores (a los que hay que sumar los que la han visto en centros culturales, institutos o auditorios públicos).
"Esta película motiva a la gente a hablar y contar sus experiencias, por eso las salas, a las que agradezco que hagan el esfuerzo de intentar colocarla una vez que han visto que funciona, la están manteniendo", apunta a infoLibre su director, Vicent Monsonís. Aunque añade: "Todavía hay mucha gente que no se ha enterado de su existencia porque nos falta promoción. Como siempre digo, la película es un estreno para la persona que la ve por primera vez, así que hay todavía muchos estrenos pendientes por hacer de La invasión de los bárbaros".
Monsonís explica: "Todas las distribuidoras nos dijeron que no iba a gustar al público por ser una temática que se había tocado mucho, que la gente estaba cansada de ver películas sobre memoria histórica, sobre la guerra. Nos dijeron que las películas polémicas no gustan. Cuando conseguimos estrenarla nos dimos cuenta de que ocurría exactamente lo contrario. Es cierto que hay muchas películas que han tocado el tema, pero de una manera tangencial. La nuestra trata la memoria histórica de manera directa, cruda, descarnada, absolutamente abierta, sin complejos. Por eso, se ha convertido en un fenómeno, porque todo el mundo se siente interpelado por ella. Y lo curioso es que no solamente los que están a favor de la memoria, sino también los que están en contra, notan que esta película les habla. Además, está de plena vigencia porque trata el tema desde un punto de vista actual".
La trama de este film —adaptación de la obra teatral del mismo título estrenada en 2020 por Chema Cardeña— nos sitúa en Valencia en 1939. Allí conocemos a Esperanza, conservadora de arte y responsable (además de miliciana republicana) de las obras del Museo del Prado trasladadas a la ciudad durante la guerra para protegerlas de los bombardeos fascistas. Acabada la guerra, es detenida e interrogada por un teniente franquista sobre un cuadro de la colección de la pinacoteca que no aparece: La invasión de los bárbaros. Ochenta años después, Aurora intenta obtener permiso para abrir una fosa del franquismo, pero tropieza con la oposición de un alcalde conservador que no quiere abrir viejas heridas.
Es por eso que la historia que vemos en la pantalla indigna y conmueve a la vez. Porque "las heridas abiertas entonces siguen abiertas hoy en día", destaca Monsonís, que ha contado con la ayuda de integrantes de colectivos memorialistas durante todo el proceso: "Ellos se sienten muy identificados con lo que cuenta la película porque estas entrevistas con alcaldes que les niegan la posibilidad de recuperar los restos son reales. Lo alucinante es que mucha de esta gente podría reclamar no solamente la reparación por sus familiares asesinados impunemente, sino también una reparación económica y patrimonial, porque a muchos de ellos no solamente les mataron al abuelo, sino que les robaron la casa, las tierras, los negocios. Pero no están en eso. Ellos ya hicieron el esfuerzo de reconciliarse y, al menos, aspiran a recuperar la memoria y la dignidad, para que su familiar asesinado no sea visto como un delincuente solo por haber defendido a la República".
"¿Cómo puede ser que hoy en día haya gobiernos que todavía estén negando a las víctimas de la represión y de la guerra esa reparación?", se pregunta el director, antes de responderse a sí mismo recalcando que es debido a que "el fascismo sigue vivo, no murió con Franco, sino que se adaptó y tuteló el cambio de estructura del Estado, y ha estado tutelándolo desde la sombra hasta que ha empezado a escaparse por las costuras". Precisamente por eso, la película es un "acto de resistencia antifascista".
¿Cómo puede ser que hoy en día haya gobiernos que todavía estén negando a las víctimas de la represión y de la guerra esa reparación?
De hecho, cuando en algún coloquio alguien comenta que esta es una película "de buenos y malos", Monsonís responde que en realidad es no ya de progresistas y conservadores, sino "de demócratas y fascistas". "Porque dentro de la democracia cabemos las derechas y las izquierdas, cabe el debate y votar para ver qué quiere la mayoría, pero lo que no cabe es el fascismo. Por eso, esta es una película que habla de democracia y de fascismo, que se posiciona abiertamente en contra de esa deriva autoritaria e intenta que la gente se dé cuenta de que no es una opción ni ahora ni nunca", destaca.
Su llegada a los cines después de cinco años de trabajo no puede ser más oportuna, pues se ha estrenado en un momento de auge de la ultraderecha, otorgándole a su mensaje aún más fuerza si cabe. Así lo ve Monsonís al conceder que las circunstancias han hecho que la película se vea como un "símbolo de resistencia y lucha antifascista". "Estoy súper orgulloso de que sea así, ya que la cultura no puede ser neutral", remarca, y añade que ese boca a boca que está llevando tan lejos a esta cinta ha llegado también al sistema educativo, donde sin duda puede tener un recorrido kilométrico.
"Muchos profesores de secundaria veían la película y nos decían 'esto lo tienen que ver mis alumnos' porque, según ellos, en dos horas les estábamos ahorrando dos semanas de clases. Por eso, a través de las salas de cine comercial en Valencia, en Castellón, en Alicante y en más sitios hemos organizado matinales porque nos interesa que los estudiantes vean nuestra película como lo que es, una obra grande y profesional, no llevarla para pasarla en un proyector con un DVD. Queremos también que se den cuenta de que nosotros podemos y debemos hacer cine al mismo nivel que se hace en Europa, en América y en todas partes, y demostrar que nuestra cultura y que nuestra historia tiene la suficiente entidad para verse en pantalla grande", explica. Desde su estreno, más de 5.000 los estudiantes han podido ver La invasión de los bárbaros solo en la Comunidad Valenciana.
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Esta es otra vía que el equipo de la película quiere transitar en el resto del Estado, para lo cual incluso ha elaborado un cuaderno didáctico con los contenidos de la cinta, gracias también a la financiación conseguida del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática dentro de los actos y proyectos por los cincuenta años de democracia en España tras la muerte de Franco. "Pensamos que la película ayuda a mostrar el tema de la memoria, tanto en el presente como en el pasado, así como el de la represión franquista desde un punto de vista distinto a lo que se ha visto hasta ahora", apunta.
La película tiene otro objetivo importante que el director destaca: "Ser un homenaje a la generación de mis abuelos, la que luchó por la República y luego tuvo que sobrevivir durante la dictadura". Porque, mientras la obra teatral se centra en el expolio del patrimonio histórico, Monsonís vio la oportunidad de llevar a la gran pantalla un "fresco sobre la represión" que siguió al fin oficial de la guerra.
"Me recordó a todas aquellas historias que me habían contado mis abuelos cuando era pequeño sobre el hambre y el miedo que pasaron, cómo su dinero de la noche a la mañana dejó de valer, cómo no podían confiar en los vecinos porque igual eran denunciantes, cómo hablar en valenciano en público les podía llevar a la cárcel", subraya. "Pensando sobre todo en mi abuela, quería homenajear con la película a esa generación de la que ella formaba parte, la que luchó por la democracia y creyó en la República. Creo que eso es lo que más valora la gente cuando la ve, ese intento de explicar las circunstancias que tuvo que vivir aquella generación en la inmediata posguerra, en qué se convirtió su vida a partir de los hechos cotidianos marcados por el miedo, la represión sanguinaria y la impunidad con que los vencedores hicieron y deshicieron", remata.
Es una anomalía en los tiempos que corren, pero todavía hay películas que, ajenas a las grandes campañas de marketing, encuentran su forma de supervivencia en el boca a boca. Pequeños milagros que se instalan en la conversación pública a pesar de no contar con una potente distribución comercial y que encuentran su hueco entre los espectadores porque rebosan verdad, generan debate y nos ponen como sociedad ante el espejo. Cintas que marcan sus propios tiempos con cada valiosa conquista y que se mantienen en los cines en una carrera de fondo a la que no le importan tanto las cifras de taquilla como las conciencias removidas.