‘Cazafantasmas: Imperio helado’ o la agonía de una saga empeñada en volver a unos 80 que ya nos dan igual

Un fotograma de 'Cazafantasmas.Imperio helado'.

Originalmente la palabra “nostalgia” combina “regreso” y “dolor” en griego clásico, y conviene hacer hincapié en esto por muy perezoso que sea tirar de etimologías. La nostalgia tiene poco de alegre o disfrutable, pues ante todo se articula como un lamento que rechaza el presente mientras el dolor es capaz de enrocarse y convertirse en otra cosa, en algo parecido a la rabia.

La rabia necesaria, por ejemplo, para gritar “me habéis destruido la infancia” cuando se estrenó un film de Cazafantasmas protagonizado por mujeres en 2016. Pero el dolor también puede ser provechoso. Hacer ver las cosas desde otra perspectiva, y articular un comentario que relea nuestra relación con ese mismo pasado. No es la estrategia estrella del Hollywood nostálgico en que vivimos, pero ha pasado alguna vez.

La primera Jurassic World y los puntos más interesantes de la última trilogía de Star Wars iban por ahí. Para la industria es más rentable que la nostalgia sea divertida y confortable —por eso acostumbra a anclarse en la década de los 80, acaso la época más alegremente frívola del cine popular—, aunque de vez en cuando se le haya escapado algún arrebato lúcido que matice la codicia para poner distancia e intelectualizarlo un poco todo. Es preferible al acrítico escaparate de IPs, desde luego, pero hete aquí que Cazafantasmas: Más allá llegó en 2021 apostando por la solemnidad sin emitir ningún pensamiento. La solemnidad por la solemnidad. Simplemente se había resignado a ser un velatorio.

Y tenía su gracia, más allá del elemento fantasmal que viene de serie. Partía de dos películas —obviamente había omitido de su continuidad la de Kristen Wiig— recordadas por ser graciosas y tontacas, todo un monumento a la vacuidad ochentera, y aún así se hablaba del legado de Cazafantasmas como lo más serio del mundo.

Un ejemplo perfecto de cómo una memoria inmadura magnifica lo que quedó atrás, así como la constatación de que Cazafantasmas era un fetiche sobrecargado de significados: todos los 80 cabían en ella, así que podía convertirse orgánicamente en Stranger Things mientras presentaba a una “nueva generación” y ajustaba cuentas con la anterior. Lo de siempre, vaya, pero un poco peor.

Ivan Reitman, director original de las películas de los 80, murió al poco de estrenarse Cazafantasmas: Más allá. Puesto que fue su hijo Jason quien dirigió esta última, y la había concebido como un homenaje —vía CGI de ultratumba— a Harold Ramis, era inevitable tenerle miedo a Cazafantasmas: Imperio helado.

Cuál no sería el grado de languidez emocional, la inflación de afectos en torno a películas cuyo guion fue escrito originalmente bajo el impulso de Saturday Night Live. Sin embargo Ivan Reitman no dirige Cazafantasmas: Imperio helado. Se limita a coescribir con Gil Kenan, que sí que dirige. Y la película es considerablemente menos pesada con la matraca ochentera de lo esperado.

El mismo Gil Kenan, en Más allá, tenía un bagaje que ya había lidiado con la sombra de Los Goonies en su film Monster House: de esta intuición para reunir chavales frente al misterio había nacido de hecho el único hallazgo de Más allá, como era la carismática adolescente de McKenna Grace.

Imperio helado tenía la oportunidad de volver sobre Phoebe Spengler y su familia para articular una aventura ligera, sin necesidad de checkpoints iconográficos ni emitir más guiños cómplices de la cuenta. Los Cazafantasmas viejos ya pertenecían incluso a esta familia gracias al embarazoso tercer acto de Más allá, así que Imperio helado acaso podía limitarse a ser una secuela, y no un evento boomer para vender camisetas. Por fin.

¿Se limita Imperio helado a ser eso, una secuela pequeñita con nuevas amenazas y conflictos? Tal parece ser su intención: persisten ingredientes para alargar la liturgia —caso de la incomprensible recuperación de Annie Potts y William Atherton, o de la pesadez de los muñecos de malvavisco—, pero el centro lo ocupan los vínculos entre los personajes de Más allá junto a Dan Aykroyd y compañía. Por seguir perfilando una historiografía nostálgica de Hollywood, se parece bastante a lo que vimos en Jurassic World: Dominion al hilo de la generación de Chris Pratt confraternizando con la de Sam Neill.

En ese sentido McKenna Grace sigue brillando como rostro atemporal donde confluyen décadas de cultura pop regurgitada, y la pareja que forman Carrie Coon y Paul Rudd es muy simpática. Pero ahí acaba todo. Los dramas carecen de entidad, y los personajes son demasiados como para que el terrible guion de Kenan y Reitman disimule que existe otra conexión entre ellos fuera del encaje de bolillos corporativo.

Es tremendo lo de Finn Wolfhard regresando como embajador de Stranger Things: se supone que es hermano e hijo de los protagonistas pero se pasa toda la película vagando desorientado, sin apenas dar cuenta de tener relación con nadie, y condenado a lidiar con aquel fantasma verde —¿Moquete, se llamaba?— que generaciones previas han obligado a percibir como “icónico”.

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El rostro de Wolfhard —confuso, obligado a seguir moviéndose sin saber por qué— comunica estupendamente la moribunda inercia con la que se ha diseñado Cazafantasmas: Imperio helado. La película lleva la geografía Amblin de Más allá al Nueva York que normalmente le hemos atribuido a la franquicia, y en el esfuerzo no se perciben grandes disonancias porque los signos del trasvase son totalmente irrelevantes.

La gran manzana se cubre de hielo, un improbable campeón que controla el fuego (Kumail Nanjiani perdidísimo) es el único que puede combatirlo , y da igual que sean escenarios relativamente novedosos para la marca: todo da igual, porque todo es plano y soso y aburrido.

Y además tiene un timing cómico infame. Como si el arrebato de solemnidad de la anterior hubiera destruido cualquier capacidad de pasárselo bien, como si luego de la ouija de Harold Ramis se hubieran quedado sin espíritus pero nadie hubiera querido guardar el tablero. Al final, sin ser excesivamente nostálgica, Cazafantasmas: Más allá demuestra el gran problema de la nostalgia pop de nuestro tiempo: que, por debajo de ella, solo existe el vacío. 

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