‘Las corrientes’, el fascinante estudio de una conciencia que se desacopla del ritmo de la vida

Las voces más benévolas con esa posmodernidad que sigue marcando nuestras sociedades aseguran que, nos guste o no, esta solo es una consecuencia lógica de la modernidad. Una intensificación, en realidad, de algunos elementos básicos de la misma, suficientes para considerar lo que vino luego como poco más que una fase. Saldremos de aquí, nos dicen. Es solo lo que toca. Pero claro, llevamos tanto tiempo atrapados en el laberinto posmoderno como para considerarlo una aberración histórica, forzándonos a aceptar alternativas de desigual convicción a partir de ahí. 

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Sean los nuevos fascismos, sea el tímido metamodernismo que empieza a latir en ciertos rincones, es fácil aceptar la teoría de que lo posmoderno solo sea un estadio avanzado de lo moderno si acudimos a las vanguardias, hace justo un siglo, y recordamos que el buque insignia del modernismo literario fue el “monólogo interno”, también llamado “corriente de conciencia”. La corriente de conciencia fue la herramienta preferida de James Joyce o Virginia Woolf para, rompiendo con cualquier ortodoxia, acercarse a una verdad profunda en sus personajes. A través de ella se introdujeron en su cerebro, emularon el ritmo y velocidad de los pensamientos, y deformaron todo lo que había fuera de ellos en una exaltación subjetiva tan prometedora como, finalmente, peligrosa.

Porque, cuanto mejor conocíamos esas cabezas, más borroso era lo que les rodeaba. Más deforme, confuso, posmoderno. Más alejado, en fin, del registro de algo trascendente que armonizara tantas perspectivas distintas. Woolf afrontó directamente las consecuencias en su novela Al Faro a través de las tribulaciones de la señora Ramsay. “Tenía una clara percepción de que ahí estaba la vida y era algo que no compartía ni con sus hijos ni con su marido. Ella estaba a un lado, la vida al otro, y a veces parlamentaban (...) Podía haber grandes escenas de reconciliación, pero tenía que admitir que lo que llamaba vida era terrible, hostil, y se abalanzaba sobre ti si le dabas oportunidad”.

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La corriente de conciencia bien podría habernos alejado de las corrientes de la vida. Así que Woolf, sin dejar de lado esta valiosa herramienta, intentó que su voz literaria acogiera volumen acuático. Por eso escribió una novela titulada Las olas a continuación, con un uso del monólogo interno aún más radical. Y luego, en una triste ironía, sucumbió a las propias aguas, arrojándose al río Ouse de Sussex. Las corrientes de Milagros Mumenthaler recuerda lo suficiente a Woolf —afortunadamente, disculpando así la frivolidad— como para que los ecos vayan mucho más allá de que su protagonista se tire igualmente a un río en los primeros minutos del film. 

A la senda de Virginia Woolf

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En Las corrientes también hay un faro, por ejemplo. Es un faro que, en los minutos más bellos de la película de Mumenthaler, ilumina la ciudad ante los ojos de la protagonista, Lina (Isabel Aimé González-Sola), y su hija. La luz del faro incide sobre el espacio urbano mientras suena la sinfonía de Los planetas de Gustav Holst y las imágenes, completamente identificadas con la mirada de Lina hasta ahora, hacen una tentativa por acercarse a otros sujetos, otras vidas. Bien podría haber una salvación en ello pero es una tentativa efímera, como tantas otras que hace la protagonista durante el film para superar su malestar. “Intento no sentirme tan efímera, como imagino que intenta todo el mundo”, le ha explicado poco antes Lina a su psicólogo. 

¿Por qué Lina se siente efímera? ¿Por qué, tras ganar un premio por sus logros profesionales en Ginebra, ha querido saltar de un puente, sobreviviendo por poco a este intento de suicidio? Debería haber, desde luego, mucho de rechazo a la hipocresía de estos entornos, a la necesidad de convertir lo social en una pantomima engañosa, pero lo interesante verdaderamente es que, antes del salto, Lina se ha topado en un escaparate con una obra que le sugestiona mucho: un tapiz que muestra a tres ancianas tejiendo, los hilos confundiéndose en los contornos de sus cuerpos. La mirada de Lina se ha visto seducida por la contundente expresión visual de lo que, a fin de cuentas, persigue su existencia: un diseño armonioso, perfecto, matemático. Lina es estilista de moda. El premio que le han dado es por ser una gran diseñadora en su campo.

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En sintonía a esto, en alguna escena posterior veremos cómo Lina llena su despacho de ingenios mecánicos, manivelas y aparatitos que construye metódicamente y con los que se siente agredida en el momento que alguien (su marido, por ejemplo) los toca sin permiso. Parece claro, entonces, que Lina es una obsesa del andamiaje. Ansía organizar los materiales en formas reconocibles y funcionales. Su obsesión es la de la señora Ramsay por ejercer de casamentera, o la de la señora Dalloway teniendo que ocuparse ella misma de comprar las flores, y son obsesiones que de repente afrontan un fracaso mortal. Tan sencillo como pararse a observar el agua de un río. El desorden de las olas, las corrientes que fluyen ajenas a todo lo que ella quiera o pueda hacer. Así que esta era la vida. Podemos intuirlo porque no la estamos viviendo, sino que la tenemos enfrente.

Mumenthaler describe, entonces, un desajuste con la realidad. Su heroína se ha sentido tan violentada por el agua porque debe haber dejado de seguirle el ritmo, y por eso su primera reacción tras el intento de suicidio es una suerte de alergia a la misma (provocando, a su vez y en una rima visual muy lograda, que su cabello sucio y encrespado persiga una cualidad semejante). La argentina, en el marco de un proyecto artístico inequívocamente woolfiano —sus dos primeras películas, La idea de un lago y Abrir puertas y ventanas, ubicaban sus conciencias en recuerdos juveniles de casas inolvidables, como aquella que no dejaba de centrar Al Faro—, vuelve a acercarse en Las corrientes al fallo moderno por antonomasia: el desacoplamiento del yo con respecto a la vida. Qué sale de ahí, en cuanto al aislamiento y la depresión, es algo que todos conocemos bien.

Seguir la corriente

La mayor virtud de Mumenthaler como cineasta es que, teniendo muy claro sus intereses estéticos, trata de cubrirlos acorde a unas sensibilidades oportunamente modernistas: antes que lo referencial —los relatos previos que se hayan acercado canónicamente a estas tensiones— prefiere lo sensorial, que la cámara se haga una con los progresos de la protagonista e intente seguir, al compás de sus éxitos y fracasos, el verdadero ritmo de las aguas. Se articulen estas como un río, como una ducha o como una lluvia pertinaz. Es lo que necesita la atormentada Lina, es lo que busca la directora, y las cimas de Las corrientes se cifran en todas las veces que atinan a coincidir.

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Que son muchas, felizmente. A Mumenthaler le hace algo de daño que, aun contando con el mismo fotógrafo que en La idea de un lagoGabriel Sandru—, la factura de Las corrientes sea mucho más rutinaria que la de su película previa. Tampoco terminan de funcionar esas alucinaciones que se cortan abruptamente —estableciendo algo así como una horizontalidad expositiva que contradice los propósitos de la obra— y unas concesiones al psicologismo más obvio, cuando Mumenthaler se acaba viendo en la necesidad de “justificar” la deriva de su heroína con traumas maternos. Apuntan a ser inercias de nuestra coyuntura, pasajes manchados de presente que emborronan la, por lo demás, admirable autonomía de Mumenthaler, su compromiso con una modernidad rediviva.

En este regreso providencial a formas de expresión que todavía siguen cargadas de futuro, Mumenthaler conecta la corriente de conciencia con otras estrategias de inicios del siglo pasado como la escritura automática —volcada en una intuición que no hace prisioneros—, y blinda su tercer largometraje contra reproches y explicaciones simples. Conduciéndolo todo como si tal cosa a un plano final inolvidable, mientras nos fuerza a dejar de ver la vida como algo que tenemos delante de nosotros, o con lo que hay que negociar. Revelándola, simplemente, como algo que hay que aprender a nadar.

Las voces más benévolas con esa posmodernidad que sigue marcando nuestras sociedades aseguran que, nos guste o no, esta solo es una consecuencia lógica de la modernidad. Una intensificación, en realidad, de algunos elementos básicos de la misma, suficientes para considerar lo que vino luego como poco más que una fase. Saldremos de aquí, nos dicen. Es solo lo que toca. Pero claro, llevamos tanto tiempo atrapados en el laberinto posmoderno como para considerarlo una aberración histórica, forzándonos a aceptar alternativas de desigual convicción a partir de ahí. 

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