En las inmediaciones del tercer acto de Letras robadas asistimos a un anticlímax ciertamente frustrante. Ocurre al poco de que Rick Power (Paul Rudd) haya decidido viajar a Los Ángeles para pedirle explicaciones a Danny Wilson (Nick Jonas) por la canción que ha impulsado su carrera musical. How to write a song es el título del hit y resulta que ambos lo compusieron juntos tiempo atrás, durante la memorable noche en la que se conocieron y forjaron algo parecido a una amistad. Pero Wilson no acreditó a Power. Le “robó” la canción, y esta traición ha devastado a Power. La escena a la que nos referimos, el anticlímax susodicho, alude a la reconciliación final de ambos.
Danny Wilson admite en uno de sus conciertos que How to write a song no es únicamente suya, para que acto seguido aparezca Power en el escenario y ambos interpreten el tema. Es una escena preciosa, definitivamente catártica… que sin embargo es falsa. Solo es un sueño que Power tiene en el vuelo Dublín-Los Ángeles. Su reencuentro real con Wilson será mucho más difícil, y las conclusiones se alejarán de lo que esperaba. O, desde luego, de lo que podía esperar un seguidor de John Carney. El anticlímax parece contradecir los intereses de este cineasta irlandés, aquellos que ha paseado durante varias comedias musicales desde hace 20 años, cuando estrenó Once.
El protagonista de aquella película, Glen Hansard, es el líder de la popular banda dublinesa The Frames. Y justamente Carney fue el bajista de una de sus formaciones previas, durante los años 90. Así que la música deviene central en su filmografía, y no solo la música sino el hecho de componerla y tocarla, pues Carney ha deducido que las relaciones humanas entabladas a la medida de estos verbos han de ser de lo más emotivas. Por supuesto, tiene toda la razón. Desde Once, y ayudado de una serie de canciones originales a cual más exquisita —normalmente compuestas por él en compañía de Gary Clark—, Carney ha construido una obra de eficacia demoledora.
Y lo ha hecho proclamando una y otra vez el poder de la música para construir vínculos. Dos músicos callejeros en Once, cantautora y productor en Begin Again, adolescentes marginados en Sing Street, una madre y un hijo en la oportunamente titulada Flora y su hijo Max… las relaciones siempre fluyen al compás de una expresión determinada de la feel good movie (de un cine cuidadosamente cursi y empeñado en hacerte sentir bien) que Carney ha aprendido a manejar a la perfección como director, guionista y propiamente músico. Por eso es tan disruptiva, y a tanto volumen, Letras robadas. En los primeros minutos, incluso, el personaje de Jonas le regala a Rudd una guitarra, tal y como Flora hacía con su hijo en el film anterior de Carney.
Esta guitarra es un regalo posterior a la larga secuencia en la que Power y Wilson, intercambiando alcohol y porros, se funden en una jam session mostrándose sus canciones, tocándolas y haciendo sugerencias sobre la marcha. Forjando una amistad, en resumen, con tal espontaneidad y camaradería como para remitir a los mejores momentos de la filmografía de Carney, y producir velozmente esa emoción que con tanto denuedo busca como cineasta (¿como artista pop?).
El poder de la música
El problema, claro, es que los minutos más logrados de Letras robadas preceden la traición, y a la película no le queda otra que hacer suya la angustia del personaje de Rudd, su desengaño y cómo este va mutando en rabia y desazón. Porque Power es un músico frustrado que toca versiones en bodas. Así es de hecho como ha conocido a Wilson, en el crepúsculo de su vida.
How to write a song no ha sido solo, para él, la traición de alguien a quien consideraba un espíritu afín. También es un giro que a Power —justo el tipo de personaje, perdedor y entrañable, que Rudd ha nacido para interpretar— le lleva a reexaminar su vida, comparando el triunfo de Wilson con sus fracasos vitales así como las decisiones que un día tomó y le alejaron de ser la estrella de rock que acaso estaba destinado a ser. Esta aceptación del fracaso es retratada al detalle en los minutos iniciales que presentan a Power junto a su banda actual, unos viejos rockeros cuyos años de optimismo creativo han quedado bien atrás, transmutados en inagotables covers de las canciones más trilladas del mundo. Power tiene razones de peso para odiar a Wilson, en definitiva.
Entonces, ¿qué nos dice todo esto del momento vital de Carney como narrador? ¿Acaso ha descubierto, con el paso del tiempo, que sobrevaloró la capacidad de la música para unir destinos? ¿Que la música, al estar mediada por lógicas mercantiles, a veces no es suficiente para paliar el egoísmo humano? Sin duda algo huele a viejo en el corazón de Letras robadas, y no cabe la menor duda de que Carney se identifica con el personaje de Paul Rudd. Letras robadas bien puede ser la película que haría un músico fracasado, como cuando Damien Chazelle dirigió Whiplash una vez se había dado por vencido en el conservatorio. Pero hay una diferencia sustancial.
Y es que Carney es alérgico a la amargura. Por lo menos, es alguien que quiere mantenerse alejado en lo posible del cinismo, bien porque no va en su carácter, bien porque es consciente de que la eficacia de sus propuestas radica en esquivarlo y decantarse siempre por la ruta más luminosa. Letras robadas se acerca a ella en una escena que, sin embargo y para nuestra consternación, es un pasaje onírico, así que ha de dar un rodeo más para ello. Buscar la luz con un recorrido alternativo, aceptando que el paso del tiempo puede matizar el optimismo, y que todo cueste un poquitín más.
Es algo que le viene estupendamente a Letras robadas. Porque, mientras que Flora y su hijo Max evidenciaba cierto agotamiento de la fórmula, la nueva película de Carney no da nada por supuesto y se pregunta si la música (y, con ella, la amistad y el amor) puede resistir a los egoísmos que promulga la industria cultural, que el guion de Carney asocia a Wilson. Un personaje triste y trágico, en absoluto malvado de forma monolítica —por suerte el cineasta no cae en esa tentación— frente al que inevitablemente se reivindica el modo de vida de Power, y la forma de entender la música que ha ido madurando a lo largo de sus años de adultas desventuras.
La música, entonces, sigue siendo capaz de modular relaciones. Que luego todo salga como salga no le quita la honestidad, el vértigo de la comunicación recién descubierta, a esa absorbente jam session de Paul Rudd y Nick Jonas. Y, sobre todo, no evita que Power haya formado su familia gracias a ella: una mujer y una hija por quienes decidió tomarse con más calma su carrera. Este tipo de apuntes argumentales centran Letras robadas, añadiendo a la ecuación la pregunta de si la trascendencia de la música se mide por el dinero o la cantidad de gente que escucha. La respuesta de Carney, naturalmente, es la más ingenua posible.
John Carney se hace mayor
De esta forma, su última película coge cuerpo en una llamada al conformismo ciertamente anticlimática (volvemos a las frustraciones que entraña la relación de los dos protagonistas), para al mismo tiempo beneficiarse de todo lo inspirador y cotidiano que tenga dicho conformismo. Para tratarse de una trama considerablemente más elaborada que las obras previas de Carney, es admirable la ligereza que el cineasta logra conjurar. Hay una sensación de ingravidez, de plácida aceptación de cualquier eventualidad, que se traduce incluso en elementos tan llamativos como que How to write a song ni siquiera sea el tema más memorable de la banda sonora original del film, en favor de algunos de los versos sueltos que improvisa Rudd con la guitarra.
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Mientras que el motor de Carney sigue rindiendo estupendamente y todo fluye al ritmo de canciones proverbialmente estimulantes —sin librarse, por otro lado, de algún artificio dramático demasiado estridente o de una realización ciertamente descuidada cuando no hay instrumentos de por medio—, Letras robadas nos permite conocer a Carney en lo que debe ser su fase otoñal.
Una fase tardía más interesada en una humildad existencial que, al atender a la música y su recepción antes que a su elaboración, recuerda a los logros de otra fabuloso melodrama reciente como era Song Sung Blue. Si ahí eran Hugh Jackman y Kate Hudson quienes, con su imitación de Neil Diamond, defendían que el poder de la música nada tiene que ver con la firma sino con la comunicación, aquí Rudd ha de entender algo similar, y conectarlo con una noción del éxito que le haga reafirmarse en estar viviendo la mejor vida posible, junto a su familia y sus amigos.
De tal forma que con su serenidad, al tiempo que con sus ligeros desvíos, Letras robadas se antoja un raro caso de obra formulaica que, sin embargo, cobija un avance expresivo. Carney, sin dejar de ser fiel a sí mismo, ha sabido renovar el calor que ya había fraguado de sobra en nuestros corazones con estas películas tan pequeñas y tan bonitas, hoy un paso más cerca de dar con la verdadera esencia de la música. Una búsqueda que desde luego es bien complicada, pero que sin duda nunca podremos completar solos.
En las inmediaciones del tercer acto de Letras robadas asistimos a un anticlímax ciertamente frustrante. Ocurre al poco de que Rick Power (Paul Rudd) haya decidido viajar a Los Ángeles para pedirle explicaciones a Danny Wilson (Nick Jonas) por la canción que ha impulsado su carrera musical. How to write a song es el título del hit y resulta que ambos lo compusieron juntos tiempo atrás, durante la memorable noche en la que se conocieron y forjaron algo parecido a una amistad. Pero Wilson no acreditó a Power. Le “robó” la canción, y esta traición ha devastado a Power. La escena a la que nos referimos, el anticlímax susodicho, alude a la reconciliación final de ambos.