Música

La guitarra, la última frontera de las mujeres flamencas

Las tocaoras Marta Robles (i) y Antonia Jiménez (d).

Antonia Jiménez (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1972) estaba sola. En clase, entre las decenas de niños que aprendían a rasguear la guitarra, ella era la única niña que lo hacía. Y siguió siendo la especial, la distinta, la minoría en un mundo, el del flamenco, que permite que la mujer cante y baile —no siempre fue así— pero no que toque. Cuando Marta Robles (Sevilla, 1976) fue alejándose de la guitarra clásica para adentrarse en la flamenca se encontró con la misma soledad. ¿Dónde estaban las mujeres? Fernando González-Caballos, periodista especializado en flamenco, las puso en contacto. Que tenían que tocar juntas. Fue hace tres años. Desde entonces, estas dos pioneras de la guitarra flamenca se juntan en el escenario con el espectáculo Dos tocaoras, que llega a Madrid el 26 de junio dentro del festival Flamenco Diverso, el primero con un enfoque de género y LGTBQI dentro de este mundillo.  

Y siguen siendo —casi— las únicas, por mucho que Robles haya encontrado su tribu en el grupo Las migas o el último espectáculo de Sol Picó y que a Jiménez se le abran las puertas de todos los tablaos. Esta última nombra a Laura González y a Elena San Román. Hablan de la noruega Bettina Flater y de otras compañeras que, "de Pirineos para arriba", parecen tener menos obstáculos para acercarse al género. Hace un siglo que la guitarrista Adela Cubas, "la mujer que más genuinamente representa el espíritu popular de España" según dijo la periodista Carmen de Burgos, arrancaba aplausos en los cafés cantante. Pero la cosa no ha mejorado mucho. Se las sigue contando con los dedos de las mano. Y, si Jiménez es más optimista —"Sé que hay niñas que empiezan ahora y que serán muy grandes"—, Robles lo sigue viendo negro: "Cuando dicen que hay mujeres guitarristas, ¿qué se refieren, que ha habido tres, diez...? Estamos hablando de que hombres hay miles". Las cuerdas de la guitarra son todavía el último (¿el penúltimo?) muro de la mujer flamenca. 

La niña que fue Antonia no lo sentía así. "Lo único que tenía era una necesidad de aprender a tocar, lo tomé como un juego y estaba hambrienta de guitarra", explica. En su familia no había músicos, y más tarde les costaría aceptar su entrada en un mundo lleno de incertidumbre y asociado a la noche y a la juega. Pero esa es otra historia. Mientras, la pequeña Marta veía tocar a su tío, profesor en el conservatorio de Chiclana, y ni pensó por un segundo que aquel instrumento estuviera vedado para ella. Pero ambas crecieron. Habla Jiménez: "Cuando eres pequeña hasta eres graciosa, y luego ya dejas de serlo. A veces no hacen falta ni comentarios. Es la sensación de juicio y de prejuicio. Te hacen pensar que estás fuera de lugar, y eso lo he sentido más tarde y durante mucho tiempo". Tras 25 años de carrera, dice, está en un lugar más cómodo. "En el mundo en el que yo me muevo", objeta Robles, "la gente está súper abierta". 

Una tradición opresora

Las mujeres cantaoras tuvieron que luchar para salir de casa y cobrar por su arte. La Argentina logró con su éxito que se viera a las bailaoras también como empresarias, y Carmen Amaya se atrevió a taconear como los hombres. ¿Qué sucede para que las tocaoras no hayan roto aún con una tradición opresora? "Pues, sinceramente, no tengo ni idea", confiesa Marta Robles. "Una de las cosas que separan a la mujer del mundo del arte en general, no solamente de la guitarra, es que ella carga con la familia y los niños. Me imagino que muchas carreras se ven truncadas por eso. Pero es verdad que en el cante y el baile no pasa tanto...". Están las cantaoras Estrella Morente, Rocío Márquez y la joven Rosalía Vila, están Ana la Turronera, Lole Montoya o Carmen Linares. Y las bailaoras Eva Yerbabuena o Rocío Molina.

"Yo creo que está relacionado con el poder", aventura Antonia Jiménez, "porque la figura del guitarrista es una figura de poder. Es el pegamento entre el bailaor y el cantaor, que tiene que hacer la cama para que ellos dos brillen". Y es quien lidera el grupo, aunque pueda parecer, advierte, que lo hace el cantaor. Además, "como buenas flamencas", son guitarristas compositoras. Parte de los flamencólogos comparten la misma teoría: que a la mujer se le quitó la guitarra cuando los guitarristas empezaron a ser también mánager. Demasiado para un mundo "muy machista" —Rocío Márquez dixit—... aunque quizás no mucho más que el resto. "La mujer como instrumentista no se ve mucho tampoco en jazz ni en rock", advierte la tocaora. Solo el 15% de los artistas de los principales festivales de pop y rock españoles son mujeres, según un estudio de Ticketea, y muchas de ellas son vocalistas. Pero es cierto, señala Jiménez, que el flamenco tiene una relación particular con la tradición: "Hay que beber de ella. Pero claro, la parte que a mí me niega crecer...". 

Su presencia doble en el escenario es un toque de atención al mundo del flamenco. "Por el camino que he tomado y vivido yo, entiendo que no haya más guitarristas flamencas. Tienes que tener una gran fuerza interior y mucha personalidad", dice Jiménez. No valen ya las excusas esgrimidas durante décadas. La principal, desechada aquella que decía que las mujeres no tienen la misma capacidad de aprendizaje, es que las mujeres no tienen fuerza. La tocaora se ríe: "No tengo que levantar 50 kilos, es una cosa más suave y sutil". Robles cruza los dedos por que "alguna tocaora buenísima haga un pedazo de disco y haya gente que empiece a seguirla", para que empiece a haber referentes. Y sueña con que en las mismas escuelas de flamenco "animen a las niñas a coger la guitarra". Quizás alguna vaya a verlas el 26 y se la pida a sus padres. 

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