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Historia

Así era el infierno de las mujeres trans bajo la ley del terror de Billy el Niño

Deborah, una de las mujeres trans cuyo testimonio se recoge en 'Ser tú misma era un delito'. 

Quizás haya oído alguna vez que en Andalucía la Baja, con tó su arte y su grasia, ha sido sencillo ser lo que toda la vida se ha llamado "una mariquita", maquillada y peinada alegremente y sin complejos, y vivir la diferencia con sencillez y con salero. Quizás le hayan contado que esto es porque en el sur existe una especie de tolerancia popular hacia la diversidad, fundada en el puro carácter espontáneo y la capacidad de adaptación del andaluz. Pues cuidado, porque los tópicos engañan para lo bueno y para lo malo.

Como suele ocurrir, la realidad profunda sólo se aprecia en detalle. Y eso, acercarse al detalle, es lo que ha hecho Juan-Ramón Barbancho, doctor en Historia del Arte, crítico y comisario independiente, en su libro Ser tú misma era un delito (Liebres muertas), escrito a cuatro manos con su colaborador Alfonso Baya. "Siempre ha existido eso de la mariquita andaluza, denostada de día pero buscada de noche, aceptada y hasta bien vista con sus traje de flamenca en El Rocío o en la Feria de Sevilla, luego despreciada. Esa mariquita a la que en la dictadura contrataban y llamaban para amenizar las fiestas en los cortijos y los saraos de los señoritos. Porque era algo muy gracioso, aunque después de las fiestas se llevaran las palizas de siempre", explica Barbancho. La aparente normalidad con la que se aceptaba a la mariquita en según qué contextos ocultaba una discriminación persistente y profunda.

Barbancho sabe de lo que habla. En Ser tú misma era un delito ha recopilado, centrándose en Andalucía, más de una decena de testimonios directos de transexuales y homosexuales que experimentaron en sus carnes la represión y el castigo por su condición sexual. Los ingredientes más frecuentes de las distintas narraciones son insultos –toda la vida oyendo "maricón", "marica"–, detenciones, cárceles, palizas, violaciones, desprecio familiar, marginación laboral, exilio, ansiedades, depresiones... También identidades camufladas en el mundo de la revista y el cabaret. Y en muchas ocasiones vidas marcadas a fuego por el autodesprecio inculcado por las instituciones del nacionalcatolicismo.

 

No hay que olvidar que, con las leyes franquistas, el "homosexualismo" no era únicamente una conducta penada, no era algo que el régimen reprimía cuando se ejercía, sino que era una condición perseguida. Se perseguía la propia naturaleza, no los actos cometidos. De ahí el título: Ser tú misma era delito.

El resultado del ejercicio de Barbancho y Baya estremece al desvelar la increíble brutalidad ejercida por el franquismo, como sistema político pero también como sociedad, e ilumina por la fuerza de los relatos y las anécdotas. Es recurrente la denuncia de la hipocresía, más bien del cinismo, con que la sociedad trata al "invertido", en insultante término franquista. "A algunas mariquitas que iban a El Rocío se lo permitían, pero a mí me perseguían. En esto siempre ha habido en Sevilla una doble moral. Como hacer la vista gorda con el afeminado que servía para divertir en las fiestas. Como en la cárcel de Huelva, donde el día de la patrona les daban pelucas y maquillaje para que hicieran espectáculos que servían para reírse de ellos. Había algunos supervivientes que le hacían el juego al sistema. También, quizá, porque había que sobrevivir de alguna manera", cuenta Manolo, homosexual, de larga trayectoria en movimientos reivindicativos. Esta militancia podía llevarte a las cárceles de Huelva o de Badajoz. Pero no hacía falta tanto. Una ademán afeminado, un poco de diversión con pluma. Y aparecía la policía.

Así lo vivió Candela, nacida en 1941 en Alcalá del Río (Sevilla). Con 20 años fue detenida por primera vez. Poco después le cayó una bofetada gratuita de un guardia civil que le hizo sangrar por la boca y la nariz. "En el fondo", afirma, "muchos de esos guardias y policías eran unos reprimidos, porque yo me tiré en esos años a muchos de esos militares y secretas de los que luego nos encarcelaban", explica. Como muchas otras transexuales andaluzas de su época, se marchó a Barcelona, donde se respiraba un poco de aire de libertad. Al menos socialmente. "Después de la cárcel, en el año de exilio forzoso, era un buen destino. Porque era la ciudad más cosmopolita de España. Hasta tal punto fue así que en la contracultura de Barcelona, que es un movimiento anterior y políticamente más interesante que la movida madrileña, se puede decir que la mariquita andaluza fue una figura de importancia", cuenta Barbancho, autor del libro.

Al "pabellón de invertidos" de La Modelo

Socialmente Barcelona era más abierta, pero policialmente el marcaje era tan exhaustivo como en el resto de España. Candela acabó presa en La Modelo, en el llamado "pabellón de invertidos", sólo por ser lo que era. El paso por la cárcel, que acarreaba una mancha en el certificado de penales, sumado a las dificultades por la imagen anticonvencional, cerraban todas las puertas laborales a las mujeres trans, a menudo abocadas a la prostitución. "O se dedicaban a la prostitución, o al espectáculo, o a las dos cosas. La sociedad no daba más opción", cuenta Barbancho. Las personas que recorren las páginas del libro son supervivientes. Como Candela, que llegó a vender su sangre a 400 pesetas el medio litro

La detención era un peaje obligado para cualquier homosexual o transexual. Mal panorama se encontraron quienes vivieron los tiempos de Billy el Niño, el siniestro policía franquista persistentemente acusado de torturas, convertido hoy en emblema de la impunidad de la dictadura y la prescripción de sus crímenes. El libro, que se nutre fundamentalmente de testimonios vinculados a Sevilla, da cuenta del terror que provocaban las andanzas de Antono González Pacheco, su nombre real, en la que con sorna se llamaba "fábrica de tortas" instalada en los sótanos de la comisaría de la Gavidia.

Tony, homosexual nacido en 1949, que estuvo en la cárcel de Sevilla dos meses y en la de Huelva otros dos, hace memoria de un día de 1974. "Nos reunimos en la Encarnación con otros amigos [...]. No estábamos haciendo nada raro, ni mariconeando ni nada", recuerda. Pero los detuvieron y los llevaron a la Gavidia, donde agentes de policía los intentaron obligar a firmar una declaración de culpabilidad del asesinato de un ciudadano inglés. Al negarse, Tony cayó en manos de Billy el Niño, que tenía una auténtica obsesión por/contra homosexuales y transexuales. Tony se llevó una paliza. El famoso torturador le puso una pistola en la nuca y le dijo: "Maricón de mierda, te vamos a matar". La sombra del temido policía aparece en el recuerdo de las peores experiencias de numerosos represaliados de la época. Billy el Niño dejó huella.

Del Día de la Victoria al vedetismo

Deborah, de 1938, tiene una existencia verdaderamente azarosa y apasionante. Nacida biológicamente como hombre en una familia de militares de Sevilla, su certeza desde la infancia de ser algo distinto no la apartó del destino de las armas. "Yo desfilé el Día de la Victoria por el Paseo de la Castellana con un mortero, delante del Generalísimo... Y luego me metió presa", cuenta. Tras aparecer ya públicamente como mujer llegó a ser figura del espectáculo, con más facilidad para trabajar en compañías de vedettes fuera que dentro de España. También hubo de pasar el trance de las detenciones. "La comisaría de la Gavidia era el lugar más temido de Sevilla", cuenta. "Se practicaban todo tipo de torturas y vejaciones". Una vez un agente le dijo: "Tu madre tenía que haberse muerto cuando te trajo al mundo".

Pseoudoleyes y pseudociencias

Deborah cree que los policías que pegaban palizas lo hacían "esperando un ascenso". Ése era el clima social: la brutalidad se premiaba. De hecho, la homofobia estaba consagrada por las leyes: primero Vagos y Maleantes, luego Peligrosidad Social. Más grave aún: el "homosexualismo" y el "travestismo" estaban censurados por la moral nacionalcatólica reinante. Había además un pequeño pelotón de pseudocientíficos que validaban la marginación con teorías que, vistas desde hoy, moverían a la risa si no hubieran causado tanto espanto, como aquellas que vinculaban la homosexualidad con la holgazanería o incluso con el comunismo.

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La Iglesia cumplió por su parte una doble función: primero, orientando a gays y transexuales hacia los sentimientos autoinculpatorios y las terapias sanadoras; la segunda, aún peor, con la delación de las inclinaciones sexuales consideradas aberrantes. Como recuerda Barbancho en el libro, ni siquiera la Ley de Amnistía resarció a homosexulaes y transexuales.

Con 14 años, Soraya, transexual trianera del 51, ya había sido detenida 14 veces, cuenta en el libro. Para el régimen era una rareza, un joven que se vestía de mujer. Como muchas otras, se embarcó en el mundo del espectáculo. En su relato aparece una observación ya conocida. "Hay una especie de doble rasero o un hacer la vista gorda con esos mariquitas que se visten de flamenca y alegran la vida de los señoritos", cuenta. Cuando llegaba la Semana Santa, eso sí, la "quitaban de la calle", para que nadie la viera. Que nada enturbie la imagen de la Sevilla oficial.

Lo que han aguantado estas mujeres, de insultos y de desprecios, lo saben sólo ellas. "Después de morir Franco ya no me dijeron nada. Iba de mujer y no me pasaba nada. Pero lo que pasé y lo que pasaron mis padres fue mucho. Yo soy creyente y si hay Dios los tiene que castigar, porque lo que hicieron no fue humano. Que los castigue dándoles un hijo así como yo", dice. Ahora –explica Barbancho en el libro– Soraya se indigna cuando va por la calle y se cruza con homosexuales jóvenes que la miran raro. Alguna vez se ha vuelto a decirles que si pueden ir cogidos de la mano es porque mujeres como ella sufrieron para allanar el camino. La memoria de la lucha y del sufrimiento suele perderse. Por eso existen esos días anuales de reivindicación, que al menos sirven para iluminar un espacio oscuro una vez cada 365 días. Como este lunes, que es el Día Internacional por la Despatologización Trans, lo que recuerda que la propia administración pública continúa tratando en ocasiones a los transexuales como enfermos. Queda camino.

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