Teatro

Juan Mayorga: "El fatalismo me parece reaccionario"

El dramaturgo madrileño Juan Mayorga.

El cartógrafo, la nueva escrita y dirigida por Juan Mayorga, reflexiona sobre la memoria y la construcción de la historia en el marco del gueto de Varsovia. Si los primeros términos tocan ciertas teclas en la sociedad española, que no ha tenido aún una investigación política ni judicial sobre los crímenes del franquismo y que ve la Ley de Memoria Histórica desprovista de fondos desde 2013. Pero la historia de resistencia en mitad de ese infierno levantado por los nazis durante la II Guerra Mundial que sería la penúltima parada de casi 400.000 judíos se ve subrayada en unos días especialmente oscuros. El miércoles, cuando el dramaturgo presentaba su pieza, protagonizada por Blanca Portillo y José Luis García Pérez (hasta el 26 de febrero en las Naves del Español de Madrid), el presidente de los Estados Unidos Donald Trump firmaba la orden ejecutiva para construir el muro de separación con México. Había anunciado también que suspendería la concesión de visados a siete países de mayoría musulmana. 

En su obra Himmelweg. Camino del cielo (2003), Mayorga miraba también a la Shoah para contar la historia de un cooperante que llega a un campo de concentración tratando de comprobar si allí se dan tratos inhumanos... mientras los nazis obligan a los judíos a escenificar un paraíso de orden y felicidad. "Habla de un hombre que se parece a casi toda la gente que conozco; tiene una sincera voluntad de ayudar a los demás, [pero] no es lo bastante fuerte para desconfiar de lo que le dicen y muestran", escribía entonces. Esa afirmación puede ser hoy la descripción de unos ciudadanos tan asustados como desconcertados. Frente a una realidad poco halagüeña, el dramaturgo invita a desconfiar del fatalismo y a no ceder "ni un milímetro". 

PREGUNTA. Teniendo en cuenta que El cartógrafo es una reflexión sobre la memoria, ¿qué efecto tiene sobre la obra el hecho de desplazarla al gueto de Varsovia? ¿Por qué no situarla en España?El cartógrafo

RESPUESTA. Es una buena pregunta, ¿podría haberse llevado la acción a un espacio de sacrificio de nuestra propia historia? Sin duda. Tengo una obra, El jardín quemado, que habla sobre nuestra Guerra Civil y aparece precisamente el conflicto entre la necesidad de recordar, el ansia de olvidar y la dificultad de mirar el pasado. Es decir, no tengo ninguna resistencia hacia llevar al escenario la historia de España, que también está cargada de sombras y de luces. Ocurre que esta procede de una experiencia personal en ese espacio especialmente cargado que es el del gueto. En la medida en que la obra habla del pasado colectivo, pero también del personal, hay espectadores que llevan la obra a su propia biografía o su propia comunidad.

P. Hay cuestiones sobre la memoria que parecen estar más claras cuando se habla sobre el Holocausto y el nazismo, como la necesidad de recordarlo. ¿Tiene que ver con que allí quienes contaron la historia, los vencedores, fueron los Aliados?

R. La memoria está dividida y no debemos aspirar a lo que podríamos llamar una narrativa común. Es normal que el pasado sea un pasado de conflicto entre discursos y narraciones. Lo que es anormal es la elusión, el desconocimiento del pasado, el olvido ignorante. Creo que hay realmente mucha memoria sobre el Holocausto, que se ha hecho un enorme trabajo en torno a él, pero no se ha extendido un discurso que pueda crear problemas a los que lo sostienen.

P. ¿En qué sentido?

R. Lo que quiero decir es que el discurso que se impone sobre el Holocausto describe lo sucedido como una acción perversa hecha por unos malvados. Se presenta como si fuera un acontecimiento excepcional y no hay una reflexión extendida en torno a la lógica sacrifical en la que ese acontecimiento se produjo, ni sobre la pervivencia de esa lógica más allá de los alemanes en la II Guerra Mundial. Es decir, en qué medida Auschwitz es coherente con una determinada lógica en alguna medida vigente. Pensar las cosas así puede ser perturbador, así como puede serlo plantearse la extensión de la responsabilidad y no localizarla solo en los, por supuesto, absolutamente injustificables y perversos verdugos, sino también, por utilizar la expresión de Primo Levi, en “los personajes de la zona gris”.

P. ¿Quiénes estarían en esta zona gris?

R. Mirar a la zona gris nos puede acabar llevando a mirar a toda Europa. Una Europa que consintió, fue indiferente, cómplice o no lo suficientemente valiente para evitar aquel crimen premeditado y masivo. No debemos sentirnos satisfechos con el discurso dominante en torno al Holocausto. En lo que se refiere a España, hay muchísimo que hacer. Porque lo que domina son dos formas de dictadura del presente sobre el pasado. Una es el olvido, la ignorancia, el no ha existido, no ha pasado. Y otra es la utilización: se recuerda, pero para reforzar posiciones de coyuntura presente. En este sentido, muy pocos han sido capaces de mirar el pasado y atender a la interpelación que el pasado nos hace. Hay gente que atiende a unos crímenes y no a otros, que se escandaliza ante determinados fenómenos e ignora otros. Y eso, junto al olvido de muchos, es perverso.

P. El cartógrafo y la niña hacen un intento de conservar una parte de la realidad que va a desaparecer. Estamos en un tiempo en el que la verdad está en disputa hasta el punto de hablar de "posverdad" o "hechos alternativos". Trump ha eliminado de la web de la Casa Blanca las referencias a colectivos LGTB y al cambio climático. ¿Cómo batallar por la verdad hoy?

P. Volviendo a El cartógrafo, ¿al fin y al cabo qué es un mapa? Un mapa es una construcción artificiosa para dar visibilidad a algo. Tengo una pequeña pieza dentro de Teatro para minutos que se llama"581 mapas" en la que, por ejemplo, se especula con un mapa sobre dónde viven los jueces en la ciudad de Madrid y dónde viven los que son incriminados. Y quizás comparar ambos mapas le puede llevar a uno a preguntarse si no será que gente que vive en unos barrios juzga a gente que vive en otros.

El abuelo y la nieta, en esta obra, se están planteando, en una situación de verdadera urgencia, qué es aquello que debe ser recordado, qué es aquello que debe ser salvado para la memoria. Y claro que eso está vinculado a la cuestión de este mundo contemporáneo en el que estamos atravesados de relatos, en el que cada uno de nosotros somos en cierta medida una ficción. Es verdad que la exclusión del castellano de la web de la Casa Blanca tiene una importancia no solo simbólica, sino inmediata, porque de algún modo invisibiliza a buena parte de la gente que vive en ese país y que ese señor dice querer restaurar. Utiliza el lema de "Volver a hacer a América grande", pero, ¿qué América? Una América que ha sido pequeña y mezquina para millones de personas. Es una operación nostálgica para restaurar una América blanca, supremacista, centrada en el varón y en determinados valores políticos y religiosos.

Se trata, efectivamente, de elegir excluyendo. En esa pelea estamos, en esa pelea en la que cada uno de nosotros está llamado a ser cartógrafo, a, entre tantos datos, elegir aquello que merece ser puesto a la vista. Hay una frase que dice el cartógrafo: “Si quieres ponerlo todo, nadie verá nada”. Cada uno está hoy, quizás más que nunca, llamado a esa misión: mirar, estar atentos, elegir, y representar, compartir con otros. Este es un conflicto moral y político al que todos estamos convocados.

P. ¿Cree que estos mapas pequeños, subterráneos, como el que se realiza en El cartógrafo, tienen alguna posibilidad de combatir el mapa oficial?El cartógrafo

P. Creo que no hay acción sin efecto. Alguien se puede burlar ante la pretensión de, con el arte, y particularmente con el teatro, cambiar el mundo. En todo caso, hay que hacerlo como si fuera posible. Cada acto que hacemos, hay que hacerlo como si todo el mundo estuviese en juego. Es verdad que frente a los mapas hegemónicos —que se presentan como mapas esplendorosos, cuentan con la mejor tecnología posible y parecen mapas de vanguardia, cuando a veces los medios de vanguardia pueden estar al servicio de intereses retrógrados— ofrecidos por los grandes medios de comunicación y la gran industria cultural, los pequeños mapas parecen operaciones condenadas al fracaso, destinadas a convertirse en dialectos de escasa posibilidad de pervivencia en el océano del discurso único que es el discurso del capital. Pero ocurre que en cada acto humano se puede hacer una buena pregunta y llamar la atención sobre algo. Yo no soy fatalista, y adherirse al fatalismo me parece en cierta medida reaccionario. Precisamente hay un argumento nuclear en el del discurso reaccionario que es el de: “No tienes ninguna oportunidad”. La resistencia empieza por ahí, por decir: “No”.

Cantes históricos

Cantes históricos

P. En la obra señala que los muros que rodean y encierran el gueto no son tan altos como para que nadie de fuera pueda ver lo que está pasando. La escritora Angelika Schrobsdorff señala en Tú no eres como otras madres que las primeras leyes antisemitas del Gobierno nazi no escandalizaron a los propios judíos. ¿Cómo se puede saber hoy, mirando por encima de ese muro, que es el momento de saltarlo y hacer algo?Tú no eres como otras madres

No hay que ceder. Desde el primer momento. Hoy hay gente que está pendiente de la letra pequeña, de los Boletines Oficiales del Estado, de los editoriales de los grandes medios, y está reaccionando inmediatamente. Esa gente está desarrollando un trabajo ejemplar que ha de ser imitado. De algún modo, lo que sucedió fue porque distintas gentes fueron cediendo. El trabajo comienza por no hacerlo ni un milímetro, aunque probablemente uno vaya a ser derrotado. Hay un momento del texto, que en realidad es una cita a [Walter] Benjamin, en el que dice el cartógrafo, señalando a su nieta mapas del pasado: “Todos esos mapas estaban preparando este. ¿Cómo no supimos leerlos a tiempo? ¿Cómo puede asombrarse nadie de lo que está pasando?”. Todos deberíamos sentirnos amenazados cada vez que hay una minoría amenazada, cada vez que lo es una mujer, cada vez que hay una legislación agresiva contra un colectivo determinado.

 

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