En menos de 500 palabras: 'Diario' de Jules y Edmund de Goncourt

José Manuel Benítez Ariza

Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)Jules y Edmund de GoncourtSelección, edición y traducción de José HavelRenacimientoSevilla2017Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)

Cuando Edmond de Goncourt (1822-1896) tomó la decisión de publicar en vida el diario que había mantenido con su hermano Jules (1830-1870) desde 1851 hasta la muerte de este y luego unos años más en solitario, no es seguro que llegara a sospechar que, más allá incluso del conocido premio literario que honra hoy el nombre de los dos hermanos, esta iba ser la gran obra por la que iban a ser recordados.

Se adelantaban estos diarios, en efecto, a una época en la que el apunte del natural, el testimonio de vida y, por qué no decirlo, la indiscreción desacralizadora iban a gozar de más aprecio que las grandes construcciones retóricas. Los propios diarios lo dejaban ya claro: Salambó, la novela que su contemporáneo Flaubert publicó precisamente en esos años, no era más que un “poema bárbaro” con un protagonista que no era, “en el fondo, más que un tenor de ópera”. Por entonces los hermanos ya habían aprendido a caracterizar a personas y libros de ese modo tajante, que los fijaba definitivamente para la posteridad en un gesto no siempre favorecedor. Al influyente crítico Saint-Beuve, por ejemplo, lo retratarían como a “un bibliotecario de provincias que viviese a la sombra de un claustro de libros bajo el cual tuviese una bodega de generoso borgoña”.  Y al poeta Théophile  Gautier, al que también trataron asiduamente, como al crítico, en las famosas “cenas Magny”, celebradas en el restaurante de ese nombre, lo dejaron lacónicamente caracterizado como “el sultán del epíteto”.

Un diario desde la Comuna

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Pero este aspecto epigramático es solo uno de los muchos alicientes que ofrece la lectura de estos diarios. Hay también en ellos un implacable retrato de los modos y costumbres de un tiempo en el que París era ya palpablemente la avanzadilla y el laboratorio de pruebas de lo que luego se ha llamado la moderna sociedad urbana contemporánea, con sus deslumbrantes novedades y sus preocupantes anticipos. Los Goncourt no se engañaban al respecto: reaccionarios convencidos, a la vez que consumados ejemplos del tipo humano que conocemos como intelectual moderno, dejaron elocuentes testimonios de lo que esperaba al creador bajo un régimen despótico, el de Napoléon III, hecho a medida de los deseos e intereses de la alta burguesía; también, de lo que suponía pretender el éxito en un medio literario en el que mandaban los dueños de los periódicos y en el que las prebendas se conseguían en función del respaldo político y social del que gozara el aspirante: poco más o menos lo de hoy. “Toda discusión política equivale a '¡yo soy mejor que usted!”, zanjan en un momento dado, cuando todavía faltaban algunos años para que el atribulado Edmond, después de haber presenciado el rápido declive físico y mental de su hermano, muerto antes de cumplir los 40, atribuyera su prematuro final a “las horas sin descanso pasadas en reestructurar y corregir un fragmento”. Lo cierto es que murió de sífilis. Pero ya se sabe que la literatura no anda nunca demasiado lejos de ciertos males.

*José Manuel Benítez Ariza es escritor. Sus últimos libros, José Manuel Benítez ArizaNosotros los de entonces (La Isla de Siltolá, 2015) y Efémera (Takara, 2016).

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