Rosa, Marta y Esther trabajan en una residencia de ancianos en Madrid. Aunque siempre faltan medios, asisten a diario a unos residentes que les necesitan para absolutamente todo y con los que crean a través de los cuidados unos fuertes lazos afectivos. Les dan su medicación, les lavan, les visten, les ayudan a comer... son su sustento y sostén. Entre todos sobrellevan la vida hasta que, en enero de 2020, comienzan a detectarse los primeros contagios por Covid-19 en España, que sin solución de continuidad derivan en la declaración del estado de alarma y el confinamiento.
La precariedad de las residencias queda seriamente comprometida y la supervivencia se convierte en cuestión de días en un auténtico infierno. Inevitablemente, el virus entra en la residencia y afecta a todos los que forman parte del centro, ya sean trabajadores o residentes. A la falta de personal, de medios, material sanitario e infraestructuras, se le suma el golpe de gracia dado por el Gobierno de la Comunidad de Madrid al establecer unos protocolos discriminatorios por los que los mayores que carecen de seguro privado no pueden ser derivados a hospitales.
"Es el episodio de mayor discriminación y desamparo de nuestro país", afirma a infoLibre Raúl Cordero, guionista de la novela gráfica 7.291 (Maldragón, 2025), que reconstruye lo que pasó de puertas para adentro, lo que nadie pudo ver dentro de los muros de las residencia. Nadie, salvo los trabajadores y las trabajadoras de esos centros, declarados por decreto esenciales durante la pandemia, con lo que no fueron confinados en sus casas y se enfrentaron al abandono masivo de personas no ya en primerísima línea, sino mirando cara a cara a la muerte.
Un cómic este, por tanto, que es altavoz y memoria de una verdad persistentemente arrinconada y tergiversada, puesto que narra los hechos a través de la mirada de Rosa, María y Esther, esas tres trabajadoras que se convierten en las protagonistas de la historia. Porque los fallecidos, lamentablemente, no lo pueden contar, los políticos del PP que debieron gestionar no quieren que se hable de ello y los familiares saben lo que pudieron llegar a saber. Pero las trabajadores y trabajadores de las residencias son quienes lo vieron, lo vivieron, lo padecieron y para siempre convivirán con semejante funesto recuerdo.
Fue allá por 2024 cuando Cordero empezó el proceso de documentación y recogida de testimonios para esta novela gráfica, principalmente con la colaboración de la Asociación 7.291 Verdad y Justicia, que le puso en contacto con familiares y profesionales. Así decidió, junto al ilustrador Boris Ramírez, contar la historia desde el punto de vista de las cuidadoras, dejando un tanto de lado la vertiente política, "para que se viera la labor heroica que ellas hicieron, que es de lo que menos se habla".
En esas conversaciones, los trabajadores les contaron que la situación "ya era muy mala antes de la pandemia" debido a "la falta de medios y personal, horas extras y materiales muy limitados". "Cuando llega la pandemia se dan cuenta de que va a ser el detonante del auténtico desastre", apostilla el guionista, mientras Ramírez remarca que los profesionales fueron los que "estuvieron en la primera línea de defensa", a pesar de lo cual "encima fueron criminalizados en muchos casos", precisamente porque fueron "los que se quedaron y dieron la cara", mientras los verdaderos responsables escurrían el bulto.
"Este es un caso de discriminación brutal, tanto edadista como clasista", subraya a infoLibre el ilustrador, que reconoce que tanto él como Cordero no fueron conscientes de la verdadera "magnitud" de lo ocurrido hasta que se pusieron a investigar y documentarse. "Este es un tema que, aunque ha sido muy mediático y ha sonado mucho, a la vez ha estado muy invisibilizado detrás de números, de datos, de bulos y desinformación", apunta Ramírez, al tiempo que explica que su objetivo con este cómic no ha sido tanto señalar culpables como hacer un "verdadero ejercicio de memoria". "Porque en este país la memoria es algo que nos cuesta un poco", apostilla.
Además, continúa, es importante hacer este ejercicio a través de obras como este cómic para que una situación así "no se repita" y para "poner en valor la sanidad pública y el trabajo de sus profesionales". Porque, avisa el ilustrador, durante todo el proceso de creación de esta novela gráfica, han constatado que existe un "pensamiento unánime" entre los trabajadores de que "si volviera a pasar algo parecido, estaríamos en una situación incluso peor". Por eso, añade, su objetivo final es alertar de esa precariedad que padece nuestra sanidad.
Ramírez destaca, asimismo, la labor de las asociaciones de víctimas, que están "luchando y en un luto perpetuo, atravesadas por situaciones devastadoras, por traumas brutales" y, a pesar de eso, continúan batallando por encontrar "justicia y reparación", así como por "mejorar las condiciones de estos centros y de estas trabajadoras". "Y, sin embargo, lo que están recibiendo son insultos por parte de los responsables, que dicen que esta gente se iba a morir igual. Pues igual se iban a morir de todos modos, pero no se iban a morir solos, entre sus propios excrementos y en agonía, sin respiradores, sin nada ni nadie", destaca.
"Es que eran gente que llevaba trabajando toda su vida, por lo que la sanidad que tenemos ahora posiblemente sea por ese trabajo que ellos hicieron, y cuando llega la hora de darles soporte, se decide que no se puede saturar más los hospitales y que se las apañen", tercia Cordero, quien insiste, porque es imposible olvidar esa discriminación, que sí que se atendió a la gente que tenía seguro privado: "En las residencias pasaron cosas de situación de guerra, diría yo, porque todo lo que te cuentan los profesionales es durísimo. Reconozco que hubo noches que estuve a punto de dejarlo, porque llegaba al final del día y los testimonios que recogía me hacían perder la esperanza en la humanidad. ¿Cómo puede pasar esto y que nadie haga nada? ¿Cómo puede ser que se apilen los cuerpos en la morgue y nadie venga a socorrerlos?".
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Pero, por fortuna para todos, Cordero no tiró la toalla, como tampoco lo hicieron en su momento esos trabajadores de las residencias "a los que la responsabilidad que les tocó vivir les trascendió", a pesar de lo cual se quedaron en sus puestos en lugar de darse de baja, marcharse o decir que tenían covid. "Ellos son las personas que me hacen mantener la esperanza en el ser humano, por encima de las que solo entienden la lógica del dinero y el beneficio", señala el guionista, que es, a su vez, editor de la editorial Maldragón que publica el cómic.
7.921 tiene el objetivo implícito, por supuesto, de poner en valor la sanidad pública como un "tesoro", reivindica Cordero: "En su ignorancia, la gente no se da cuenta de lo que tiene. La sanidad pública es lo que te permite tener una cierta tranquilidad en tu vida, al saber que te van a atender si te ocurre cualquier cosa y que no vas a acabar en la calle por no poder pagar los cuidados. Yo mismo tuve cáncer y, si hubiera nacido en Estados Unidos, probablemente no estaría hablando contigo. Además, mi hija fue prematura, nació con 800 gramos de peso, por lo que estoy seguro de que en el hospital le salvaron la vida también. Uno se da cuenta de estas cosas cuando necesita la sanidad pública".
Se posiciona así el guionista y editor como "firme defensor" de la sanidad pública, que es de alguna manera igualmente germen de esta novela gráfica, que nació en las conversaciones en el hospital con su padre, diagnosticado de cáncer y fallecido poco después, en 2024: "Él me decía 'fíjate, aquí me tratan muy bien y me cuidan', pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en todas esas personas que no tuvieron su suerte, que estuvieron trabajando toda su vida y, cuando más necesitaban de la sanidad, las dejaron de lado. Él siempre estuvo orgulloso de mi editorial, y entonces me dijo: 'Yo creo que debes dejarte de hacer monstruitos, dragones e historias de esas, y ponerte a hablar de esto, que es lo realmente importante'".
Rosa, Marta y Esther trabajan en una residencia de ancianos en Madrid. Aunque siempre faltan medios, asisten a diario a unos residentes que les necesitan para absolutamente todo y con los que crean a través de los cuidados unos fuertes lazos afectivos. Les dan su medicación, les lavan, les visten, les ayudan a comer... son su sustento y sostén. Entre todos sobrellevan la vida hasta que, en enero de 2020, comienzan a detectarse los primeros contagios por Covid-19 en España, que sin solución de continuidad derivan en la declaración del estado de alarma y el confinamiento.