Contigo aprendí: 45 años de la revista 'Quimera'

Cuarenta y cinco años. Eso es mucho para casi todo. También para una revista y más aún si esa revista es de literatura. Sólo, exclusivamente de libros: los nombres de quienes los escribieron, las editoriales que los sacaron de la imprenta para hacerlos llegar a distribuidoras y librerías. Para que acabaran en manos de quienes descubrirían en los libros vidas que, con toda seguridad, en la mayoría de los casos acabarían mezcladas —a veces sustituyéndolas— con las suyas.

Como una canción francesa

Noviembre de 1980. Primer número de Quimera. Revista de literatura. Magnífico diseño de Javier Aceituno y lo mismo si hablamos de la portada de mi admirado paisano Manuel Boix. Aquí tengo ese ejemplar desde aquel primer encuentro con la cabecera de un proyecto que nunca se quedó en la más boba de las complacencias. Buscó en cada tiempo lo que le permitía seguir adelante sin que menguara su interés por lo que pasaba en el mundo de la literatura. Sin fronteras, esa literatura. En su primera aparición, ahí los nombres: Juan Goytisolo, Faulkner, Octavio Paz, Manuel Puig, Susan Sontag, Gombrowicz

Nadie sabía de la posible duración. Ni entonces ni ahora, imposible saber si los sueños acabarán gozosamente o en una insoportable pesadilla. Cada día es más difícil sacar adelante esos sueños. El mercado es el paraíso de los tiburones y, si hablamos de libros, para las editoriales que no forman parte de los dos grandes grupos que controlan el cotarro literario en nuestro país. Menos mal que existen esas editoriales llamadas independientes que, sin descuidar las exigencias del mercado, se resisten a cumplir a rajatabla sus consignas.

Leía Quimera todos los meses y desde el primer número me hacía fichas de lectura. Nombres. Títulos. Reseñas que subrayaba como si en esos rayajos anduvieran escondidos en clave los planos secretos de la Isla del Tesoro. Me sonaban poco o nada esos nombres, los títulos: por eso las reseñas iluminaban mis particulares condiciones lectoras de aquellos años. Yo venía —como mucha gente de mi generación— de la literatura de quiosco. Las novelitas del Oeste, del FBI, de Ciencia-Ficción… O sea, de Silver Kane, de George H. White, de Edward Goodman, de Keith Luger y otros como ellos que para mí eran los reyes del mambo en el mundo de los libros.

Lo mismo que Faulkner, Tolstoi, Flaubert o Dostoievski podían significar para quienes pertenecían a un estrato social y cultural distinto al mío. Tuve los mejores puentes para llegar a escritores como esos: el Círculo de Lectores, la colección Reno de Plaza y Janés y la editorial Molino. Pero nunca renuncié a mis novelitas de cien páginas con las que crecí y siguen aquí, ocupando un gran espacio en los estanterías librescas de la casa en Gestalgar.

Encuaderné muchos números de la revista. Y ahí están, junto a los volúmenes igualmente encuadernados en tapa dura de El Viejo Topo y Camp de l’Arpa. Esta última ya desapareció, pero el Topo y Quimera siguen su marcha por las difíciles trincheras de las vidas decentes que son algunas revistas y esas editoriales que, como dije antes, nos salvan de las rutinas lectoras. Claro que en esos grandes grupos también hay buenos libros y gente buenísima que los escribe. Faltaría más. Pero sólo leo a los amigos y a las amigas que forman parte de su amplísimo catálogo.

En 1984 publiqué mi primera novela: De vampiros y otros asuntos amorosos. En la editorial Montesinos, que era la que publicaba Quimera. Cuando vi mi careto en la contraportada de la revista anunciando la novela, me dije que se acabaron las fichas. No iba a hacerme yo mismo la de mi propia novela. Se acabó, como la isla de Capri en la canción sesentera de Hervé Vilard. La historia de amor con las fichas de Quimera se fue a engordar la lista de olvidos en que muchas veces se convierten nuestras vidas. Desde entonces mi careto y mis libros han seguido saliendo en las páginas de la revista. También en otras. Eso no quiere decir que lo que escribo sea bueno o malo. ¿Que qué pienso yo? Uf. Pasamos al siguiente párrafo, ¿vale?

Nuevas y mejores emociones

Han pasado cuarenta y cinco años desde aquel noviembre de 1980. Y Quimera sigue su andadura sin cortarse un pelo. Nunca se interrumpió su publicación. Pasó por las manos de varias direcciones: Miguel Riera, que hacía de editor y director, Ana Nuño, Fernando Valls, Jaime Rodríguez Z., Fernando Clemot y ahora mismo Jofre Casanovas. En todas esas etapas hubo tablas de salvación para mis inquietudes lectoras. Cada una de ellas tuvo sus intereses literarios. Y esos intereses –a ratos tan dispares que parecían enemigos– me servían para equilibrar la balanza de mis gustos con los gustos ajenos. Con Quimera –como en la canción de Armando Manzanero– aprendí a ser cuidadoso con el amor a los libros y el respeto a quienes los escribían. Nunca el tono de sus sentencias literarias alcanzaban el insulto. Me bastaba la erudición nada ombliguista de quienes hacían las reseñas o escribían los textos ensayísticos distribuidos en sus páginas.

De todo eso me iba empapando como una esponja (vaya comparación idiota) y de todo eso aprendí que «existen nuevas y mejores emociones». Mi infinita gratitud a quienes hicieron posible la continuidad de una revista que será de las dos o tres más longevas entre las que se dedican a cultivar y promover el amor de verdad a la literatura. Siempre hubo dos nombres que nunca desaparecieron: Miguel Riera y Elisa-Núria Cabot. Son mi familia desde hace más de cuarenta años. Mis libros llevan también sus firmas en lo que puede haber de bueno en ellos. En Quimera nos seguimos encontrando a cada número. Resistir es vivir. O bueno, para no excederme en el optimismo de los tiempos que corren (EEUU y su socio Israel acaban de bombardear Irán y no sé cuántos sitios más y Feijóo quiere que vuelva el rey emérito para que le sigamos pagando sus cuchipandas delictivas): resistir es sobrevivir.

Desde el mes de enero de este año 2026 se abre un nuevo ciclo en Quimera. Copio y pego lo que dice el primer editorial firmado por su nuevo director Jofre Casanovas: llegan, él y su equipo, «con la responsabilidad que implica trabajar sobre el sedimento y el legado de décadas que no queremos traicionar. La abrimos con el deseo de proponer una revista que sea un espacio de análisis y de descubrimiento, que asuma la crítica como forma de lectura exigente y se arriesgue en sus elecciones y en sus modos de leer».

Elogio de la fascinación

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Son tres números los publicados en estos comienzos de año. Los comienzos —o recomienzos— siempre son difíciles. Se trata –como le pasa a todo dios que no se limite a mirarse en el espejo de un yo enfermizamente desmesurado– de buscar su lugar en el mundo. Y en estos tres números se afianzan las buenas intenciones anunciadas en el editorial que abría el del mes de enero. No renuncian a nada de lo anterior y asumen que la literatura está llena de historias tan hermosas como imprescindibles y de los nombres –conocidos y desconocidos– de quienes las escribieron para que la vida en general y en particular la nuestra no sean una mierda.

Cuarenta y cinco son muchos años para casi todo. También para una revista y más aún si esa revista es de literatura. Pero Quimera sigue aquí. Dispuesta a no quebrar sus querencias literarias y sobre todo a que quienes se acerquen a sus páginas sean felices. Bueno, más o menos felices, claro. Porque ya ven: las bombas de los fascistas Trump y Netanyahu caen donde les peta y el rey de los paraísos puestos a su nombre está a punto de volver con la recomendación de un tipo que igual si leyera Quimera aprendería a pensar mejor o al menos a callarse algunos de sus bobalicones disparates. Bienvenida sea pues Quimera, aunque ya no me haga con ella fichas de lectura. Pienso en que alguien se las esté haciendo de mis libros y entro en pánico. Uf, qué dolor, como dirían Los Chunguitos...

*Alfons Cervera es escritor. Su último libro, recién publicado, es 'Singapur', editado por Piel de Zapa.

Cuarenta y cinco años. Eso es mucho para casi todo. También para una revista y más aún si esa revista es de literatura. Sólo, exclusivamente de libros: los nombres de quienes los escribieron, las editoriales que los sacaron de la imprenta para hacerlos llegar a distribuidoras y librerías. Para que acabaran en manos de quienes descubrirían en los libros vidas que, con toda seguridad, en la mayoría de los casos acabarían mezcladas —a veces sustituyéndolas— con las suyas.