Agente del FBI - Eddie Thorny
ACHAB. 2026. 435 páginas.
«Desde muy pequeño descubrí que hay que descornarse como un cabrón para comer todos los días, y esto es cuanto sé sobre Sócrates, Platón y Aristóteles».
Carlos Pérez Merinero. El día que enterraron a don José Ortega y Gasset
Cinco libros en uno. Cinco de aquellas llamadas novelitas cuando en la mayoría de las casas no había libros. Lo de novelitas viene de más tarde, de cuando la literatura se vistió de domingo y todo lo que no iba a misa era motivo de desprecio. A la hoguera, como cantaba mi siempre echado de menos Javier Krahe. Mi casa —lo he dicho muchas veces— era una de esas casas sin libros. En los pueblos pequeños no había biblioteca, ni nada que se le pareciera. Lo que había era un autobús de línea que un día a la semana llegaba a Gestalgar con los rollos de las películas y una caja o lo que fuera con novelas del Oeste. Lo mismo pasaba en otros pueblos como el mío. O más grandes. También había en la caja o lo que fuera novelas policiacas, románticas y de ciencia-ficción. Las cambiábamos unas por otras todas las semanas por unos céntimos. Con ellas fuimos creciendo y con nosotros, los críos y crías de la derrota, la afición a leer todo lo que encontrábamos a mano.
De los nombres extranjeros
Esas novelitas —que luego se llamarían de quiosco o de a duro, porque era eso lo que costaban— fueron nuestra universidad literaria de andar por casa. Los nombres de Faulkner, Tolstoi, Virginia Woolf, Vallé Inclán o Pérez Galdós nos sonaban a chino, pero nos sabíamos de carrerilla los de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane, George H. White, Keith Luger, Alf Regaldie, A. Rolcest, Corín Tellado y tantos otros que, como Edward Goodman, llenarían felizmente nuestras tardes sin escuela, que eran casi todas. Tampoco faltaban en la baca del autobús de línea los paquetes por los que asomaban sus portadas a colorines los tebeos: El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato… A los de risa les teníamos menos afición, aunque luego supiéramos que eran los que más criticaban las hambres de la dictadura. Y es que entonces no sabíamos nada de esa dictadura. Nos la robaban, nos escondían su fría crueldad las consignas y los himnos de la patria, los rezos y cánticos en las iglesias, el tener que dejar de jugar en la plaza para besarle al cura una mano mohosa que repartía, como si fueran los chuches de ahora, el miedo entre la chiquillería.
Menos mal que un rato después llegarían El Círculo de Lectores, los libritos amarillos de la Editorial Molino y la colección Reno de Plaza y Janés. Entonces empezaríamos a conocer los nombres de la misa literaria vestida de domingo y a ir levantando en casa —comprada a plazos— nuestra humilde biblioteca de pobres. Pero nunca serían expulsadas de la familia las novelitas que nos hicieron amar la literatura casi más que todo en nuestra vida. Puedo presumir —y lo hago con orgullo— de tener una amplia nómina de ellas en esa biblioteca personal y de guardar en letras de molde los nombres de quienes las escribieron. Entre ellos, el de Eddie Thorny, que también lucía como Edward Goodman, Richard Jackson y otros seudónimos en las portadas de sus novelas. Y es que adoptaban nombres distintos porque con los suyos cómo iban a colar historias de vaqueros, marcianos o mafiosos internacionales.
El mismo Edward Goodman era en realidad Eduardo de Guzmán, escritor anarquista, nacido en 1908 y condenado a muerte por un tribunal franquista en 1940. En el mismo juicio ilegal en que fue condenado a muerte Miguel Hernández: "Miguel está sentado en el primer banquillo; yo en el segundo, pegado materialmente al que ocupan los guardias". Lo escribe Eduardo de Guzmán en la revista 'Tiempo de Historia' en abril de 1976. El mismo texto lo recupera ahora ACHAB (Asociación Cultural Hispanoamericana Amigos del Bolsilibro) para la edición de Agente del FBI, el volumen que reúne las cinco historias de Eddie Thorny que citaba al principio: Carne de horca (1952), Crímenes en Reno (1953), Galería de condenados (1955), Un caso policiaco (1955) y La amenaza de Morris (1956).
El oficio de contar historias
Las vidas de aquellos escritores estaban entregadas a la literatura. Aunque algunos de ellos trabajaban en otros oficios, su dedicación a la escritura era casi absoluta. Escribían a un ritmo hoy impensable. Tres novelas al mes, dice el mismo De Guzmán. Pero casi siempre eran más. A veces dos por semana. Y de géneros diferentes. Como Eddie Thorny escribió sobre todo historias policiales que publicó la editorial Rollán en su colección FBI. Me gustan mucho las de vaqueros que se inventó con los nombres de Edward Goodman y Richard Jackson. Son historias que tienen que ver con el final de la Segunda Guerra Mundial, pero que, como dice en el prólogo Carlos Díaz Maroto, "eran el reflejo de su propia experiencia en la guerra civil española". Es evidente que la moral estándar de los personajes protagonistas —sobre todo los masculinos— eran un dechado de machismo casi siempre, tipos «indeseables» que miraban con desprecio a sus víctimas. Y no veas cómo miraban y trataban a las mujeres. Siempre ganaban los buenos, aunque algunas veces —siempre que podían— colaban otros valores que poco o nada tenían que ver con los de la dictadura.
La velocidad que imponían a su escritura los curtía en el oficio de contar historias. Pocas virguerías se podían permitir para cuadrar técnicamente los relatos, para construir personajes que no resultaran marmóreos, de una sola pieza, para que aspiraran a formar parte de la historia universal de la literatura. Y sin embargo conseguían lo más importante: narrar con una fuerza que impedía el abandono de quienes leíamos de una sentada las cien páginas de sus novelas. "No sé si terminaré el relato que inicio", se pregunta el protagonista de Galería de condenados, uno de los títulos que recoge Agente del FBI. Es ése un lujo que no podían permitirse Eduardo de Guzmán ni quienes como él tenían que entregar sin falta a la editorial lo prometido en plazos tan apretados que, ahora más que nunca, nos cuesta imaginar que pudieran cumplirlos sin un sólo minuto de demora en esa entrega. A escribir se aprende leyendo y escribiendo. Y aquellos escritores bien entrenados estaban en esos dos oficios.
A Eduardo de Guzmán se lo conoce por sus libros sobre anarquismo y principalmente por Aurora de sangre, la historia de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart que llevaría al cine Fernando Fernán Gómez con el título de Mi hija Hildegart. Una historia a la que también se han acercado, entre otros, Erich Hackl y Almudena Grandes. Pero, por encima de ese relato de éxito y de los textos que nos dejó su legado periodístico, sigo leyendo sus novelitas de a duro como hace tantos años, cuando todas las semanas llegaba al pueblo el autobús de línea cargado de rollos de película, de tebeos y de las novelas del Oeste que nos convertían en héroes de las praderas y Dodge City, aunque no supiéramos lo que eran las praderas y aún menos por dónde paraba esa ciudad en el mapa de una imaginación que crecía como crecíamos entonces en las casas sin libros: a trompicones, a veces a garrotazo limpio, entre las luces y las sombras de una juventud que aún no dábamos por perdida.
Nunca es demasiado tarde
Ver másPalabras a puñetazo limpio
Leer a Edward Goodman, Richard Jackson o Eddie Thorny (llámenle como quieran) es un lujo que sigo disfrutando como el primer día. Seguramente más. Y en eso tiene mucho que ver la gente entusiasta de ACHAB y su empeño en que los llamados Bolsilibros no caigan en el olvido. Sus ediciones son limitadas. Ustedes pueden adquirirlos solicitándolos a la misma Asociación: amigos.del.bolsilibro@gmail.com. Ah, y para que conste en acta: muy buena parte de la literatura vestida de domingo (y más si hablamos de mucha de la de ahora mismo) siempre me pareció el timo de la estampita. O algo parecido. "Pasara lo que pasase, incluso lo peor, sólo podría sentir por ti gratitud, cariño y admiración", dice Robson a Genie en La amenaza de Morris. Ni más ni menos que lo que siento yo por esas novelas populares y por quienes las escribieron sin que sus intenciones fueran cambiar el rumbo y aún menos la vestimenta de la literatura planetaria.
Escribieron siempre en traje de faena. Sin el perifollo que suele adornar ridículamente las fiestas de guardar. Por eso me siento orgulloso de venir de esa literatura, una literatura a la que despectivamente llaman «sub» quienes se creen los más listos de la cuadrilla. No sé si son conscientes —o llegarán a serlo— de que ese juicio puede ser injusto: "Fui tan tonto como para no comprenderlo. Ahora ya es demasiado tarde para remediar nada", dice Eldon a Gladys en Un caso policiaco. Bueno, igual sí que están a tiempo, esas voces desabridas, de relajarse y empezar a disfrutar un poco de esas novelitas que a mí me chiflan. Digo disfrutar un poco, no como disfrutan con los siete tomos de Proust o con las peripecias de Leo Bloom y su pandilla en un día interminable. Que disfruten sólo un poco, ¿vale? Sólo un poco.
*Alfons Cervera es escritor. Su último libro, recién publicado, es 'Singapur', editado por Piel de Zapa.