Sin fecha de caducidad

El poeta Darío Márquez Reyeros.

Javier Pérez Bazo

En los tiempos literarios que corren, la producción de nuestros jóvenes poetas atraviesa muy evidentes vicisitudes de calidad. Suelen ser autores prolíficos, con fortuna mediática merced a las redes sociales y a sellos editoriales que, con interés espurio, enormes tiradas y gran difusión avalan sus obras. Según pareceres bien fundados, en algunos de ellos abundan la agrafía y desórdenes alarmantes, por cuanto, entre otros desatinos, ignoran las nociones más elementales del género poético, tropiezan con el adocenamiento y dejan en evidencia su frágil cultura literaria. De ahí que frecuenten el discurso más o menos oral, de prosa serrada en líneas breves, unas debajo de otras, aderezadas con despropósitos múltiples. El rigor crítico y la historiografía ya se encargarán de establecer la nómina selecta de los escritores jóvenes de las dos primeras décadas del siglo en curso.

No se entienda, empero, que esta consideración desatiende excepciones meritorias o niega la calidad de obras de escritores jóvenes, con éxito mediático o sin él, que anuncian trayectorias poéticas bien asentadas. Determinados primeros libros suelen ser premonitorios. De hecho, aunque se me antoja irrepetible la excepcionalidad de Claudio Rodríguez, quien sin haber cumplido los veinte años escribió su extraordinario Don de la ebriedad (1953), hay alguna "ópera prima" de poeta veinteañero que reclama nuestra atención por precoz y por su distanciamiento de la mediocridad galopante del verso novicio de nuestros días.

Es el caso del madrileño de Alcobendas y alcalaíno de adopción Darío Márquez Reyeros (1998), autor de Fecha de caducidad (2021), último premio de poesía joven Antonio Carvajal, editado con pulcritud por Hiperión. Desde su bien traída cita del impar Dylan Thomas, que abre su primera parte, y con las otras dos secciones sin título que lo vertebran, este poemario provoca, cuando menos, un enorme placer de lectura ampliamente justificable. Porque frente a otras creaciones desorientadas de su generación, de inmediato, sin aún estar mediado el libro, tenemos la certeza de que el verso de Darío Márquez parece haber tempranamente madurado. Para situarse en la primera línea de nuestros jóvenes líricos con este libro de perfección acabada y elegancia nacida de su forma, temática y orientación.

Sorprende, antes de nada y como nota personalísima del autor fácilmente observable, el esmero formal, la naturalidad propia de la buena poesía y el dominio absoluto técnico del verso, bien medido y meditado. Al delicado ritmo contribuyen el endecasílabo y el heptasílabo, también el puntual alejandrino, cuya conjunción llaman los tratados métricos silva libre. En cuanto a la voz lírica, el lector advertirá que llega a identificarse con el Darío poeta y que tiende al lenguaje sencillo, de sintaxis dúctil y sin altisonante orfebrería retórica, a veces no exento de gracia y sorpresa. A él incorpora la oralidad, nada estridente, mediante neologismos o locuciones coloquiales y otras fórmulas del día a día. Ni siquiera el diálogo, propio de otros registros literarios, resulta extemporáneo. Una voz singular de hoy, en suma.

Creo que no resulta superfluo apuntar que la expresión que da título al libro remite a un tiempo con límite temporal, como el de determinados productos de consumo, a la caducidad que tienen nuestras sucesivas etapas de la vida. Así fluye nítida la savia argumental misma del libro de Márquez.

En Fecha de caducidad sopla un viento de antaño, que aún persiste merced al recuerdo, lúcido y nostálgico. El poeta mira hacia sus adentros y a través de la memoria reconstruye su paraíso perdido. En las instantáneas líricas reconocemos superpuestos espacios y escenas de la infancia y de horas adolescentes: juegos infantiles y chuches, el tiovivo a "solo cincuenta céntimos el viaje", el castañero del otoño, las reflexiones sobre el futuro en el patio del colegio desenvolviendo el bocadillo, una excursión, la mesa familiar, imágenes del futuro…, incluso la estampa del primer encuentro del niño con la muerte de una persona querida. Esta primera parte se cierra con Abierto para jugar, una lograda silva que sirve, a su vez, de pórtico para la segunda parte. El yo poético se dirige al autor por su nombre y, a modo de monólogo, aprovecha el vuelo de una amplia metáfora: la de su despedida del parque "de infancia de oro y nubes", ya "liberado de su jaula / para que pueda ser un alma libre, / volar"; es decir, la pérdida inexorable de la niñez. Cuando, como diría César Vallejo, dejamos de ser eternos. 

La parte segunda, central y más extensa, traza el diario del poeta adulto en su cotidianidad urbana y hábito familiar. Ahora el poema alcanza hechuras de mayor vuelo retórico y variedad temática, como si quisiese lograr la sazón creativa. Se acude al desdoblamiento para construir los futuros avatares de la paternidad, el abuelo recordado suscita el qué dirán los propios nietos un día por venir, "antes de las cenizas y el olvido"; la amada (Laura, compañera) y la sinceridad en diálogo con Cupido; la oficina con su jornada rutinaria y el "angosto palomar de sombras", que es la casa propia; el laborar del verso y sus referentes (Ángel González…). En este álbum de la costumbre cívica hay hueco para la contemplación lúdica, cercana a la greguería, de una hoja que se da de bruces contra el asfalto, para la exacta descripción de una reunión virtual tan a la moda, para el cantar de un barrendero infeliz, acostumbrado" al frío de barrer indiferencia"; para la pasión de dos cuerpos que "se devoran entre acordes" de Paco de Lucía, antes de que ocurra "la falta de verano en nuestros ojos"….

Las cuatro composiciones de la última parte rubrican la alteza del libro y su afán. Son textos rotundos, de hermosa factura, que presentan una edad y hechos no ocurridos todavía. Este novedoso planteamiento es posible únicamente cuando se tiene juventud y la vida por delante. Se trata del tiempo de un nosotros imaginado, del desamor de la pareja o acaso de la derrota que, en realidad, aún no han sucedido. En el penúltimo poema, cargado de imágenes luminosas, el yo poético se dirige a unos hijos cuando ya han abandonado la casa familiar…, que sólo existen en el porvenir ideado por el autor. De tal modo, se efectúa desde la vida aún no vivida el inventario de cuando en la casa familiar "entró el tiempo en sus huesos", tiempo de pérdidas en el que, visto desde el futuro, es un pretérito, acaso ideal, del que no queda ni el recuerdo.

El libro se cierra con una pieza, casi epistolar, a modo de despedida. El poeta, hablando consigo mismo, invita a su amigo silencioso, "mi yo de cualquier parte", a que acuda célere al adiós, próximo ya el acabamiento de su voz y obra: "Va muriendo la luz, ¡y qué hermosura! / escucho su dulcísima agonía, / quizás el anuncio de mi propia muerte". De nuevo llega aquel viento de antaño, que rescata ahora la memoria ficticia. Mudado a su futuro, el poeta encarga al amigo que despida en su nombre a los hijos ya crecidos, cuya existencia, ya sabemos, sólo cabe en la invención. Además, se interesa por novedades del mundo, cuando ya queda escaso tiempo para que se produzca la "cuenta atrás"; poco antes de que las tres Parcas, las míticas hermanas hilanderas del destino, corten el filamento de las tres edades de los mortales, una vez alcanzada la fecha de su respectiva caducidad, al mismo tiempo que tijeretean el hilo argumental del poemario.

En definitiva, este primer libro de Darío Márquez, presumible preludio de otros logros, llega cargado de promesas y de gratificante lectura. Como la poesía sin fecha de caducidad. Su labranza recuerda aquel aforismo que hace exactamente un siglo dejó escrito el alicantino Juan Chabás: "Contad las estrellas. Si falta una, la robó el poeta. Si sobra, el poeta es quien la cuenta de más". 

 

Javier Pérez Bazo es catedrático de Literatura en la Universidad de Toulouse - Jean Jaurès.

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