"Yo no cuento en esta novela el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Esa no es mi tarea, pues no soy historiador ni reportero, aunque me he documentado y me las he ingeniado para que al lector le llegue lo suficiente de ese crimen. Mi función es otra, la de colocar la condición humana en ese lugar y en esa época", afirma Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) al hablar de Maite (Tusquets, 2026), la nueva entrega de su serie Gentes vascas, en la que encadena historias protagonizadas por ciudadanos normales y corrientes en un contexto social golpeado por la violencia de ETA, anteriormente explorado por el autor en Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012), Hijos de la fábula (2023) y El niño (2024).
En cualquier caso, aclara en un encuentro con un reducido grupo de periodistas que "el caso de Miguel Ángel Blanco no es ornamental" en la novela, "no es un tema de fondo". "Quien lee atentamente se da cuenta de que interfiere muy fuertemente en la vida de los personajes, está en sus conversaciones y pensamientos y genera un tipo de acción", avanza, sin querer dar más detalles sobre esta historia situada en 1997 en San Sebastián y protagonizada por tres mujeres: Maite, su madre y su hermana Elene. Tras mucho tiempo separadas por diferentes motivos (y sin hombres a su alrededor igualmente por distintas causas), conviven y conversan rehuyendo decirse toda la verdad y evitando mirar de frente la tensión social que se está viviendo a su alrededor al hacerse público el secuestro del joven concejal de Ermua y la intención de ETA de ejecutarlo si no se cumplen sus demandas.
Es así como los hechos públicos históricos corren en paralelo a la intimidad de Maite, una mujer sensible, compasiva, atenta, pero atrapada en convenciones que le impiden abrir los ojos y afrontar la realidad. "La función de la ficción es centrar el foco en lo subjetivo, en lo privado, en lo pequeño. Lo otro ya está en los periódicos y en los libros de Historia. La ficción busca siempre contar de manera gráfica y textual cómo se vivió un momento o un determinado hecho, y para eso saco a un elenco reducido de personajes y les pongo a actuar, a pensar y moverse en ese momento, lo cual me permite trazar un dibujo social, porque están afectados por un hecho concreto", explica el autor.
Una nueva entrega de esas Gentes vascas, decíamos, que va de eso, de personas que pueden ser muchas aún siendo unos personajes muy concretos, pero nunca de "protagonistas relevantes de la Historia". Eso sí, admite Aramburu que se ha sentido siempre "muy fuertemente interpelado" en lo personal y en lo literario por "esta escenificación de la crueldad" en el asesinato de Miguel Ángel Blanco: "Me parecía que podía expresarme desde la literatura, que es desde donde yo me expreso. Este hecho cruel adquirió una relevancia que no se pone en duda, y si uno está escribiendo historias que se desarrollan en su tierra natal sería muy raro que tarde o temprano no aflorase este caso".
La imagen de la sociedad vasca es de una sociedad tranquila que ha borrado toda aquella historia violenta que tuvo de las fachadas. Uno puede ver banderas de Palestina ahora, pero poco más
No duda al afirmar, una vez aclarado esto, que esta "es una novela de mujeres", en la que él "se las ingenia para dejar a los respectivos maridos fuera". Y todavía continúa: "Esos cuatro días de convivencia entre ellas propician una serie de conversaciones en las que se va revelando el hecho de que aunque vivamos cerca unos de otros, a menudo incluso dentro de una estructura conyugal, no terminamos de conocernos. Todos llevamos una novela escondida entre nosotros, formada por recuerdos, manías, asuntillos que no queremos confesar. Ellas pensaban que se conocían, pero tenían mucho que decirse. La ficción permite entrar en el núcleo personal del ser humano, transformado en personajes".
Comenta Aramburu, asimismo, que la inspiración para este relato le llegó viendo cine italiano, de Federico Fellini y Michelangelo Antonioni en particular, y filmes en los que "no hay una trama definida, sino que unos personajes se encuentran en un sitio, se quieren, se desquieren, hablan y de su convivencia va surgiendo una película". No es extraño, por tanto, que confiese que durante todo el proceso de escritura Maite tuviera en su cabeza el aspecto físico y los rasgos faciales de la actriz Monica Vitti, algo que le ayudó a tener al personaje "fijo en la mente".
Como tantos otros ciudadanos de buena fe, estuve en vilo durante aquellos cuatro días, con muy malos augurios
Quizás de alguna manera eso también le llevó en esta nueva obra a otro tipo de mujeres, siempre tan presentes en su obra. "Es habitual que en mis novelas abunde la mujer vasca de carácter fuerte, luchadora, gobernadora de la familia, muy parecida a personas que han estado muy cercanas a mí", concede, para acto seguido apuntar que le pareció oportuno en esta ocasión adentrarse en otro tipo de psicología: "Por eso Maite es distinta. Más empática y conciliadora, que ha desarrollado una serie de estrategias vitales para aminorar conflictos. Este es un terreno novedoso bastante en mi literatura, aunque no en mi vida, pues mis personajes son retazos de gente que he conocido fruto de mi observación, de vivir en modo literario con la antena puesta con la esperanza de encontrar detalles y escenas que me puedan ser útiles".
También puede resultar útil Maite ahora que ya está en las librerías para traer de vuelta a la conversación casi treinta años después a Miguel Ángel Blanco, cuyo asesinato pilló a Aramburu en Alemania, donde reside desde 1985. "Fue la radio la que me permitió estar informado bastante bien dentro de las posibilidades de entonces, sin internet. Como tantos otros ciudadanos de buena fe estuve en vilo durante aquellos cuatro días, con muy malos augurios", rememora, admitiendo que, aunque no lo puede prever, tampoco va a negar que le parecería "bien si realmente se actualizara la conversación y el diálogo sobre un hecho tan relevante y tan cruel".
No podemos pretender que generaciones de jóvenes renuncien a sus actividades y a su presente para que escuchen nuestras historias, porque nos van a dar la espalda de manera automática
"No pierdo de vista que ofrezco una novela, a los personajes me los he inventado y tampoco preveo los efectos. Tampoco ignoro que se han hecho encuestas entre jóvenes en España, y en el País Vasco concretamente, y se ha constatado que muchos chavales no tienen ni idea de quién era Miguel Ángel Blanco. Quizás yo pueda contribuir modestamente a poner de nuevo este nombre por lo menos en las páginas de cultura y que algún chavalillo que no sabía nada se interese y sepa qué ocurría en las calles donde ahora pasea y juega. Ese sería un efecto secundario de mi libro, aunque no lo he escrito para generar ese efecto en concreto, soy más ambicioso y pretendo ofrecer buena literatura. Otra cosa es que lo consiga", resalta.
Al mismo tiempo, puntualiza que le termina de convencer ese "reproche" que se hace a los jóvenes de no estar interesados por lo vivido por generaciones precedentes. "Recuerdo a mi padre contándome las vivencias de la Guerra Civil y yo ponía los ojos en blanco", señala con cierto humor, para acto seguido plantear que "no podemos pretender que generaciones de jóvenes renuncien a sus actividades y a su presente para que escuchen nuestras historias, porque nos van a dar la espalda de manera automática". "Ahora bien —puntualiza— esto no significa que no tengamos una tarea noble de crear el lugar de la memoria, a poder ser fuera del cerebro que muere con el propietario, en bibliotecas, hemerotecas, películas, fotografías... Es muy importante dejar un fondo histórico de cada época para que después los ciudadanos que tengan curiosidad o ganas de aprender puedan saber qué pasó en los mismos lugares donde ahora viven".
El mundo atraviesa un momento muy triste en el que triunfan, de nuevo, los brutos, los que hacen uso de la fuerza
Trazando esa línea entre pasado y presente, asegura el escritor que "la sociedad vasca no existe salvo mirada desde fuera", pues en realidad está integrada por "gente muy diversa". Dicho lo cual, sí que observa que "después de las décadas" que ha tenido, "la imagen de la sociedad vasca es de una sociedad tranquila que ha borrado toda aquella historia violenta que tuvo de las fachadas. Uno puede ver banderas de Palestina ahora, pero poco más". "Eso lo percibe uno cuando llega allí", afirma, y según sus propias palabras, como "observador" y "visitante ocasional" de su propia tierra, agrega: "Mi impresión es que hay un sentir mayoritario de la sociedad vasca en el sentido de que el terrorismo estuvo mal, pero ya pasó y ahora hay otras cuestiones, por lo que el acomodo ahora es al presente. Eso es lo que yo percibo, eso creo que está mayoritariamente aceptado", argumenta.
Asegura, además, que cuando está con "amigos y conocidos el tema del terrorismo no sale nunca". "Antes tampoco, pero ahora que se podría hablar... yo creo que olvidar es un instinto humano, pasar página y dedicarse por fin a otras cosas. Esto no es privativo de los vascos, lo he presenciado directamente en Alemania y me interesó desde que llegué por si había huellas del nazismo y demás. Mi suegro fue mi principal fuente de información y me cuenta que había un deseo de ir adelante, crear una sociedad distinta para los hijos... y esto también se da en el País Vasco, en menor medida porque el nivel de tragedia no ha sido el mismo", relata, no sin antes todavía apostillar: "Eso sí, lo de pasar página depende también de la posición que uno tenga con respecto al terrorismo. Si a uno le han matado al padre o al hijo, no va a olvidar, y si uno tiene cierta conciencia moral tampoco va a sumarse a un olvido frío y calculado del que algunos se benefician".
Y es que, según ha confesado, alguna que otra vez se toma la "molestia" de ver algún debate en el Congreso aunque "no es un lugar de intercambio de ideas, sino de rencillas y un continuo intercambio de reproches y denigraciones". A su juicio, la idea que tienen los políticos es, "naturalmente", que el votante les favorezca, para lo cual dan una "imagen negativa del otro", desacreditándole y asociándole con hechos violentos: "Eso se hace con Bildu y los otros con Franco, con la Guerra Civil, con Venezuela o con la Dana. Se van tirando unos a otros responsabilidades que a lo mejor no tienen pero con las que se les asocia. Eso lo hacen todos y es propio de políticos de no mucha altura".
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Y todavía continúa: "Bildu tiene ahí una diputada —Mertxe Aizpurua— que fue condenada por apología del terrorismo, así que también lo pone un poco fácil para que se le recuerde lo que hicieron, y su coordinador general también estuvo en la cárcel y tienen en las listas gente que ha estado en ETA. Ellos mismos se exponen a que se les recuerden algunas actuaciones, y si hubieran tenido un gesto verdaderamente humano y claro de petición de perdón para darle a toda esta puñetera y cruenta historia un cierre ético no estaríamos como están las víctimas, es decir, entristecidas y abandonadas".
Para terminar, anticipa Aramburu que tiene "más historias" para continuar con esta serie de Gentes vascas, si bien avisa también de que no va a "tocar siempre la misma melodía". "Algunos me reprochan que no trato la violencia que sufrieron otros, pero deberían ser un poco más cautelosos, no sea que aparezca yo con algún otro libro", ha apuntado, recordando que también "hay personas de talante independentista que fueron detenidas, maltratadas, que perdieron la vida, sufrieron la violencia de los GAL". "Yo voy a mirar a mi país natal con dos ojos, no con uno, pero aquí en seguida le politizan a uno, no se puede tener un discurso desde la ética o la estética, pero eso a mí también me estimula. Me encanta tener antagonistas porque ya sé que el eco llega hasta ahí", asegura.
Para rematar, aunque tiene claro que no es ningún experto, se aventura el escritor a hacer un diagnóstico del mundo actual, que en su opinión atraviesa "un momento muy triste" en el que "triunfan, de nuevo, los brutos, los que hacen uso de la fuerza". "Europa está ahí, pobrecita, en su espacio civilizatorio, pacífico, burocrático, tranquilo. Dependemos financieramente al haber trasladado la producción industrial a China... No tenemos buenas cartas, pero somos tan débiles que ni siquiera nos atacan", concluye.
"Yo no cuento en esta novela el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Esa no es mi tarea, pues no soy historiador ni reportero, aunque me he documentado y me las he ingeniado para que al lector le llegue lo suficiente de ese crimen. Mi función es otra, la de colocar la condición humana en ese lugar y en esa época", afirma Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) al hablar de Maite (Tusquets, 2026), la nueva entrega de su serie Gentes vascas, en la que encadena historias protagonizadas por ciudadanos normales y corrientes en un contexto social golpeado por la violencia de ETA, anteriormente explorado por el autor en Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012), Hijos de la fábula (2023) y El niño (2024).