Espido Freire: "No nos gusta que haya otros turistas cuando nosotros somos turistas"
Asegura la escritora Espido Freire (Bilbao, 1974) que "generalmente pensamos que los libros de viajes nos hablan de lugares concretos, pero la mayor parte de ellos, incluso los de los viajeros del siglo XIX, nos hablan de emociones, de percepciones y de cosas mucho más subjetivas". Precisamente eso ocurre con Guía de lugares que ya no existen (RBA Libros, 2026), una reflexión literaria sobre la memoria, el tiempo y los paisajes perdidos distinguida con el XX Premio Eurostars de Narrativa de Viajes. Un libro sobre lo que significa viajar y una experiencia personal sobre lo que desaparece y la huella que dejan los lugares que habitamos. Ella misma nos lo cuenta.
¿Qué es ‘Guías de lugares que ya no existen’?
Quería hablar de los recuerdos, ya que la melancolía y la nostalgia es uno de mis grandes temas. Y, sobre todo, quería hablar de qué se siente cuando no puedes volver a un lugar que amaste. Puede ser al colegio siendo ya adulto, o la casa de tus abuelos, que ha cambiado porque no está la gente que la habitaba, o volver a hacer un viaje que te emocionó, o directamente un sitio que ya no existe por una guerra o una tragedia.
¿Los lugares que ya no existen son memoria y nos hablan de manera diferente a lo largo del tiempo?
Es memoria, es emoción, es rencor, es sentido de pérdida o incluso la amenaza a la identidad personal o grupal. Es en muchas ocasiones idealización, la famosa morriña. Es en muchos casos también una causa para seguir viviendo, es a veces la razón que durante siglos se ha esgrimido para guerras o movimientos patrióticos. Aquello que proyectamos sobre los espacios tiene mucha más importancia de la que en general pensamos.
¿Ocurre eso también en estos tiempos de turismo masivo?
Ahora que como turistas en general viajamos mucho más que las generaciones anteriores, hemos también banalizado la idea de viaje, la idea de llegar a otra tierra. No siempre hemos sido bienvenidos, todavía ahora como turistas a veces no somos bienvenidos en todos los lugares, pero el hecho de que cruzáramos una frontera determinada ha dado lugar a literatura y a cine tan potente como la del western, y también a sueños como los de conquistar los últimos confines. Creo que el viaje y lo literario, o en general lo artístico, nos ha ayudado a construir en planos distintos y paralelos la idea de territorios diferentes y habitamos en ellos como si fueran nuestros para siempre.
¿La huella que dejamos las personas en los lugares es nuestra verdadera memoria?
No estoy muy segura, porque hay personas que solo completan el viaje cuando vuelven a su casa y tienen de pronto la conmoción con la realidad, es como si el viaje hubiera sido una burbuja y por lo tanto quedara fosilizada en algún rincón de su memoria. También hay otras personas que, aunque viajan, sobre todo ahora, en una época de hiperconexión, están mandando mensajes, sacando fotos, comparando lo que están viviendo ellos con lo que están viviendo los que están en casa, y no estoy muy segura de que sea un viaje constante. En mi caso, en los últimos años, hay un proceso de documentación casi en directo a través de las redes sociales, porque antes sacaba fotografías, tomaba notas, pero ahora muchas veces comparto eso en directo, y a veces paro porque tengo la sensación de que estoy perdiéndome el instante, estoy decidiendo qué siento en lugar de sentir lo que estoy viviendo. Y también hay lugares que nos transforman y que a nuestros compañeros de viaje apenas les rozan porque las huellas son diferentes y las da el paisaje pero estaban de alguna manera también previamente en la persona que viaja.
El precio de la vivienda está íntimamente relacionado, en casi todas las ciudades, con la necesidad de que los turistas, el que viene de fuera, encuentre un espacio
¿La literatura de viajes es una forma de viajar? Es una afirmación muy repetida, pero en este libro asegura que "leer no es viajar".
Leer es viajar y leer no es viajar, es las dos cosas a la vez, es como la lectura de Schrödinger (risas). Claro que es una forma de evadirse, pero no es viajar. Creemos conocer los lugares porque hemos leído sobre ellos, pero solamente conocemos esos lugares imaginarios. El lugar real es otro que, de hecho, muchas veces no lo conocen ni quienes viven ahí porque lo dan por hecho, porque no han investigado en su historia, porque después de ver las mismas ruinas durante décadas ni siquiera te preguntas cuál es su origen. Leer sobre viajes es fascinante y por desgracia hay muchas personas con mala salud, que no se atreven, en una situación económica precaria o con una edad que ya no lo permite, que van a encontrar ahí una fuente de consuelo y de deleite. Pero el viaje en sí mismo, la experiencia, es como el amor. Es decir, es maravilloso leer los poemas de Neruda, pero si te roza en un momento dado lo que Neruda está diciendo en la vida real, eso no se compara a nada.
Jugamos todo el rato a ser lo que no somos. Jugamos a que decimos una cosa, pero luego en el fondo todos compramos en grandes superficies, todos queremos que nos traigan el libro a casa
De un tiempo a esta parte también 'viajamos' mucho con Google Earth o Google Maps, que nos muestran la geografía, pero la literatura te lleva a otros lugares.
También porque depende mucho de qué guía lleves. Google Maps es un guía aséptico en el que tú necesitas completar muchas cosas. Mientras que alguien que ha vivido ahí o que conozca el lugar te da determinada labor hecha y la relación es doble: con quien te lo cuente y con el territorio. Esto ocurre sobre todo con sitios que no se dejan descubrir fácilmente. Estuve hace poco en Florencia, que te pega un bofetón de belleza, y hay mucha gente compartiendo esa misma experiencia, lo cual es muy molesto, porque no nos gusta que haya otros turistas cuando nosotros somos turistas. Pero si llegas a una ciudad o un lugar que en apariencia no es así, ¿qué referencia tienes de que eso es importante? ¿A dónde miras? ¿Cómo entablas tu relación con ese sitio? Si alguien te indica dónde mirar o encuentras una lectura, de pronto todo cambia. Es como que se te abriera una capa de la realidad que hasta ese momento tú solo no podías descubrir. Y eso lo han hecho muy bien los libros. La palabra te permite, con una precisión casi quirúrgica, con el adjetivo, con un verbo activo, descubrir que aquello que ibas casi a pisar tienes que protegerlo, y que a aquello que ibas a desechar es importante que le dediques un segundo de atención.
Ahora que como turistas en general viajamos mucho más que las generaciones anteriores, hemos también banalizado la idea de viaje, la idea de llegar a otra tierra
Nos habla de una ciudad concreta, Vitoria, que sirve como ejemplo para hablar del pequeño comercio que agoniza a través de pastelerías, librerías o tiendas de ropa, algo directamente relacionado con la turistificación, que hace que los centros de las ciudades sean cada vez más parecidos. ¿Encontraremos el necesario equilibrio?
España es un país no solamente turístico, sino cada vez más turístico, en el que las opciones de supervivencia que nos están dando son pocas. Y uno de los problemas importantes que tenemos ahora, que tiene que ver con el precio de la vivienda, está íntimamente relacionado, en casi todas las ciudades, con la necesidad de que los turistas, el que viene de fuera, encuentre un espacio. Hay ahí un problema, el más grave, que no se está solventando y tampoco hay mucha solución, porque son dos intereses claramente enfrentados con dos grupos de población que no tienen nada que ver: los tenedores y los que no tienen acceso a una vivienda. Lo mismo ocurre con el declive progresivo del pequeño comercio frente a otro tipo de marcas, pues todos preferimos que haya una pequeña confitería o una librería en tal sitio, pero tendemos a comprar en las grandes superficies. Todos queremos un café con encanto, pero ese café con encanto, pequeño, oscuro, a veces difícil de encontrar, es rápidamente sustituido porque tienes que caminar tres calles más allá, mientras en el centro hay una cafetería con wifi.
España es un país no solamente turístico, sino cada vez más turístico, en el que las opciones de supervivencia que nos están dando son pocas
¿Vivimos en una contradicción constante?
Vivimos en una contradicción que no hemos solventado y que no se va a solventar fácilmente, en la que la queja es muy cómoda porque desahoga sin comprometer a nada más. Yo no quiero que a mi ciudad llegue todo eso, pero cuando yo viajo es otra cosa. En mi calle no, por supuesto que no. Pero cuando voy a Roma, quiero la Roma que he imaginado. Todos queremos nuestra experiencia, y la experiencia es económica y por lo tanto se rige por normas económicas. Y frente a eso, no voy a decir que el mercado manda, pero sí que la oferta, el consumo, es completamente diferente al deseo y a la aspiración. Ojalá yo tuviera alguna solución. Todas mis soluciones son utópicas y casi todas ellas pasan por cuestiones estructurales que no va a solventar ningún político en cuatro años.
Queremos ser protagonistas, queremos ser las estrellas de nuestra propia vida y que el resto de la gente lo vea, y eso se ha extendido también al consumo cultural
En Madrid hemos hablado mucho del cierre de la librería ‘Tipos infames’, pero después de la que se lio, ya cada cual sigue con su vida.
Es que la que se lio fue una excusa para decir lo que de verdad opinábamos. No ha habido una movilización, no ha habido de pronto nada. Pero con ninguna de las librerías que iban a cerrar. Tipos infames no es ni la primera ni será la última. En el caso del libro, la librería es un espacio muy aspiracional y, de hecho, se ha convertido en los últimos tiempos en algo que vincula emocionalmente más que las bibliotecas porque permite decir que tú estás comprando en una librería. Volvemos otra vez a la idea del consumo. En la biblioteca no se consume, por lo tanto no hay un gran interés por parte de los autores ni tampoco de las editoriales en fomentarlas porque es un servicio público, mientras que la librería es otra cosa. En las librerías se venden mis libros, por lo tanto, aquí estoy yo tomándome un café y hablándote de los otros libros, pero en el fondo te estoy hablando de mi libro y de mi oficio. En el momento en que se convierte en un añadido a tu marca personal, y cada vez más cada uno de nosotros somos marcas personales que tenemos que explotar y que trabajar, todo se va desdibujando.
Y ya estamos hablando de otra cosa...
Y empezamos a jugar en otra liga porque no es un movimiento vecinal que se esté movilizando en torno a que una librería continúe, sino que es una excusa para hablar de algo que de verdad nos interesa más: mi opinión acerca de cómo son las ciudades o mi opinión acerca de si quien ha abierto esa librería es un pijo privilegiado o un idealista abnegado. Pero así no se aborda la cuestión de que quien de verdad está vendiendo libros y ganando dinero con ellos ni siquiera son ya las grandes superficies, sino las plataformas. Es un tema de logística y las propias editoriales lo saben, por eso, salvo que tengan librería propia, lo primero que piden es que enlacemos nuestros libros a las grandes plataformas. Entonces, jugamos todo el rato a ser lo que no somos. Jugamos a que decimos una cosa, pero luego en el fondo todos compramos en grandes superficies, todos queremos que nos traigan el libro a casa. Además, esto nos da una oportunidad perfecta de colocar estrellitas y decir cuál es nuestra opinión respecto a ese libro, cosa que la librería no hace. Queremos ser protagonistas, queremos ser las estrellas de nuestra propia vida y que el resto de la gente lo vea, y eso se ha extendido también al consumo cultural.
Vivimos en una contradicción que se va a solventar fácilmente, en la que la queja es muy cómoda porque desahoga sin comprometer a nada más. Yo no quiero que a mi ciudad llegue todo eso, pero cuando yo viajo es otra cosa
Asegura que viaja para buscarse, pero también destaca que cuando viajamos podamos ser otros personajes. ¿Cómo casa eso?
De hecho, durante mucho tiempo, mentía cuando me preguntaban a qué me dedicaba en cualquier sitio al que iba (risas). No les decía que era escritora o en su momento estudiante, sino que me inventaba oficios completamente diferentes. Y la reacción de la gente es completamente distinta cuando les dices que eres secretaria o cuando eres enfermera. Proyectan en ti otras cosas. Eso sí, generalmente, ya no lo hago nunca, aunque era divertido ser otra por un momento, porque cuando estás en tu ciudad o en tu casa con tus condicionantes, tiendes a ser siempre la misma, comportarte de la misma forma, a empobrecer en cierta medida reacciones y vivencias. Cuando estás fuera, eso no es así. Pero sí, me gusta mucho jugar a ser otras personas. Creo que por eso escribo, aparte de viajar.
¿Viajaría a Estados Unidos ahora mismo?
Mientras se pueda viajar a algún sitio, intentaré ir, porque no sé cuánto me queda de vida, no sé cuánto le queda a ese país de una frontera abierta. Sí, viajaría a Estados Unidos, exactamente igual que viajaría a cualquier otro lugar en el que no me prohíban explícitamente que viaje. Incluso aunque mis movimientos estuvieran limitados. Lo estuvieron en Argelia, por ejemplo, hace unos años. O cuando fui al Sáhara o en determinadas zonas de Rusia. Pero no sé si viajaría a todos esos lugares como turista, pues hay otras formas de viajar que a veces tienen que ver con el trabajo o con la ayuda humanitaria, que también he hecho algunos viajes vinculados a eso.
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Uno se ve de lejos. Por lo menos yo. Dices '¿cómo pude ser yo así de joven, así de ingenua? ¿Cómo pude ser que esa criatura fuera yo?' Entonces, claro, pienso, '¿en qué me convertiré?' '¿Qué seré dentro de veinte años?' 'Mi yo de 20 años, ¿qué dirá de esta persona que ya se consideraba tan adulta y tan formada?' '¿Qué me queda todavía por saber?' Estamos en un puente siempre entre el pasado y el futuro. El presente es muy frágil, está constantemente cambiando, por eso me siento casi siempre más cómoda en el pasado.
Desde hace unas décadas hemos vivido en un mundo en el que podías viajar casi donde quisieras. ¿Puede eso ir cambiando por cuestiones económicas y políticas, incluso en occidente?
Va a cambiar y, sobre todo, aparte por motivos ideológicos, por motivos económicos. Y también porque están erosionando cada vez más los derechos de los viajeros de una forma tonta con el tema de las maletas, que no haya bonificación por retraso o indemnizaciones... Hay un contagio respecto a la inseguridad. Ahora ha pasado con los trenes, pero también está pasando con otro tipo de cosas. Cada vez es más caro y, por lo tanto, esa democratización del viaje se va a ir a otro lugar. No sé si habrá un efecto inmediato en el turismo porque seguimos siendo muchos los que queremos viajar, algunos deseando que el viaje sea sostenible, que respete y valore el destino, y otros que buscan la experiencia más inmediata y volver para contarlo. La educación de los turistas, o de los viajeros, nuestra propia educación, es muy básica, muy ineficaz, está muy descuidada. Pero lo otro es volver al viaje de la élite, que también es triste. Si yo hubiera nacido cincuenta o sesenta años antes, no podría haber viajado con la libertad ni con la extensión de mi vida actual. Me dolería que quienes están ahora creciendo, quienes están naciendo ahora, no pudieran gozar de esa misma libertad, porque a mí me quitas los viajes de mi experiencia vital, formativa, intelectual, emocional e incluso amorosa y se me van muchas cosas.