El rincón de los lectores

Por qué nos gustan los decálogos del cuento

El escritor Horacio Quiroga.

Jesús Ortega

Ahora que mi amigo Ginés Cutillas acaba de publicar un decálogo práctico del microrrelato (Lo bueno si breve, etc., Editorial Base), quizá sea un buen momento para echar un vistazo a la pequeña tradición de la que proviene. ¿Por qué a los cuentistas, talla grande o micro, nos gusta tanto proponer nuestras poéticas del cuento mediante decálogos?

La cosa viene, como era de esperar, de Edgar Allan Poe. En 1846 el padre fundador del género se lamentaba de que no existiera ningún tratado donde el propio escritor contase paso a paso su método de trabajo: los engranajes, el proceso, el oficio, la cocina. Es lo que se propuso hacer en "La filosofía de la composición", texto que puede ser calificado de precursor de la escritura creativa, esa tratadística en forma de consejos prácticos que tanta fortuna ha tenido en la modernidad.

La sugerencia de Poe fue tomada al pie de la letra por un discípulo tardío y no demasiado talentoso, Brander Matthews, quien publicó en 1883 una vulgata de la poética del maestro bajo el título de "The philosophy of short story". Este texto, hoy justamente olvidado y todavía sin traducir al español, fue mil veces reproducido en Estados Unidos hasta el punto de convertirse en modelo de prontuario básico para la fabricación de relatos breves y, por esa misma razón, las mismas veces denostado. Matthews transformó las intuiciones de Poe en preceptos. Más papista que el papa, llevó la unidad de efecto a los extremos de exigir para todo relato breve "un solo personaje, un solo acontecimiento, una sola emoción provocada por una sola situación". Una de las consecuencias de la divulgación de las recetas de Matthews fue la proliferación de consejos del tipo how to do, antecedentes de los manuales de escritura creativa de escasa calidad que inundan hoy el mercado editorial, y en cuyos apartados dedicados al relato breve encontramos, una y otra vez, las mismas viejas ideas de Poe simplificadas, descontextualizadas, carentes de perspectiva histórica o crítica.

Algo similar sucedió con el decálogo de Quiroga

El uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) no solo fue el primer escritor de lengua española en dejar un corpus relevante de reflexiones sobre el cuento (de más enjundia y alcance que las de Clarín o Emilia Pardo Bazán) sino que hizo algo más: inventar una forma nueva para proponerlas: el decálogo.

«I. Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov— como en Dios mismo.

II. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «desde el río soplaba un viento frío», no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento».

Su "Decálogo del perfecto cuentista", publicado en 1927 en la revista Babel de Buenos Aires, tuvo un éxito instantáneo y se erigió en modelo de numerosas reflexiones personales sobre el género, en cualquiera de sus variantes (bienhumorada, irónica, burlona, sarcástica). Antes de dar con el hallazgo genial, Quiroga había ido vertiendo sus ideas en artículos de prensa cuyos títulos evidenciaban el tono burlón y paródico con que pretendía acercarse al asunto: "El manual del perfecto cuentista" (1925), "Los trucs del perfecto cuentista" (1925) o "La retórica del cuento" (1928), donde recordaría que habiendo sido "solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes a su composición", se propuso hacerles llegar una serie de trucos y reglas que a él alguna vez le habían servido, en la confianza de que también pudieran servirles a ellos. Se suponía que la inmersión provechosa en aquellas recomendaciones daría como resultado "una confección casera, rápida y sin fallas de nuestros mejores cuentos nacionales". No hay datos sobre aquellos supuestos "amigos" que querían producir cuentos sin el molesto expediente de tener que leer y escribir mucho, pues seguro que eran inventados: la ficcionalización de un aprendiz de escritor a quien el maestro se dirige para poner en sus manos su conocimiento práctico del oficio es una de las características de este tipo de textos.

Lo cierto es que en el decálogo de Quiroga hay mucho más contenido del que parece. El primer precepto tuvo como consecuencia la fijación de un primer canon internacional del cuento desde el punto de vista del ámbito hispánico. Esos cuatro fáciles nombres, Poe, Kipling, Maupassant, Chéjov, hoy aparentemente obvios, no lo eran tanto en 1927. La agrupación de los dioses tutelares ayudó a dar valor al género, a individualizarlo, a trazar líneas y tradiciones. Llama la atención el cosmopolitismo, la ausencia de nombres locales, y la inclusión de Chéjov, un cuentista de poética distinta e incluso contraria a la de los tres primeros, lo que, contemplado desde la perspectiva actual (Chéjov conecta mucho más que Kipling o Maupassant con la sensibilidad contemporánea –el caso de Poe es distinto– y su relevancia en el canon no ha dejado de crecer), resulta de un enorme acierto.

Los preceptos segundo y tercero aluden a disposiciones psicológicas del escritor y a una ética del trabajo. El cuarto aborda el tema de la vocación o la llamada, un problema surgido con la modernidad y que atraviesa todo el siglo XIX; Quiroga pone el foco de la respuesta no en la valía o en el talento ("capacidad") y mucho menos en el refrendo externo ("triunfo"), sino en la fe interior entendida como potencia activa del deseo, como una fuerza optimista que decide amar. El quinto precepto sitúa a Quiroga en el radio de acción de la poética de Poe; en realidad resulta casi una traducción literal del norteamericano, a quien leyó en la versión francesa de Baudelaire. De hecho, la versión de Quiroga compite en popularidad con la del propio Poe, hasta el punto de suplantarla.

El mandamiento sexto ha sido despachado comúnmente en tanto que cuestión de retórica aplicable a cualquier otra práctica escritural; además, se ha hecho escarnio del mal gusto de Quiroga en la solución al dilema planteado, cuando lo que precisamente defiende es la honrada entrega al argumento por encima de cualquier otra consideración. El séptimo habla de la necesidad de la economía de medios en el aspecto estilístico y retórico. El octavo se relaciona con el quinto y con la poética del final del cuento según Edgar Allan Poe. El noveno plantea un tema recurrente a partir del romanticismo, el de si hay que escribir dejándose llevar por el furor de la emoción o con la frialdad lógica de un constructor de textos, y qué relación hay entre el valor de lo escrito y una u otra posición. Lo interesante de este precepto no es tanto la posición de Quiroga como el hecho de que lo traiga a colación en una reflexión sobre el cuento, pues es un problema largamente tratado por los poetas: a lo que Quiroga está aludiendo implícitamente es a la cercanía (emocional, estilística, constructiva) del cuento con el poema. El décimo fue ponderado por Cortázar, que vio en él un acercamiento sencillo y expresivo a su propia poética: "La noción de pequeño ambiente da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, lo que ya en otra ocasión he llamado su esfericidad".

Quiroga sabía que en literatura los preceptos son un error, pues contienen siempre la posibilidad de su reverso. La forma apodíctica del decálogo, la parodia de las tablas de Moisés, el calificativo de perfecto para el aspirante a escritor que los obedeciera, no podían sino indicar una ironía, una broma ambigua que servía de parapeto antisolemne tras el que esconder algo más serio, su propia concepción del género. Estas dos características se van a perpetuar en la mayoría de los posteriores textos de este tipo, por sarcásticos que se pretendan: un conjunto irónico de consejos para aspirantes a escritores y una poética más o menos solapada de la escritura.

Quiroga tuvo una idea brillante, pero la sonriente facilidad de su decálogo resultó contraproducente. Queriendo lanzar el mensaje de que no valían recetas, devino modelo de recetarios. Ironía sobre ironía, es curioso que un microtexto concebido como crítica y sátira de las soluciones fáciles para escritores holgazanes haya terminado convirtiéndose en vademécum de toda clase de manuales y talleres de escritura. Desde entonces ha sido de buen tono desdeñar a Quiroga, a la vez que no hay escritor de cuentos que no haya intentado, en público o en privado, su propio decálogo: "Nueve de los preceptos (de Quiroga) son considerablemente prescindibles", escribió Cortázar.

Aunque el primero en abrir fuego fue Borges. Sabemos que el argentino mantuvo a lo largo de casi toda su vida una opinión muy negativa del uruguayo: "La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza". En 1948 Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo proyectaron escribir a seis manos un relato que nunca fue escrito, pero que dejó, fruto de aquellas reuniones, una lista borgeana de dieciséis consejos acerca de lo que un escritor no debía poner nunca en sus libros. El listado es hilarante. El punto ocho reniega de la enumeración caótica, una de las especialidades de Borges. El punto dieciséis pide "evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia", otro aviso sobre la inutilidad de toda receta, se diga una cosa o la contraria.

En 1968 la narradora argentina Silvana Bullrich publicó una curiosa "Refutación del 'Decálogo del perfecto cuentista' de Horacio Quiroga".

De 1978 es el "Decálogo del escritor" que el cuentista guatemalteco Augusto Monterroso incorporó en la biografía apócrifa del falso escritor Eduardo Torres. Tiene "doce mandamientos con el objeto de que cada quien escoja los que más le acomoden, y pueda rechazar dos, al gusto". Los temas tratados son: la ética del trabajo, para quién escribir, el rechazo del éxito, etcétera.

En 1987 Roberto Bolaño propuso el suyo, "Consejos sobre el arte de escribir cuentos", en gran medida a modo de canon personal, un conjunto algo áspero de filias y fobias en cuyo punto cuatro decía que había "que leer a Quiroga".

El español Antonio Pereira incluyó un decálogo sin título dentro del prólogo a su antología Me gusta contar (1999), compendio de su poética del cuento y de su estilo personal "cordial y amistoso", y en el que reivindica "el sagrado efecto único" de Poe.

Uno de los autores que se ha tomado con más seriedad la práctica del decálogo en tanto que forma privilegiada para las reflexiones metanarrativas, y que ha entendido que se trata de un subgénero específico, con su génesis, su desarrollo histórico, sus ejemplos eximios y sus diferentes modelos estilísticos es Andrés Neuman. Su "Dodecálogo de un cuentista" (2001) es un texto de poética en toda regla. Los enunciados que propone, "fruto del ensayo y del error", se sitúan en un cruce perfecto entre teoría y práctica, entre reflexiones sobre la naturaleza del género y postulados sobre el tiempo del relato, el ritmo, el comienzo y el final, los personajes, la atmósfera, el narrador, la voz, la economía de medios, los paratextos, etcétera.

Extremadamente sintéticos en la formulación (muchos de ellos son aforismos), los puntos de su (do)decálogo están llenos de sustancia y usan la metáfora como forma de pensamiento. Hay otro aspecto interesante y es su estructura narrativa. El texto se plantea como un enigma. Se abre como se cierra. 1) "Contar un cuento es saber guardar un secreto"; 12) "Terminar un cuento es saber callar a tiempo". Si el decálogo es a su vez un cuento, ¿cuál es el secreto que esconde? El secreto que esconde es exactamente el de la escritura de cuentos, la receta mágica de Horacio Quiroga. Comienza con la expectativa del secreto (su posible revelación) y termina con el silencio; es decir, a la vez que el decálogo-cuento deja sin revelar el secreto último de qué cosa sea la escritura de cuentos, anuncia que su propia naturaleza consiste precisamente en ocultar lo que sabe.

Neuman regresará al género en "Nuevo dodecálogo de un cuentista" (2006) y "Tercer dodecálogo de un cuentista" (2010), en los que continúa desgranando aforísticamente aspectos de su poética: "¿En qué consisten los dodecálogos de un cuentista? No son recetas para escribir cuentos en serie. Son pequeñas conclusiones en marcha. No son una poética fija, unitaria. Son aproximaciones diversas, siempre provisionales. No aspiran a dar lecciones. Solo a reflexionar entreteniendo". El manual de Ginés Cutillas —por el momento, la última manifestación de este género— tampoco aspira a dar lecciones, sino a reflexionar y entretener, y puede ser útil para curiosos y principiantes. ¡Larga vida a los decálogos del cuento!

Antonio Pereira, entre la seda y el hierro

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*Jesús Ortega es escritor. Su último libro es 'Álbum' (Huerta de San Vicente, 2015). 

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