Helena Resano (Pamplona, 1974) recibió en 2020 un mensaje a través de Instagram de un desconocido que le preguntaba por sus orígenes. Su nombre, Jean François Resano, despertó en ella un interés que creció cuando él le contó que su tatarabuelo había emigrado muchos años atrás desde un pequeño pueblo navarro hasta Biarritz. Sus descendientes, tiempo después, justo antes de la Segunda Guerra Mundial, crearon la empresa Transportes Resano S.A., que llegó a contar con más de 500 camiones y rutas por Francia, Bélgica, Portugal y España antes de ser vendida en el 2000. Sin saberlo, esos camiones que la periodista había visto tantas veces por las autopistas francesas escondían una historia profundamente personal.
La historia que necesitaba para lanzarse a escribir su primera novela, ya en librerías desde hace unos días con el título de Las rutas del silencio (Espasa, 2026), arranca en Navarra —en Falces, pueblito del que era natural su padre— a finales de los años 40, cuando las consecuencias de la guerra pesaban más que nunca. Desde allí emigra la joven Amalia, acompañada por sus padres, con destino a Biarritz, una ciudad también empeñada en recuperar su antiguo esplendor, donde ella fundará, efectivamente, una empresa de transportes que terminará expandiéndose por todo el sur de Europa.
A partir de este viaje al pasado, la novela avanza también en el presente, con una estructura de dos líneas temporales que nos lleva a conocer a su hija Esther cuando hereda la empresa familiar de transportes que su madre, Amalia, fundó desde la nada. En ese momento, además de los bienes y las responsabilidades, la hija recibe un legado muy especial: una serie de cartas que le permiten conocer a la verdadera Amalia, hasta entonces llena de secretos. Porque nunca es tarde (aunque, desgraciadamente, en ocasiones sí lo sea) para poner voz a los más íntimos silencios familiares.
"La narradora es la propia Amalia, pero el recurso de las cartas lo tomé prestado de mi propia vida, porque yo se las llevo escribiendo a mi hija desde que fui consciente de que estaba embarazada", cuenta a infoLibre Resano. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pues su hija tiene ya 23 años, y todavía no ha leído esas misivas: "En aquel momento me pregunté cómo iba a ser madre, y estas cartas me ayudaron a entenderme a mí misma, a plasmar mis miedos y a explicarle a mi hija cómo me sentía, seguramente porque ella, en algún momento de su vida, también se encontrará en esa tesitura".
Y continúa: "Amalia decide romper ese silencio que ha mantenido durante toda la vida de Esther en un momento muy determinado, un año después de haber muerto, porque cree que es cuando su hija va a poder entenderla como madre. Pero sí que es verdad que cuando escribíamos cartas, porque ahora ya no lo hacemos y escribimos otras cosas, en ellas te atrevías a confesar lo que quizás no habías podido decir justo en el momento de irte, de una despedida o de anunciar algo. Esta es la historia de Amalia y Esther, madre e hija, que van a tener que descubrir quiénes son a través de los silencios que ambas han mantenido en sus vidas, especialmente Amalia".
Unos silencios que a veces han sido "para proteger y otros para condenar", y que surgen de ese "poso" que quedó en tanta gente que intentó "luchar por su vida y su prosperidad, a veces con atajos que no funcionaban". "Y, muchas veces, lo que parecía ambición era más batallar por conseguir mantenerse y sobrevivir en una época muy complicada, especialmente para la familia de Amalia, que viene de Navarra, de una zona rural en la que cultivaban las tierras de otros y estaban encadenando varias sequías", comenta Resano. Añade, sin querer desvelar de más, que en esa búsqueda de un futuro mejor aparecen "personajes que son claves para ayudarle a que logre formar, al final, otra vida nueva".
No podemos estar constantemente viviendo en el pasado, pero sí que hay cosas que hay que recordar y reparar para no caer en la idea de que ya están superadas
Porque, tal y como recalca la autora, al final el amor también resulta clave en esta trama: el de unos padres a una hija, el de la hija a sus padres, el de Amalia hacía Esther. También el amor romántico y el de la amistad. Todas estas variantes son un "hilo conductor que va ayudando y empujando a los personajes a avanzar y encontrar la salida", pues, en esencia, "están en una huida hacia adelante".
Sin ser autobiográfica, esta novela establece un paralelismo con la vida de la periodista y escritora, pues el seguidor de Instagram que propició todo lo demás contactó con ella meses después de la muerte de su padre, un hombre ”muy curioso en cuanto al origen del apellido” según cuenta Resano. “Por él sabíamos que había muy pocos Resanos en España", explica. Y confiesa: "Pensé; 'Jo, qué rabia', esta historia le hubiese encantado a mi padre".
Empecé en el periodismo en 1996 y llevo 27 años presentando informativos ininterrumpidamente, pero no me quiero acomodar
Es por ello que Las rutas del silencio es un "homenaje" a los orígenes de su padre, y también de su madre, natural de Tudela, un "pueblo cercano de una zona de Navarra muy concreta que ahora vive, además, el drama de la despoblación". "Y la gente de Falces está enloquecida, dándome las gracias infinitas por haberles puesto en el mapa, porque es un pueblo que cada vez se va vaciando más, donde ya no hay negocios ni industria", señala Resano. La autora apunta también que varios capítulos están ambientados en la Pamplona en crecimiento de los años 40, mientras "se transformaba en la capital de provincia que es hoy".
Un viaje a una España en transformación, pues "no hace falta ser navarro para sentirse un poco identificado" con aquella generación que reconstruyó el país desde los escombros materiales y emocionales de una guerra que lo hizo todo añicos. "Yo creo que el error más grave que puede cometer una sociedad es olvidar su propia historia y los errores que se cometieron en el pasado", destaca. Así, la novela sirve también para, de alguna manera, apuntalar una memoria colectiva que, viendo lo que ocurre en el presente, parece más frágil de lo que debería.
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"Hay aspectos en los que estamos a punto de cometer los mismos errores y te preguntas '¿cómo puede ser?'. Es verdad que no podemos estar constantemente viviendo en el pasado, pero sí que hay cosas que hay que recordar y reparar para no caer en la idea de que ya están superadas", plantea Resano. La autora recuerda, además, que "no hace tanto tiempo" de todo aquello como para que se nos haya olvidado tan flagrantemente. "Estamos hablando de una generación o dos de distancia", apostilla.
Cambiando de tercio, califica de "maravillosa" su recién estrenada condición de novelista a los 52 años. "Sentirme novata, que al mismo tiempo es curiosa, es algo que nos mantiene vivos y que yo practico a menudo", asegura, pues a ella le gusta retarse y probarse en ámbitos completamente diferentes al más conocido por todos: "Empecé en el periodismo en 1996 y llevo 27 años presentando informativos ininterrumpidamente, pero no me quiero acomodar".
Por último, anticipa que ya tiene alguna idea en la cabeza para una siguiente novela, por ahora lejana, al tiempo que se muestra encantada con el lanzamiento de una segunda edición de Las rutas del silencio después de agotar los 15.000 ejemplares de la primera. ¿Y qué le aporta la ficción a una periodista que lleva tantos lustros contando la realidad en directo? "La ficción no está muy alejada de esa realidad, pero es verdad que leer te ayuda a liberar la mente, a viajar a otros sitios, a otras épocas. También te ayuda a descubrir otras formas de pensar y a entender quiénes somos", concluye.
Helena Resano (Pamplona, 1974) recibió en 2020 un mensaje a través de Instagram de un desconocido que le preguntaba por sus orígenes. Su nombre, Jean François Resano, despertó en ella un interés que creció cuando él le contó que su tatarabuelo había emigrado muchos años atrás desde un pequeño pueblo navarro hasta Biarritz. Sus descendientes, tiempo después, justo antes de la Segunda Guerra Mundial, crearon la empresa Transportes Resano S.A., que llegó a contar con más de 500 camiones y rutas por Francia, Bélgica, Portugal y España antes de ser vendida en el 2000. Sin saberlo, esos camiones que la periodista había visto tantas veces por las autopistas francesas escondían una historia profundamente personal.