Larga vida a las palabras muertas

Letras de madera.

Hace unos días, visité la villa del libro de Urueña; y, en Urueña, el Centro e-lea Miguel Delibes, a cuya entrada te recibe un poema en el que Antonio Colinas pregunta tres veces a los visitantes:

¿Conocéis el lugar donde van a morir

las arias de Händel?

Una de ellas, responde:

La música que más amáis

aquí tiene su tumba.

Lo leí al entrar, y luego accedí a una exposición que se anuncia con este propósito:

Entre todos los mundos creados por Delibes vamos a fijarnos en ése, en el que las palabras y las cosas se aíslan de la realidad y centran al individuo en los recuerdos, ya sean restos de adánicas infancias o bien vestigios de los naufragios del alma.

Pensé entonces que las que en ese espacio tienen su tumba, quizá arrulladas por las arias de Händel, son las palabras. En concreto, las palabras de Un mundo que agoniza, el que el escritor vallisoletano noveló.

Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble. Y la destrucción de la Naturaleza no solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante.

En ese mismo panel, mediante otro texto extraído de la misma obra, nos preguntamos con Delibes cuántos son los vocablos relacionados con la Naturaleza ―siempre con mayúscula―, que, ahora mismo, ya han caído en desuso y que, dentro de muy pocos años, no significarán nada para nadie y se transforman en puras palabras enterradas en los diccionarios e ininteligibles para el homo tecnologicus.

Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como por ejemplo aricar, agostero, escarbar, celemín, soldada, helada negra, alcohol, por no citar más que unas cuantas, van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la Naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisaje, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos.

En opinión del autor, el mero hecho de que nuestro diccionario omita muchos nombres de pájaros y plantas de uso común entre el pueblo es suficientemente expresivo en este aspecto.

"Están desapareciendo muchos oficios tradicionales de Cazorla y de Segura: cuchareros, pineros, recaderas y, con ellos, las palabras anejas a estos menesteres. Y es malo que así sea", dice José Cuenca, embajador, que tras recorrer medio mundo se sitúa ahora en La ruta de los monteseros y otros relatos, donde trata de recuperar localismos que enriquecen la Sierra. "Y algo más: los topónimos. Porque en este Parque Natural hasta los charcones de los ríos tienen su propio nombre".

(Abramos un paréntesis: la palabra "montesero", que no figura en el diccionario de la RAE, alude a esos hombres serios y enterizos, de palabra justa y reposada, que imponían respeto con solo su presencia y se movían con el empaque de la gente antigua de la Sierra).

Reivindica Cuenca su tarea, emprendida para poner las palabras "a salvo de la voracidad del olvido". Sin engañarse: "El tiempo viejo ya no volverá, lo sé muy bien. Pero las palabras son una parte sustancial del alma de esta tierra, y hay que preservarlas. Hace ya muchos años que se dijo que las cosas no nacen a la vida hasta que se las llama por su nombre".

Adiós, palabra, adiós

La desaparición de palabras es una constante en todos los lares lingüísticos, si acaso, la novedad es la aceleración del ritmo de desaparición, que corre pareja a la de un mundo que se extingue.  

"Con razón estamos trabajando para salvar todo tipo de especies de pájaros, insectos, árboles, plantas, grandes y pequeños seres vivientes, pero amenazados de extinción... Pocos se conmueven por la desaparición de las palabras. Sin embargo, están más cerca de nosotros que cualquier escarabajo. Dios sabe que no faltan iniciativas, ni manos ni dinero, para preservar el patrimonio, pero, si bien las palabras son tan parte de él como las piedras, las telas, la porcelana, el oro y la plata, no interesan a mucha gente. La ecología de las palabras está en su infancia ... ¿Y si trabajáramos para salvar las palabras en peligro?"

Son muchos los que se han empeñado en la tarea. Por citar sólo los que conozco, en 1994 Elvira Muñoz publicó un ambicioso Diccionario de palabra olvidadas o de uso poco frecuente que empezaba con "abacería" (puesto donde se venden ultramarinos al por menor) y terminaba con "zurullo" (porción compacta de excremento humano). No me quiero poner escatológica, pero ésta última, me consta, subsiste.

Diez años después, el francés Bernard Pivot publicó 100 Mots à sauver, 100 palabras que hay que salvar, vocablos franceses que se esfuman no sólo porque se eclipsan las actividades o los ámbitos que nominan y que "petrificadas en diccionarios obsoletos o humorísticos, enumeradas por lexicólogos historiadores, solo existen en obras literarias donde, intrigado pero perezoso, el lector las salta o las ignora con demasiada frecuencia".

En 2005, el escritor y autor de crucigramas Pau Vidal tomó el testigo en En perill d’extinció. 100 paraules per salvar, una denuncia del empobrecimiento de la lengua catalana. "El libro es una metonimia de lo que pasa, porque lo que peligra no es un ramillete de palabras que reculan, sino la lengua", declaró. Es decir: su lista no era, así lo explicaba en el prólogo, una recopilación de "palabras cultas que solo conocen los sabihondos, sino una recopilación de terminología popular, a menudo coloquial, que todavía está viva pero que se dice cada día menos". 

Palabras moribundas como las que Pilar García Mouton y Álex Grijelmo reunieron (2014), en su caso hasta llegar a las 150, en un libro que pretendía dar una segunda vida a ciertos términos cuyo significado hoy ignoramos pero de los que nos servíamos hace no tanto: chipén, pasquín, desgalichado, chiticalla, romadizo, almazuela, córcholis, mandil, encetar, garrotillo, elepé, tomavistas… mancar, tan habitual en Asturias.

Porque sí, hay palabras que nacen en el terruño o echan raíz allí donde son mejor acogidas. En mi Aragón natal espero que aún se utilice "ababol", que es una amapola. pero también una persona distraída, simple, abobada. Y en algún sitio he leído que en Canarias hay hombres que son "zorroclocos", es decir, tardos en sus acciones y que parecen bobos; es decir, que son ababoles, pero con una salvedad importante que la RAE subraya: un zorrocloco "no se descuida en su utilidad y provecho".

Las que se van... ¿volverán?

Los diccionarios utilizan la marca obsolescencia para indicar, además del potencial proceso de mortandad léxica, el uso restringido de ciertas palabras en determinados contextos. Como explica María Teresa Cáceres-Lorenzo, "en una obra lexicográfica, la asignación de la acotación de obsolescencia a una unidad léxica informa al lector que los autores de dicho diccionario la consideran anticuada, inadecuada a las modas o a las necesidades comunicativas más frecuentes. Asimismo, puede indicar que una determinada palabra ha iniciado un proceso de mortandad léxica". La marca de obsolescencia es también "una connotación estilística que hace referencia en el discurso a varias áreas léxicas: la terminología deportiva; la de distintos profesionales; grupos humanos marginales o con actividades específicas; las voces históricas que aún se utilizan, pero que se refieren a realidades de una época pasada; etc."

En nuestro caso, las palabras obsolescentes que nos interesan son las que ya no nos sirven, son puros arcaísmos, han perdido su función, incluso las que son útiles (designan cosas, labores o estados de ánimo que siguen vivos) pero pasan de moda. Cuando cualquiera de esas cosas sucede, la tarea de expedir el certificado oficial de defunción (si del español se trata) corresponde a la RAE, que las elimina de la nueva edición de su diccionario y las embalsama en el Diccionario Histórico. Es triste, se justifican los académicos, pero la lengua es dinámica, nunca está quieta.

Tanto, podemos añadir, que vocablos abocados a la desaparición o directamente expulsados del repertorio de la lengua encuentran, gracias a esa energía propia, una nueva vida.

En la introducción de su libro, Grijelmo y García Mouton recogen el caso de "azafata", una palabra muy viva que llegó a estar muerta; su resurrección es un motivo de esperanza. Los hablantes usamos de manera habitual vocablos que se fueron (alcuzcuz) que ahora vuelven con la cara lavada (cuscús). Y hay, o al menos hubo (aquí o aquí), iniciativas para apadrinar palabras en riesgo, llamamientos a los hablantes para que salven una palabra…

¿Cuál es la tuya?

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