Una lección de género

El prisionero de la planta 15 - Salvador Perpiñá.

Harper Collins. 2026.

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Toda novela negra requiere la construcción, junto al lector, de un personaje llamado detective. En este caso, ese detective es un excombatiente de la División Azul con una brecha en la cabeza y la memoria perdida. La diferencia entre la novela negra y el thriller está en que la primera atiende a las causas y el segundo a los efectos. En esta novela, Salvador Perpiñá, con la consistencia de un guionista audiovisual curtido en reconocidas series y en cine, plantea una obra bien engrasada y engranada, donde el caso que encara el detective funciona a veces como un macguffin al servicio del thriller, mientras que la novela negra se reserva para lo que de verdad importa: los efectos de las lagunas de la memoria, el pasado y las relaciones rotas, irresolubles en ese momento de la vida en que todo cambia y ya no vuelve a ser lo que fue.

Toda novela negra es, en realidad, dos novelas: una que escudriña las causas, los antecedentes, y otra que, como la novela de suspenso, avanza en la trama hacia el hallazgo de la verdad y la restitución del orden social quebrado. Todorov también decía que se trata de una dualidad: la historia del crimen y la de la pesquisa.

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La primera historia, la del crimen, existe desde antes de que comience la segunda. La historia se inicia con un hombre solitario: el Edificio España, con sus 26 plantas y 117 metros de altura, que las enciclopedias registran como el edificio más alto de España hasta la construcción de la Torre de Madrid, es una cárcel: como las otras cárceles que descubriremos pronto. Ese hombre habitó sucesivamente: la División Azul, el frente de Stalingrado, los gulags, el retorno en el Semíramis casi quince años después. El desmemoriado, ese hombre que se dedica a la investigación, Víctor Cano, nos llevará, en la pesquisa, hasta los límites de la memoria y la elaboración autobiográfica. Generalmente, los personajes de esta segunda historia, la historia de la pesquisa, no actúan: aprenden, se curten. En El prisionero de la planta 15, mutan, avanzan irremisibles hasta su transmutación.

El género suele postular la inmunidad del detective, pero Víctor Cano se convierte en cazador y cazado, perseguido por su propio pasado. Suele también el género ignorar completamente la primera historia del libro, pues es la segunda historia la historia del libro mismo; pero esa “primera” historia es aquí un thriller también silenciado —una historia construida por otros— que el Estado español nacionalcatólico, en los años 50 del siglo XX de cara a la galería internacional, silenció: el apoyo a los nazis en los años cuarenta. También señalaba Todorov que la primera historia es la de una ausencia. Aquí, la ausencia es la absoluta desmemoria (¿de un hombre? ¿de una sociedad? ¿de un país?), la recuperación, como en los replicantes de Blade Runner, de una historia vivida, de unos recuerdos atravesados por ese hilo imaginario que da sentido a la sucesión de la vida. Somos esa suma de recuerdos, pues apenas conservamos células primigenias: solo algunas neuronas de nuestro cuerpo son más antiguas que nuestros primeros recuerdos.

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Víctor Cano, en una maravillosa ambientación del Madrid de 1966, jalonado por costumbres, usos culturales, marcas, una ciudad incipiente habitada por ladrones de barrio rico, esclavos y pandilleros de barrio pobre, avanza entre el vapor de su memoria hacia el descubrimiento de sí mismo. Todo detective, desde las fábulas de Esopo, desde Edipo, averigua algo de él mismo en cada caso. Por eso Cano se implica en el mundo descubierto, en ese mundo donde se desarrolla la historia de la pesquisa: protege a sus personajes, enmienda los entuertos, incluso los propios.

El thriller exige la continuidad de la tensión, el suspenso. En la segunda historia, la de la pesquisa, no se trata solo de descubrir el crimen sino de evitar la comisión de uno nuevo. Quizá la formación de guionista, y sobre todo su formidable incursión en el mundo del relato, posibilitan que Salvador Perpiñá pueda entretejer una novela que se lee y se vive con intensidad, que remata los episodios en su lugar justo, que invita a la lectura. Una novela, llegada esta altura del siglo XXI —lector y autor impregnados por el aura audiovisual— también requiere de la descripción, pero del modo que la sociedad actual la deglute: los guiños a los años sesenta, a los efectos sobre los setenta y los ochenta, a los antecedentes de la supuración de la guerra civil, muestran el recuerdo de una España que se debate entre la nostalgia y la aversión. Ambientaciones y personajes que enmarcan una novela llamada a abrir el frasco de nuestra historia durante el franquismo, de esos posibles detectives que fueron silenciados porque, tal y como señalaba Juan Carlos Rodríguez, en la España franquista no podía haber novelas policíacas, pues solo había torturadores. En este caso: y torturados.

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* Alfonso Salazar es escritor.

El prisionero de la planta 15 - Salvador Perpiñá.

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