Luis Landero en el teatro del amor

Una historia ridícula

Luis Landero

Tusquets (Barcelona, 2022)

En el título se pone énfasis en la historia que se cuenta y en su condición de ridícula, más que en Marcial, el personaje, narrador protagonista, quien nos refiere su vida, se describe, autorretrata o reflexiona sobre su aspecto físico, en varias ocasiones (páginas 32, 168, 170, 171 y 225). No menos significativos resultan también el principio, cuando se presenta el narrador protagonista,  y el final de la novela, como veremos.

La narración se compone de 48 capítulos, pero podría decirse que todos ellos apuntan al desenlace, a los episodios en que conocemos el cuento que escribió Marcial, Mi pequeña fauna (páginas 175-187); la tertulia en la casa de Pepita (páginas 230-283) y la perorata final del protagonista, titulada Asalto a la casa de la mujer amada, que puede entenderse como una variante del clásico motivo del asalto a la torre (páginas 264-283); junto con los sorprendentes hechos que se sucedieron, la manifestación de “una especie de superpoder”, con los que concluye el testimonio de Marcial y el libro.

He tenido la impresión de hallarme ante otro de esos narradores sospechosos, poco fiables. Por ello, la voz del protagonista, que nunca dejamos de oír, lo delata pronto ante el lector, que es probable que lo vea como un tipo neurótico y, en el fondo, acomplejado; en suma, un individuo ridículo, sí. Es, en efecto, una voz que adolece de los tics propios del empobrecimiento del lenguaje actual: palabros (apunte por comentario), frases hechas o cursis (pincelada, por idea o comentario), repeticiones, expresiones a la moda del día (protocolo en vez de norma; a modo de; a pie de obra; comiéndome la oreja…), anglicismos, y como tales, innecesarios (evento se repite en varias ocasiones), etc. En cambio, se burla con razón del uso del adjetivo encantador, “palabra que odio”, nos dice, y tacha de “ridículo lenguaje”, y de la proliferación de emoticonos. Pero también hallamos la descripción de un carácter, y un personaje a quien iremos conociendo por su manera de pensar y sentir, al transmitirnos sus cuitas, al observar el trato singular que mantiene con los demás. En suma, la novela aborda las consecuencias que tiene un amor infructuoso, los fingimientos de un enamorado; en definitiva, la conducta de un individuo que se siente enamorado de la mujer equivocada.

Por lo que se comenta en el desenlace, hubo un juicio en el que varios de los protagonistas secundarios declararon, desmintiendo algunas de las presunciones de Marcial, quien años después escribe “este informe o exposición”, que denomina también “crónica verdadera” y “alegato”,  que la novela fue una petición del doctor Gómez (no llegamos a saber, a ciencia cierta, de quién se trata, aunque quizá sea el psiquiatra que lo atiende), quien nunca interviene en la acción, pero que desempeña el mismo papel que vuesa merced en el Lazarillo, pues le pide que relate su caso. Así ocurre diez años después de que transcurrieran los hechos, creyendo que tendrá también otros lectores, además del doctor, que puedan juzgarlo.  

De Marcial, además, podemos decir que se trata de un hombre sin sustancia, un tipo acomplejado, inseguro y suspicaz, un eterno ofendido y un desclasado que por amor intenta fingir ser quien no es, tener la cultura de la que carece. El caso es que sucumbe ante la belleza, la cultura y la discreción de Pepita, que no se llama así, sino Marisé, Marijó o Mariajo. De este modo, el narrador resulta ser un personaje tragicómico, un tiquismiquis y un resentido, con mucho de patético, si no fuera un adjetivo desgastado por el abuso que se ha hecho de él, con una visión del mundo pesimista, muy crítica, y que, en gran parte, me parece que comparte el autor. Contrástese el autorretrato que nos proporciona, ha trabajado como matarife, con las descripciones que traza de Pepita, una estudiante de historia del arte, de familia bien. Ella es lo que es, tal y como se nos presenta; en cambio, él pretende aparentar ser quien no es, un fingidor, resultando, al fin y a la postre, en el teatro del mundo, un mal comediante.

Entre lo serio y lo humorístico de la historia, me decanto por lo que tiene de novela cómica, de historia ridícula. No en vano, el adjetivo ridículo aparece en numerosas ocasiones, empezando por el mismo título, que procede de una frase del desenlace. Así, los tiempos que vivimos le parecen a Marcial ridículos; no desea que los demás lo consideren un hombre ridículo, algo que luego dejará de importarle y él mismo se sienta así; teme que al “malicioso” doctor Gómez la historia que cuenta le resulte ridícula; como también teme que la bandeja de pasteles que sostiene, el obsequio que lleva a la tertulia, le dé un aire ridículo; algunos momentos de espera en la tertulia le resultan interminables y ridículos, así como ciertos hechos que allí ocurren. Se trata, por tanto, de un hombre obsesionado por no resultar ridículo (páginas 13, 57, 174, 202, 231, 234, 258, 276, 277 y 281).

El caso es que Marcial se muestra siempre serio, habla en serio (en su decisión de decantarse por el odio, el rencor, la venganza…), pues carece de sentido del humor, pero diría que lo que cuenta mueve a risa al lector, pues al fin y a la postre el humor se impone a la tragedia, desembocando en una historia tragicómica, con ribetes grotescos.

Podría decirse también que la novela cuenta la transformación que sufre el protagonista debido al amor que siente por Pepita, en lo que insiste el narrador en un par de ocasiones: “Aquello fue una auténtica metamorfosis, tanto o más que la que cuenta Kafka, del que ya hablaré más adelante”; o: “Así fue como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté convertido en un ente sublime y ridículo a la vez…”. Y, en efecto, se referirá al autor de El proceso en unas cuantas ocasiones más. Por ejemplo, al comienzo del capítulo 34 Marcial cuenta que, en el colegio, un profesor le prestó La metamorfosis y que le gustó, pero, además, confiesa: “no acabo de entender por qué todos en la novela consideran que es una tragedia convertirse en un insecto. A mí me parece que es una suerte, y desde luego yo he aceptado con alegría y orgullo mi secreta condición de insecto”, tal y como se pone de manifiesto en el cuento intercalado y en la tertulia en casa de Pepita, donde se comenta que se trata de “una versión paródica de La metamorfosis de Kafka”, o que “es imposible leerlo [el cuento de Marcial] sin acordarse de Kafka, sobre todo al final, cuando se convierte en insecto por sus propios méritos”. Sin embargo, cuando se acerca el desenlace de nuestra novela nos dice al respecto: “Ahora comprendo la tragedia de aquel viajante de comercio de Kafka convertido de repente en insecto”, con lo que Marcial se iguala, en cierta forma, con Gregorio Samsa. Señala también el narrador que, al enterarse de que los padres y abuelos del escritor checo habían sido carniceros, motivo por el cual quizás él fuera vegetariano, “hizo que me cayese bien y que me sintiera unido a él por el sentido trágico de la existencia”. Y concluye el párrafo comentado que “Kafka no era ni un comediante ni un burlón, ni tampoco un escéptico”, como le parecen, en cambio, los contertulios de Pepita. Y un poco más adelante, reconoce que, por entonces se empolló a Platón y a Kafka para deslumbrarla. Todo este discurso último de Marcial, en cierta forma, parece remedar el Informe para una academia, de Kafka.

Pero es el mismo Landero quien ha explicado que el narrador checo nos ha enseñado que las minucias cotidianas pueden convertirse en pesadillas y condicionar nuestra existencia, según ocurre en algunas escenas del cine cómico mudo, y hasta ese punto podemos resultar ridículos. Así ocurre en el desenlace, cuando el gato se enreda en los pies de la doncella y se le cae el cuenco de gazpacho que llevaba sobre algunos tertulianos (página 282); y todo el episodio de la bandeja de pasteles, que transcurre durante el capítulo 42, “la maldita bandeja” que Marcial lleva como regalo a la tertulia de Pepita, se desarrolla con la comicidad propia del cine mudo. A Marcial le sugiere el siguiente comentario: “Véase cómo las minucias de la realidad, si uno se enreda en ellas, adquieren tanta o más importancia que los lances trascendentes”. A este respecto, Landero le comenta a Justo Barranco en una entrevista: “Kafka ha sido para mí muy importante, no es que esté mucho en este libro, pero en el fondo sí está” (La Vanguardia, 19 de marzo 2022). Sobre la presencia de Kafka en esta novela, véanse las páginas 42, 171, 188, 200, 234, 235, 253, 254, 270 y 275, de las que también proceden las citas.

Los personajes secundarios aparecen siempre al servicio del relato de Marcial: Suárez, su historia intercalada, y la “amistad platónica” que mantienen (páginas 91-93 y 98); Natalia, la puta, con quien se muestra muy cruel porque no le dice lo que él quiere oír (página 209); la mesonera, cuya historia intercalada se cuenta en el capítulo 12; Ibáñez, el vecino, presidente de su comunidad; y en la tertulia, entre otros, Víctor y Fidel, pretendientes de Pepita y rivales, por tanto, de Marcial, o Vicky, “la mujer del suelo”, “la mascota y guardiana del grupo”, a quien el narrador retrata con detalle, adquiriendo un cierto protagonismo en las escenas finales.

Del cuento intercalado, Mi pequeña fauna (páginas 175-187), se nos proporciona una parte y el argumento de lo que falta, de modo que podamos hacernos una idea cabal de qué pretendía su autor. Así, nos cuenta la historia de un individuo que se identifica con los animales, más que con los humanos, y acaba conviviendo con la fauna del título del cuento y con una rata como animal de compañía. No sé si es necesario recordar que la rata tiene una larga prosapia literaria que va, en la literatura contemporánea, de Kafka a Bolaño y Chirbes. El tercer capítulo se cierra con otra historia intercalada, la del clérigo Eulogio, cuya coherencia lo llevó al martirio, recurso cervantino este de intercalar historias en el desarrollo de la trama principal.  

El humor surge de lo que se dice, pero también de la manera que tiene Marcial de expresarlo, cuando se muestra solemne, redicho o pagado de sí mismo, hasta la ridiculez; del contraste entre sus aspiraciones y deseos y la realidad que observa el lector, entre lo que le cuenta a Pepita y lo que hay de verdad en todo ello. La metanovela y la intertextualidad aparecen sobre todo en la perorata final de Marcial: las alusiones a la mala letra (páginas 268, 270 y 274), en contraposición a la buena letra de Rafael Chirbes; la referencia al primer verso de la Egloga I, de Garcilaso (“El dulce lamentar de dos pastores”, en referencia a Salicio y Nemoroso, con quienes compara a Pepita y a uno de sus pretendientes, el historiador) (página 269); la alusión a El mercader de Venecia: “Escúchenme [se dirige a los tertulianos] como si llevaran en la cabeza un bonete y estuvieran en el senado de la antigua Venecia. Hay una libra de carne en juego, y el cuchillo está listo” (página 273); la comparación de su encuentro con Pepita con el de Dante y Beatriz (página 274); y la alusión del gesto de Espronceda al llegar a Lisboa, cuando tuvo que huir a Londres, por liberal, en el verano de 1827 (la referencia me la proporciona Guillermo Carnero, a quien se la agradezco) (página 276). Aunque antes, al final del capítulo 34, Marcial compara las argucias de Pepita para aplazar una nueva cita, las propias de todas las mujeres, según él, con las de Penélope, al enfrentar a sus pretendientes entre ellos; y a comienzos del 37 se alude al motivo de la enfermedad de amor. Landero no es Marcial, claro está, ni siquiera se muestra piadoso con él, pero en algunos pasajes, en las explicaciones del personaje, nos parece oír el eco las ideas del escritor, como ocurre al comienzo de los capítulos 21 y 42, entre otros muchos que podrían aducirse, por solo recordar un par de ejemplos más.

Todo el relato está narrado para desembocar en el desenlace, en la escena de la tertulia en casa de Pepita, con la perorata del protagonista, una especie de traca final de la historia que este ha querido contarnos. El capítulo de cierre resulta extraordinario y desempeña una función semejante a la apoteosis en la revista, pues cambiando de registro, compone una escena de realismo mágico, que dirían los personajes de esta historia, que se convierte en la prueba definitiva del “poder destructivo, pero ahora con más fuerza que nunca” del protagonista, que sigue la escena en trance, en éxtasis; poder anunciado en diversas ocasiones (por ejemplo, en las páginas 200, 260 y 279), pero en el que nunca llegamos a creer. Así, las partituras abandonan volando los atriles hasta la calle y, tras ellas, los visillos; el piano se pone a tocar solo, y la porcelana que lo adornaba se cae y se hace añicos; la lámpara del techo se pone a oscilar; el suelo aparece lleno de sangre y allí, caídas, están la gruesa doncella y Vicky; Pepita tiene las manos y el regazo empapados en sangre, sin poder emitir unos gritos, mientras que su padre da la sensación de implorar a los cielos. Aquello, comenta Marcial, “parecía el fin del mundo”. Solo Fidel, el violinista, el único que parece sintonizar con el narrador, “permanecía en su puesto, con la cabeza baja, recogido en sí mismo”. Pero lo más extraño ocurre cuando Gil López de Navarrete, al que llama “el cuarentón ingenioso y el simio ilustrado”, avanzó hacia el narrador con una herida en el rostro que le sangraba y llevando un objeto punzante lleno de sangre, de modo que este se defendió con su navajilla múltiple, a la que ya se había referido en otras ocasiones. El caso es que la mano de Marcial, empuñando la navaja, pero solo la mano, no él, “la mano del destino”, le seccionó a Gil la yugular. A ello le sigue, en el relato de Marcial, el enredo del gatazo Garabato con los pies de la doncella, al que ya nos hemos referido, que acabará despachurrado, y el origen de algunos de los sorprendentes sucesos que hemos referido (páginas 278-283). En síntesis, la venganza de Marcial, lo que él relata como una “portentosa y magistral combinación de circunstancias”, que no sabe a ciencia cierta si se trató de “cosa del azar o de la poderosa fuerza de mi inspiración”, por las humillaciones a que lo han sometido y por el desapego de su enamorada.

Novela excelente, con más capas de las que pudiera parecer en una primera lectura apresurada, como todas las recientes de Luis Landero, a esta obra solo le haría un reproche, y es que las referencias y alusiones culturales no siempre se corresponden con las que suele tener un individuo de la formación y conocimientos de su narrador. El sentido de la novela podría decirse que comienza en la misma cubierta del libro, donde un pavo real se mantiene en equilibrio sobre el borde del respaldo de una silla, una armonía –digamos– que Marcial no podrá sostener cuando se decida a desplegar sus modestas plumas en las escenas finales.

Al fin y al cabo, según nos dice al comienzo del capítulo 42, cuando volvemos a oír la voz de Landero, tratando de su propia poética: “las historias que se cuentan hoy ya no están hechas con materiales nobles (…), como las de otros tiempos (…), sino que se inspiran en insignificancias y tontunas, porque así es esta época, donde ya no hay altos ideales y ambiciosos empeños, y todo es pueril, plebeyo, ridículo y absurdo”. Por fortuna, y creo que Landero no me desmentirá, el empeño por regenerar la sociedad española, la lucha contra la pandemia o por la libertad de Ucrania, desmienten en buena parte ese pesimismo. Pero a ver quién sería capaz de componer con estos mimbres, una novela compleja, una verdadera buena novela.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

Carmen Martín Gaite, entre el artículo y el ensayo

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