Carmen Martín Gaite, entre el artículo y el ensayo

La búsqueda de interlocutor

Carmen Martín Gaite (Prólogo de Manuel Longares)

Siruela (Madrid, 2021)

 

Si se hiciera una encuesta sobre los mejores libros ensayísticos del siglo XX, entre gente que conozca bien la materia, me parece que este de Carmen Martín Gaite (1925—2000) estaría entre ellos. Se publicó por primera vez en 1973, en la pequeña editorial Nostromo, a la que la autora estaba estrechamente vinculada, y antes de la edición que ahora nos ocupa, se han sucedido, al menos, tres más (1981, en Destino; 2000, en Anagrama, la definitiva; y 2016, en el volumen de Ensayos II, tomo V de las Obras completas, publicadas por Espasa Calpe y Círculo de Lectores, con prólogo de Jordi Gracia). En suma, ha tenido varias ediciones en cuatro casas editoriales distintas, lo que está muy bien para un libro compuesto en exclusiva por artículos, ensayos y conferencias. Recuérdese, además, que la autora ejerció con brillantez la crítica literaria en diversos medios, como Informaciones, Abc, El País, Diario 16, La Vanguardia, El Mundo, El Sol o la revista Saber leer, de la Fundación Juan March. Otros textos proceden de revistas importantes, tales como Triunfo, Cuadernos para el Diálogo o Revista de Occidente. Y tampoco está de más recordar que fue ella quien puso en contacto a Rafael Chirbes con Jorge Herralde, llamándole la atención al editor sobre el interés de Mimoun (1988), su primera novela. Carmen Martín Gaite es, por tanto, mucho más que una autora de novelas y cuentos.

El libro se inicia con un prólogo del escritor Manuel Longares, amigo de la escritora, en el que cuenta el trato que mantuvieron. No está de más recordar que la autora había colaborado también en los distintos suplementos literarios que coordinó el autor de Romanticismo. Luego vienen los prólogos que ella misma les puso a las tres primeras ediciones del libro, en los que explica cómo fue suprimiendo (por ejemplo, el cuento Tarde de tedio, fechado en 1970, que pasó a formar parte de sus Cuentos completos) y, sobre todo, añadiendo textos (en la segunda edición introduce siete artículos y en la tercera, doce más), hasta la versión definitiva, compuesta por treinta textos. Como la misma autora precisa, algunas de las opiniones que vierte en ellos, señala en cuáles, fueron reelaboradas en una de sus mejores novelas, El cuarto de atrás (1978). El trabajo más antiguo data de 1958, mientras que el más moderno es de 1998. Por tanto, se trata de trabajos aparecidos a lo largo de cuarenta años. Cuando se publica el primero, tenía 33 años, mientras que el último vio la luz dos años antes de su muerte. 

El libro adopta el título de uno de los artículos porque, nos aclara, "es también el más ilustrativo de cuanto vengo diciendo: toda búsqueda de aprecio, de identidad, de afirmación o de confrontación con el mundo se reduce, en definitiva, a una búsqueda de interlocutor" (página 18). Así, el motivo conductor de casi todos estos textos es la necesidad misma de contar con alguien con quien podamos intercambiar opiniones, "unos ojos que nos miren, pregunten o escuchen" (página 21), con quien entablar un diálogo, la necesidad de ser escuchada por quien quiera atenderla. Sin embargo, en el 2000, en el prólogo a la tercera edición, se muestra pesimista, pues constata el "empobrecimiento e inconsistencia de aquello que los hombres se dicen y cuentan unos a otros" (página 21). El caso es que dicha búsqueda habría que relacionarla, entonces y hoy, con la tendencia ¿solo española? a no prestar atención a cuanto se nos dice.

Carmen Martín Gaite comenta también que no es lo mismo charlar que dialogar; como tampoco lo es hablar, el relato oral, que escribir, tal y como se apunta en el texto que da título al conjunto y en Conversaciones con Gustavo Fabra, un obituario —diría— en el que intenta dar con el género adecuado para contar lo que le preocupa con respecto a su amigo, siendo ambas la base de Retahílas (1974). Pero no se trata de meras especulaciones, sino que dichas reflexiones tienen presencia y protagonismo en sus obras. Quizá no esté de más recordar que el malogrado Gustavo Fabra Barreiro (1945—1975) fue en su momento un ensayista y crítico muy tenido en cuenta. Entre sus obras destacaban: El discurso interrumpido (1977), una recopilación de sus artículos sobre literatura, y el volumen colectivo sobre Los gallegos (1976).

A Charlar y dialogar, conferencia que dio en Granada en 1998, dedica el último trabajo del libro y uno de los más atinados. Ya en la primera frase afirma, con cierto énfasis, que "la expresión oral (…) es la cantera principal de donde extrae material la novela" (página 229). Distingue entre hablante y oyente, utilizando ejemplos tan notables como La montaña mágica (1924), el diálogo entre Naphta y Settembrini. Y agradece a los críticos e investigadores, en especial a la "ilustre profesora" italiana, así la llama, Maria Vittoria Calvi (no es frecuente que los escritores se muestren agradecidos con quienes han dedicado una parte importante de su vida a estudiar sus obras, en eso Carmen Martín Gaite también fue generosa), que analizara el uso del habla coloquial en su obra narrativa, la técnica del diálogo como vía de conocimiento. 

A lo largo del libro, Martín Gaite se ocupa de numerosos asuntos, como lo que denomina "la sed de espejo", la necesidad "de ser reflejados de una manera inédita por los demás" (página 27); denuncia las predicciones sobre el fin de la literatura, que décadas después han seguido repitiéndose, con el mismo escaso fundamento (página 38); se lamenta de la falta de diálogo, de que la comunicación sea mera ficción, en otro artículo excelente, y premonitorio de lo peor, titulado "Las trampas de lo inefable", fechado en 1972 (página 88); distingue entre los quejosos y los quejicosos, aquellos que se quejan sin causa y de manera afectada, mientras que los primeros se lamentan porque quieren arreglar, reformar lo que no funciona (página 145); y recuerda, por último, la Salamanca, en la que nació y vivió hasta los 23 años, "la novia eterna", y donde publicó sus primeros versos; la ciudad que inspiró su primera novela, los omnipresentes visillos en las ventanas, los vencejos (que reencontraremos en Álvaro Pombo y en Fernando Aramburu) y en la que destaca el río, los puentes, las dos catedrales, la Plaza Mayor, "una de las más hermosas del mundo", la del Mercado, con los charlatanes, los cruces de miradas, las clases en el Palacio Anaya y otras casas notables de la ciudad.  

En estas páginas aparecen también muchos de sus grandes amigos, como Ignacio Aldecoa (el artículo que le dedica en 1969, con motivo de su muerte, un preciso retrato, debe de ser uno de los más leídos y citados de nuestra autora, y es el embrión de otro de sus grandes libros: Esperando el porvenir. Homenaje a Ignacio Aldecoa, 1994), "una voz diferente de las demás" y "quien más ha influido en mi vida" (páginas 46 y 51), incluso más que su propio marido, Rafael Sánchez Ferlosio, u otro de sus grandes amigos, Juan Benet. No en vano, en el siguiente artículo confiesa: "me atraen las personas inclasificables", como son los citados (página 63). En el artículo que ahora nos ocupa, basado en las vivencias de la propia autora, en cierta forma cuenta una época, y concluye con una sentencia: con la muerte de Aldecoa, los años 40 y 50 empiezan a ser historia en España, y el testimonio que nos deja la autora hoy lo apreciamos, como ayer, muy valioso.   

El trabajo sobre Melchor de Macanaz (1670—1760), entonces un exiliado completamente olvidado, lo lleva a cabo en una etapa de su trayectoria, durante la primera mitad de los sesenta, en la que se siente decepcionada con la literatura, que —confiesa— había dejado de interesarle, y se está produciendo un auge de los estudios sobre el siglo XVIII español. Recuérdese que entre 1958 (Entre visillos) y 1963 (Ritmo lento), solo publica los cuentos que componen Las ataduras (1960), y su siguiente obra narrativa tiene que esperar hasta 1974 (Retahílas). Se trata, en esta ocasión, de un artículo que ve la luz después de la aparición del libro, que publicó Moneda y Crédito en 1970, El proceso de Macanaz. Historia de un apaleamiento, reeditado entre 1988 y el 2019 en Anagrama, Espasa, DeBolsillo, Siruela y Taurus, para explicar el porqué de su interés por el ilustrado.

El artículo titulado Tres siglos de quejas de los españoles sobre los españoles, publicado en 1971, podría compararse con La imagen de España (1986), de Francisco Ayala. Lo que allí se comenta sobre el carácter y defectos de los españoles, sobre los males de la patria, diría que sigue teniendo hoy vigencia. Así, se queja de que "en pocos países como en el nuestro gustará tanto hablar y tan poco escuchar"; y sentencia: de un pueblo que no sabe escuchar ("¿Quién oye aquí?", recuerda la pregunta que se hizo Larra), no puede esperarse que sepa entender lo que lee. Al respecto, pone como ejemplo a Unamuno, a quien a lo largo del libro le hace el mismo reproche: "se murió sin haber escuchado nunca a nadie" (página 74). Quizás esa impresión tan negativa la heredó de su padre, a quien el escritor solía visitar en Salamanca, pues eran amigos. Además, critica el "afán de mimetismo", "la tendencia a aceptar con entusiasmo cualquier novedad que llevara el marchamo de extranjera", pues como decía Torres Villarroel, "los españoles son los micos de la especie" (página 76). Y en tercer lugar, por lo que se refiere a la modernización y europeización del país, opina que la tradición debe respaldar lo nuevo, como señalaba Feijóo, un autor que nuestra autora había antologado en 1970.

En cuatro de estos artículos, sobre todo, muestra su preocupación por la vida y costumbres de las mujeres. Se trata de La influencia de la publicidad en las mujeres, Las mujeres liberadas, De Madame Bovary a Marilyn Monroe y Contagios de actualidad. En el primero, recogido en 1965 en un número extraordinario de la revista Cuadernos para el Diálogo dedicado a La mujer, concluye afirmando que "el daño más notable que hace la publicidad a la mujer es el de colmar fraudulentamente su deseo de ser tenida en cuenta y escuchada" (página 108). En el siguiente señala que es necesario "entender que el relacionarse con los demás es siempre arriesgado y condicionante, pero también enriquecedor. Y que hay que elegir entre estar con los demás o estar solo" (página 117). En el tercero compara a Madame Bovary, la protagonista de la novela de Flaubert, que ella tradujo para Bruguera en 1982, con la mítica interprete de Con faldas y a lo loco, y concluye que se parecían en lo esencial, en que les impusieron los cánones de triunfo y fracaso y en que murieron de la misma enfermedad: "de la impotencia de aguantarse a palo seco a sí mismas, al fallarles las referencias a la imagen falsa que de sí mismas las habían obligado a componer" (página 128). Concluye el artículo volviendo a formularse unas preguntas que —confiesa— se había hecho en numerosas ocasiones, y que hoy podríamos dirigirles también a los hombres, entre ellas: "¿por qué las mujeres tienen tanto, tantísimo miedo, un miedo tan específicamente distinto, a la soledad?" (página 128). Y en el último de los cuatro, se ocupa de la obsesión femenina por la belleza.

La autora muestra su admiración por Larra, a quien considera "el más inteligente representante de la nueva generación liberal" y "uno de los escritores españoles más lúcidos y penetrantes de todos los tiempos" (páginas 73 y 79). Se queja de la manipulación que se ha hecho de las letras de algunas canciones recogidas en el primer volumen del Cancionero general (1972), recopilado por Vázquez Montalbán. Se trata en concreto de dos coplas, el Romance de la otra y Ojos verdes, cuyos textos, denuncia, aparecen, en una mutilada, y en otra tergiversada, restituyendo las letras (página 153). Pondera El otoño del patriarca (1975), de García Márquez, novela que considera superior a Cien años de soledad (1967). Para ella, se trata de un relato psicológico que pone de manifiesto la absoluta soledad del protagonista. No es, por tanto, como se ha dicho ("la crítica literaria, reducida en gran parte a un mero ejercicio clasificatorio", acusa), "la novela de las víctimas del tirano, sino la novela del tirano como víctima" (páginas 172 y 173). De El doctor Jekyll y Mr. Hyde (1885), de Stevenson, señala que la innovación más interesante es que el doctor no aparezca como narrador en primera persona hasta el final del libro, y concluye que "Jekyll, al convertirse en Hyde, se libera a sí mismo del pesado fardo de una educación que reprimía la mirada al abismo" (página 180). En otro artículo, confiesa que la relectura de Otras voces, otros ámbitos (1948), novela de Truman Capote, que le había recomendado dos décadas atrás el matrimonio Aldecoa, ha hecho que la entienda mejor y que ahora le haya gustado más. Denuncia, en otro trabajo, la clara dependencia de Rebeca (1938), novela de Daphne du Maurier, llevada al cine en 1940 con mucho éxito por Hitchcock, de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, que la autora tradujo al castellano para la editorial Alba, en 1999, obteniendo con su versión el Premio Ángel Crespo, de cuyo jurado tuve la fortuna de formar parte. Y, por último, se muestra muy generosa con Medardo Fraile, otro de los autores que integraron su grupo, en la reseña de su libro de relatos Contrasombras (1998). A pesar de ello, se mostró muy cicatero con su amiga Carmen en sus memorias, tituladas con escaso acierto El cuento de siempre acabar (2009).

En 1975 le dedica un homenaje al escritor Antoniorrobles, entonces casi olvidado, cuyos libros infantiles había leído de niña con tanto placer que, de hecho, no los había olvidado. Sin embargo, es necesario constatar que un poco antes, en 1973, se reeditaron en España tres libros suyos: Un poeta con dos ruedas (Afrodisio Aguado), Rompetacones y Azulita (Aguilar) y Yo (Notas de vanidad ingenua); y en 1976, dos libros más: Hermanos monigotes (La Gaya Ciencia, 2 vols.) y Torerito soberbio (Círculo de Amigos de la Historia). Además de este reconocimiento, Carmen Martín Gaite confiesa que en algunos de sus mejores cuentos (La chica de abajo o Tendrá que volver), "late sin duda la sombra de Antoniorrobles", que dichas narraciones están en "deuda con este maestro", un autor que considera moderno "porque es perenne" (página 162).

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Aparte de las necrológicas, un género y registro que dominaba ("Siempre que muere un escritor amigo (…) prefiero releer sus textos, revivir su palabra", confiesa, página 204), que les dedica a Ignacio Aldecoa y Gustavo Fabra, también son emotivas y oportunas las que escribe sobre la actriz Mayrata O´Wisiedo y sobre el escritor Fernando Quiñones. La actriz, "impetuosa, atrevida e imaginativa", la recordamos sobre todo por sus apariciones en los míticos Estudio 1, de TVE, y formó pareja con Alfonso Sastre, siendo ambos de su grupo de amigos más cercanos entre los últimos 40 y los primeros 50. Sobre el gaditano, recuerda el papel que desempeñó de mecanógrafo en la composición de El Jarama; constata que no fue reconocido como se merecía, destaca su cuento "El arquitecto", incluido en El viejo país (1978), y valora su habilidad para convertir, como pocos, el habla de la calle en escritura.

Carmen Martín Gaite confiesa que escribe porque le divierte, y eso puede palparse, tanto en sus artículos como en sus obras de ficción (página 37). Opina también que "la literatura (…) nos enseñó por primera vez en la vida la trampa de esa vida y empezó a desvelarnos por qué las personas son como son, sufren como sufren y mienten como mienten" (página 232). Así, podría afirmarse que en este libro afortunado, que tan oportunamente se reedita, en una cuidada edición, en tapa dura, en cuya cubierta se reproduce una foto de la autora —cuyo autor no se precisa— que nos la muestra tal cual era, aparecen tres artículos imprescindibles: La búsqueda del interlocutor (1966), Un aviso: ha muerto Ignacio Aldecoa (1969) y Charlar y dialogar (1998). No quiero acabar sin recordar un comentario que hace de pasada, a propósito de la película El cabo del miedo (1962), o El cabo del terror, de J. Lee Thompson, protagonizada por Robert Mitchum y Gregory Peck, en el que observa que el amarillo es el color de la locura. Así seguimos.  

Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea y crítico literario.

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