Una novela convertida en talismán

Singapur - Alfons Cervera

Piel de Zapa. 2026

Por motivos ajenos a mi voluntad he tenido que ir durante más de una semana todos los días al hospital. Siempre me llevo un libro. Como el tiempo de espera suele ser largo, y más para el acompañante, como ha sido mi caso, escogí Singapur, el nuevo libro de Alfons Cervera, realizado con capítulos cortos, marca de la casa que, según el propio escritor afirma, están marcados por la unidad de escritura, lo que escribe de cada sentada. No iba a ir cargada con En busca del tiempo perdido o Moby Dick, por la cantidad de pasillos, despachos y pruebas a los que he acompañado. Las cervicales terminan resintiéndose. Y creo que acerté porque durante esos días ese libro se convirtió en nuestro talismán.

Llegábamos, nos registrábamos y esperábamos. Paciencia. Más espera. Miraba en el móvil llamadas, contactos. Más espera. Entonces sacaba el libro y, cuando me ponía a leer, nos llamaban. Mientras le hacían la prueba leía. Capítulo a capítulo. Llamaba el médico y pedía hablar con la acompañante para comentar la evolución y el tratamiento. Después, íbamos por los pasillos a otra prueba. Más espera y, en cuanto sacaba el libro, nos volvían a llamar. Vuelta a cerrarlo. Mientras le atendían podía volver a leer. A veces descansaba, paseaba un poco por no estar sentada todo el tiempo y volvía a esperar. Entonces, si no leía, la espera se hacía interminable hasta que el paciente al que acompañaba me decía: vuelve a leer, que entonces nos llaman. Y así sucedió más de una vez. Por eso decidimos darle a este libro la categoría de talismán. Por las circunstancias y el acompañamiento, sí, pero también por el contenido.

Para Alfons Cervera la memoria es el eje creativo de toda su obra. Tanto la memoria histórica como la de las historias personales, en especial de los perdedores de este país, algo que conecta de lleno con mucha gente, yo entre ellas, aunque en este caso se aleja algo de sus anteriores novelas, que se habían centrado en la memoria familiar, su padre, su madre, su hermano, Gestalgar, la panadería, el oficio, su crecimiento como escritor, para hacernos en este caso un mosaico coral de personajes que viven y se desenvuelven en un barrio de cualquier ciudad, aunque se hagan referencias a Valencia sin citarla, y al mar, al Mediterráneo, que no es un mar cualquiera.

Dividida en dos partes, La frontera y El futuro, nos presenta una novela coral, aunque haya una primera persona testigo que va recordando, de nuevo la memoria, una vez se ha ido del barrio, las personas con las que compartió su vida y los lugares que habitaron. Entre esas dos partes vamos viendo los diferentes escenarios por los que se mueven los personajes, transeúntes de la narración: un descampado, el lugar actual, en un coche destartalado donde Lola vive sus paraísos artificiales cerca de una antigua cochera o garaje; un coche que tiene pintado en una de sus puertas la palabra Singapur, que da título al libro y que ustedes desvelarán a qué se refiere el autor.

Por supuesto hay un bar, el Kaola, con los personajes que lo pueblan y donde arranca la acción, al recordar la noche en que se cometió un homicidio. Ese bar está regentado por Rodri y su mujer, Marisa; también por su hija, llamada Madonna por lo que le gustaba cantar en un karaoke sus canciones. Hay también un cine, el Varietés, esos cines de barrio que muchos de nosotros hemos conocido, que nos permitían soñar a través de las películas, con otra vida, la de Hollywood, la del glamur y el triunfo, algo ajeno por completo a la vida del barrio que describe, de ese y de tantos otros en nuestro imaginario o vivencias. Y por supuesto, no puede faltar un quiosco, porque hay que hablar de esa cultura popular en la que el autor se forjó, de las novelas de vaqueros, de Silver Kane, de Marcial Lafuente, de la revista Interviú y sus portadas del destape. Y con el quiosco y esas novelas al alcance de todos va también su homenaje a Marsé, que aparece como personaje, bien inventado, bien de mote o el real, pero eso no importa, porque estamos hablando de ficción.

Entre estos espacios, el bar, el descampado, la cochera, el cine y el quiosco, junto a uno que está ahí, presente y ausente, como amenaza o futuro, la autovía que divide el barrio de “lo otro” sin especificar lo que es, circulan, viven y transitan los personajes del libro: Lola, Rodri, Madonna, Chispa, Silvio, Dachau, Lincoln, Bunker, Marshal, y un largo etcétera de personajes que quieren salir adelante, que intentan una vida mejor, entran y salen de la cárcel, de las drogas, de lo que haga falta y siempre están en el mismo sitio, o casi, porque incluso los que se atreven a cruzar la autovía,  ese espacio frontera, no consiguen realizar sus sueños. Cada capítulo está dedicado a cada uno de los personajes que salen, para componer al final un mosaico.

Es indudable que el autor, al que conozco personalmente, es un melómano, porque todo el libro está trufado de música, desde Pink Floyd o King Crimson, hasta El Fary, pasando por Madonna, Michael Jackson, Clash o Joe Strummer. También Tom Waits. Su homenaje está ahí. Y la lista de la banda sonora aparece al final del libro.

En el juego de la memoria, el libro, o el autor, como ustedes prefieran, se marca una diferencia, yo al menos la he visto: la memoria histórica, que se recuerda nítidamente, aunque no se quiera hablar de ella, encarnada en dos personajes singulares: Dachau, llamado así por el campo de concentración en el que estuvo, y Lincoln, un brigadista internacional que decidió quedarse a vivir en el barrio. Esa memoria histórica va apareciendo entre líneas, hasta reconstruir con retazos de silencio lo que les pasó. En cambio, la memoria personal, la que tiene que ver con los recuerdos, es olvidadiza y miente:

“A veces pienso que me equivoco, que recuerdo lo que no pasó y lo que pasó se me olvida o pienso que me lo he inventado” (pág. 87).

 Al final del libro vuelve a hacer hincapié:

Ana María Shua y su 'Cuerpo roto'

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“Me dice Lola que me invento la mitad de las cosas que le cuento del barrio… Le digo a Lola que sí, que habrá algo de lo que cuento que me lo invento, pero no todo. Y que aunque me lo invente no quiere decir que no sea verdad”. (pág. 134)

En esto se esconde el juego, el de la memoria personal o los recuerdos, y el de la memoria histórica. Creo que el mejor Alfons Cervera es el que se distancia de su autobiografía, el que rescata la vida de los barrios, o la de los perdedores, como en su novela Maquis. Además, es de los pocos escritores que leen a escritoras como parte de su militancia literaria, de dar la vuelta al canon, las destaca y reseña, algo que le agradezco mucho aunque nunca se lo haya dicho en persona. Busquen sus reseñas en infoLibre, en la sección de Los Diablos Azules, donde yo también escribo, y lo comprobarán. Déjense guiar por los libros que recomienda y, de paso, lean Singapur.

*Carmen Peire es escritora. Su último libro es 'Mapas de asfalto(Menoscuarto).

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