Trastiendas iluminadas

Portadas de 'La religión de mi tiempo' de Pier Paolo Pasolini, 'Amiga de la calma' de Susana Benet, 'Una boda en el infierno' de Charles Simic e 'Infancias y reencuentros' de Francisco Torres Monreal.

Al cumplirse cien años del nacimiento de Pier Paolo Pasolini, se multiplican los homenajes a su figura poliédrica. No pueden faltar revisiones de su poesía, en la que a menudo se dejaba llevar hasta los arrabales donde sentía más auténtico su pensamiento. También la valenciana Susana Benet compone sus haikus desde la ciudad más desapercibida, mientras que Charles Simic mira paisajes urbanos anodinos y televisiones encendidas en silencio para agudizar su escritura desde la incomodidad. En cuanto a Francisco Torres Monreal, ha reunido impresiones de viajes y estancias, no solo en paisajes, también en lecturas, como la de Baudelaire, siempre urbano y periférico.

La religión de mi tiempo

Pier Paolo Pasolini

Nórdica Libros, 2022

No hay cena ni comida ni contento del mundo / comparable a una caminata sin fin por calles pobres / donde hay que ser desgraciados y fuertes, hermanos de los perros

El pasado 15 de marzo, Pier Paolo Pasolini hubiera cumplido cien años, aunque su ominoso asesinato en 1975 parece haber arrojado una capa de cemento sobre su figura poliédrica, tanto en la cultura y arte italianos como europeos. Más conocido como cineasta, incluso como articulista, Pasolini fue un poeta notable.

Demasiada casualidad parece que su primer poemario, Las cenizas de Gramsci, apareciera en 1957, tan solo un año después de que Allen Ginsberg compusiera Aullido. Con tono hímnico, el poeta estadounidense había cantado a los mejores espíritus de su generación, destrozados por el sistema. Pasolini también eleva su canto dolorido por la pérdida de un ideal, el de la revolución: "¡oh muchachos desdichados que habéis visto al alcance de la mano / una victoria maravillosa que no existía!"

Escribe casi siempre en tercetos encadenados, a la manera de Dante en su Comedia, debatiéndose entre contradicciones: "amando el mundo que odio", "entre la esperanza y la desconfianza", porque "nunca hay desesperación sin un punto de esperanza". Pasolini se detiene ante las cenizas del politólogo Antonio Gramsci y nos da a entender que allí, con el cuerpo, están enterrados también los ideales. Considera que sus contemporáneos italianos no están viviendo la vida, "sino la supervivencia, ―tal vez más feliz que la vida― como / de un pueblo de animales en cuyo arcano / orgasmo no hay otra pasión / que la del trabajo diario". Abomina de la Iglesia, encuentra en los arrabales, entre los harapientos, "el instrumento de percusión del sexo y de la luz", un mísero sentimiento de amor, con el que entregarse a la existencia al modo de los pájaros.

Es curioso que una obra de largo aliento, sometida al corsé de los tercetos y lastrada por las ideas, sea capaz de despertar emociones, pero lo logra, aunque pueda influirnos la imagen que tenemos del personaje, "un poeta inofensivo, pero diverso", que esgrime en su defensa "una desesperada vitalidad". Martín López Vega se ha encargado de la traducción y yo creo que acierta dándole al compendio el título del segundo libro de Pasolini.

Amiga de la calma

Susana Benet

Polibea, 2022

Viejo colegio. / De nuevo aquel temor / a llegar tarde

Verdadera orgía de lo breve este libro de Susana Benet (Valencia, 1950), amparado por la editorial Polibea. Contribuye a enmarcarlo José Manuel Benítez Ariza con unas palabras iniciales que son como pasos dados de puntillas para hacer el menor ruido posible, para que no deje de escucharse el silencio. Un reto improbable, del que sin embargo sale airoso. Enseguida es la propia autora la que nos explica que ha sido lenta siempre, toda su vida, incluso para nacer; que llegar al colegio a tiempo cuando era niña se convirtió en una verdadera odisea. De aquel apuro brota el haiku que encabeza esta reseña.

Un delirio de delicadeza que nos acerca hasta las piezas donde Benet se mueve en lo sutil con la naturalidad de un pájaro que revuela, observa y es capaz de ver lo que nos pasa desapercibido en medio del tráfago de la ciudad ("Nadie la cuida / y sigue dando flores / la enredadera"). Benet capta contrastes y los plasma en sus haikus como si fuera lo más normal del mundo ("Casa en ruinas. / Un coche de alta gama / frente a la puerta") o ("Barrio desierto. / Desde un árbol resuena / la voz de un mirlo"). Con un puñado de piezas de tres versos va completando el puzzle de una vida sencilla, común, que logra sin embargo universalizarse. En los silencios de este caleidoscopio se adivinan sin molestar todos los ruidos de una gran ciudad, la Valencia donde vive y escribe esta mujer, que además pinta acuarelas y construye en unos pocos trazos un mundo elemental ("Mientras las riego / cabecean las hojas / agradecidas").

Aparte de las dos introducciones mentadas, la de Benítez Ariza y la de la propia autora, después del capítulo de haikus, hay otro capítulo de tankas (haikus a los que se les añaden dos versos finales). En esa leve complicación se escapa un poco la esencia, que recuperamos enseguida en el tramo final con un haibun (prosa poética que lleva enredado algún haiku) titulado Dos de mayo. Un digno colofón para tan sigiloso libro: ("La mente en calma. / Abro un libro de haikus / como un misal").

 

Una boda en el infierno

Charles Simic

Valparaíso Ediciones, 2022

Con la primera brisa fría / de los días en que ponemos / toda nuestra confianza en el mundo / solo para ser engañados

A Charles Simic (Belgrado, 1938) le desagrada lo que le muestran las televisiones y los noticiarios, pero siente la impotencia de no poder cambiarlo con las únicas armas que tiene a su alcance, que son las palabras. Sus poemas brotan bienintencionados, pero se deforman, se manchan al entrar en contacto con la realidad. Son como ese espejo grande que un empleado traslada por la calle y en el que el poeta se refleja desde la acera de enfrente, viéndolo todo oblicuo y en movimiento. Eso cuenta el primer poema del libro, una metáfora de las que le gustan a este poeta serbio recriado en Estados Unidos.

A menudo sus atmósferas transcurren en una habitación con la televisión encendida y en silencio. Pero la perspectiva no mejora al asomarse a la ventana; todo lo contrario, se acentúa su sensación de insignificancia y anonimato: "no tienes ni idea de qué ciudad es esta, / ¿de qué país? Puede que se trate de un sueño, / ¿pero es tuyo? Tú no eres nada / salvo una vaga sensación de pérdida, / un miedo penetrante y desgarrador / en una avenida sin nombre".

Los poemas de Simic transcurren en ámbitos cerrados e interrogantes como los cuadros de Hopper, en los que vive insomne y de los que se escapa a la manera de Alicia en el país de las maravillas, abriendo una compuerta y tropezándose con recuerdos que se confunden con sueños: "como sombras de la noche en un prado con viento, / y tus manos, Madre, como ratones blancos". Los personajes que le rodean son símbolos oníricos: un cuervo al que quisiera hacer leer o la hormiga hacendosa con la que conversa o la luz del sol que entra en la estancia "como un león escapado del zoo". A veces la realidad se desborda en sus pesadillas sin que encuentre la manera de domesticarla, y casi siempre entra con la forma de esos infiernos incurables de la humanidad que son los conflictos bélicos. Entonces, la poesía de Simic se ilumina como su televisor: "el presidente / hablaba de la guerra como de una mágica poción de amor". La edición es bilingüe y la traducción de García Prados y Gutiérrez Lozano.

Infancias y reencuentros

Francisco Torres Monreal

Libros del Innombrable, 2022

Si te decides por el viaje / no has de ver en las piedras solo piedras

Francisco Torres Monreal (Ribera de Molina, 1943) publicó hace tres años un libro apasionado sobre el arte poético que tituló Introducción básica a la poesía (Cátedra). Este nuevo volumen, Estancias y reencuentros, que ahora comentamos, viene a ser el envés de aquella incursión teórica. Se trata de un libro de poemas, dividido en ocho capítulos, centrados en otros tantos lugares del planeta donde el autor estuvo de visita o bien vivió momentos particularmente intensos de su vida. Sobre todo por dos de ellos merece la pena acercarse a este volumen. Me refiero al primero, que dedica a la Grecia Clásica, y sobre todo el último, donde se inspira en Las flores del mal de Baudelaire para dejarse ir en plena libertad creativa, más o menos como haría un músico de jazz recreando una melodía popular.

Torres Monreal ha estudiado al padre del simbolismo; incluso escribió una obra teatral sobre él, que se estrenó en Buenos Aires. Aquí lo que ha hecho es elegir algunas piezas muy cercanas a su manera de sentir el mundo, como Elevación, El hombre y el mar o De profundis, por citar algunas de las versiones más logradas. Al fondo de ellas late Baudelaire, aún reconocible. Sin embargo, al que estamos escuchando es a su intérprete: "En ti busco cobijo, noche amiga, / hoy muda y sin estrellas, / hermana del vacío al que ahora aspiro". Otros capítulos del libro, como los dedicados a Notre Dame de Paris o Auschwitz, por ejemplo, parecen trazados a vuelapluma, y tienen más valor testimonial.

Aparte del homenaje a Baudelaire, cristalizan más y mejor los que tienen como escenario la aldea de su niñez ("y el niño se hizo hombre y habitó / uno más con los hombres sin relieve"), y sobre todo el capítulo primero, donde pasea por lugares emblemáticos de la Grecia Antigua, un escenario que el poeta lleva incardinado en el ser con la misma plenitud que la infancia. Se demuestra así que la relación con el entorno es crucial para alcanzar la altura poética: "no esperes encontrar la Grecia eterna / si el deseo no aviva tu nostalgia".

Arturo Tendero es periodista y poeta. Autor de 'El principio del vuelo'(Páramo, 2022). Estas reseñas y otras más pueden encontrarse en su blog 'El mundanal ruido'.

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