Lo que sé de Whitney Houston

Lo que sé de Whitney Houston - Alejandro Pedregosa

Cuatro Lunas, 2026.

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Hay libros que eligen un pórtico improbable para llegar al fondo de su verdad. Lo que sé de Whitney Houston, de Alejandro Pedregosa, comienza en un lugar inesperado, propio de una cultura pop que mucha poesía actual minusvalora, la de la educación sentimental, la de la consciencia de que somos atravesados por los hechos no solo históricos, sino de la memorialística de papel cuché, de los nuevos mitos de la sociedad macropopular. Pero acampa allí el poeta, donde nadie esperaría, para elaborar una reflexión honda sobre el suicidio: es en la muerte de una diva del pop, en la imagen espectacular y mundana de un cuerpo encontrado en una bañera de hotel, en ese mantra de Hollywood, América y sus cadáveres, donde el poeta encuentra la posibilidad de dar voz y dolor a quien solo pareciese voz de intérprete, fotografía luminosa. Pero esa aparente rareza es ya, desde el principio, una declaración de intenciones: la muerte no tiene jerarquías, y el arte tampoco.

El libro se articula en tres partes de desigual extensión pero con un peso equivalente. La obertura Dile adiós a lo verde —escrita en segunda persona, dirigida a un alocutario que ya no está— establece de inmediato el tono elegíaco. Quien haya leído el poema "Viaje definitivo" de Juan Ramón Jiménez reconocerá el gesto: esa voz que se despide de un mundo que seguirá indiferente después de la partida. Pedregosa lo reescribe en clave de duelo dirigido, íntimo y contenido, antes de que el aparato conceptual del libro se despliegue en toda su complejidad. Jiménez lo decía de sí mismo (claro), Pedregosa lo dice de quien ya no está y escribe: “¿Y adónde vas? ¿Qué te espera en las cumbres despobladas?”

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Es en el cuerpo central, los veinte poemas que dan título al volumen, donde la apuesta se vuelve más ambiciosa. Pedregosa entreteje dos series de poemas: una vinculada a la vida y la muerte de Whitney Houston —su infancia, su declive, el suicidio de su hija Krissy, muerte de la hija tras muerte de la madre, suicidio tras suicidio—, y otra que dialoga con experiencias y figuras marcadas por la elección de abandonar la vida: Primo Levi, Marina Tsvetáyeva, las teorías filosóficas de David Hume. Cada poema de la serie Houston viene precedido de una sutil nota que reza "errata", cuyo sentido permanece en suspenso hasta el poema final. Ese mecanismo, que recuerda al cuento decimonónico —de esa tradición que reserva la clave interpretativa para el cierre—, no es un artificio vacío: pues cuando la "Fe de erratas" final recoloca todo el aparato narrativo, el lector comprende que ha estado leyendo un texto doble, y que la errata no era tipográfica sino existencial.

Formalmente, el libro se sostiene sobre tres registros que Pedregosa maneja con solvencia. El primero evoca la tradición medieval: el encabezamiento con las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique no es gratuito, y en varios poemas se percibe ese giro elegíaco, el hipérbaton elegante, esa invocación que convierte la muerte en materia de reflexión moral antes que en exento lamento. El segundo es el de la poesía narrativa: para contar la historia de Whitney Houston —y las otras historias que el libro alberga— se necesita una voz capaz de sostener una trama, de administrar el tiempo y la información con criterio de narrador. El tercero, y quizás el más original, es el que conecta con César Vallejo: en los poemas dirigidos a un auditorio de niños y niñas. Alejandro Pedregosa adopta esa voz vallejiana que mezcla ternura y urgencia, pero aquí el mensaje no es político sino existencial. Lo que el poeta transmite a los jóvenes no es una denuncia del mundo injusto sino algo más difícil de formular: la importancia de la elección, el valor de seguir viviendo entendido no como obligación sino como derecho. La versión poética que Pedregosa hace del argumento de Hume —vivir es el derecho más hermoso de cuantos incumben a estar vivo, pero vivir es un derecho que no obliga al acto de vivir— condensa en verso la paradoja que recorre todo el libro.

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No puede leerse este libro sin atender a su geografía. Granada tiene una relación particular con sus poetas muertos: Javier Egea, Javier Jurado, la nunca del todo aclarada muerte de Pablo del Águila, sobre quien sus allegados siguen albergando dudas acerca de si fue una tentativa consumada o un accidente irreversible. Que Pedregosa, poeta hondamente vinculado a la ciudad, escriba este libro no es solo un acto de elaboración personal: es también un acto de memoria colectiva, un gesto hacia esa comunidad poética marcada por la sombra de sus pérdidas. La portada del libro, que reproduce nombres de escritores y poetas que eligieron cruzar esa frontera, hace explícita esa dimensión.

Lo que sé de Whitney Houston es, como acostumbra su autor, un magnífico ejemplo de inteligencia estructural, con rigor formal y con la valentía de quien no busca consolar sino hacer pensar. En un panorama donde la poesía sobre el dolor tiende al desbordamiento sentimental, Pedregosa apuesta por la contención y la precisión. Por el compromiso con su memoria y con el futuro.

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* Alfonso Salazar es escritor.

Lo que sé de Whitney Houston - Alejandro Pedregosa

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