Música

Pasión, sirenas cubanas y una historia a 33 rpm

Gladys Palmera, Alejandra Fierro, con su colección de vinilos.

San Lorenzo de El Escorial es, en este día de diciembre, el lugar más alejado del trópico. Los muros de piedra, las pesadas nubes grises, los oscuros chalés que escalan la montaña en la parte alta del pueblo madrileño. Pero un letrero hace oír un lejano ritmo de bongos: Villa Palmera. Tras las rejas (similares a las que protegen los demás chalés-fortaleza de los años cuarenta y cincuenta), un destello de morado intenso, de naranja. Dentro, maderas decoradas de turquesa, magenta, amarillo. Y un bolero lejano. Alejandra Fierro acude a la puerta vestida con un jersey verde flúor, menuda y con el pelo cano pero con un ritmo que no parece necesitar la bebida energética que lleva en la mano. No es difícil entender por qué eligió rebautizarse como Gladys Palmera.

Fue en 1999. Necesitaba un pseudónimo y un nombre para la cadena casi pirata de música latina que quería montar. 16 años después, un premio Ondas a la mejor plataforma de radio online viene a premiar sus avances. Irá a parar a alguna de las estanterías de su casa, las que no estén ocupadas por los 50.000 vinilos y CDs que ha ido acumulando a lo largo de su vida. La casa de El Escorial, heredada de su abuelo, empresario y banquero, se ha convertido en sede informal de la primera emisora de ritmos tropicales de España  y de una de las colecciones más importantes de música afrocubana. 

Fierro desplaza a un lado el ordenador en el que enredaba y se arrellana en el sofá junto a las estanterías de vinilos. El rosa de los sillones —sobre uno de ellos sestea su perra Rumba— ilumina las invernales vistas de Madrid. Asegura que está revuelta, como el día, y que no le anda la cabeza para contar historias. Se equivoca. Empieza recordando que aquello del Ondas le llegó por sorpresa. Fueron sus colaboradores los que plantearon la candidatura. A ella la noticia le pilló en casa. "Siéntate", le dijo su responsable de comunicación. "Era lo último que me esperaba. He estado unos días algo… desubicada. A mí el premio me ha puesto en otro lugar. Es como si todo este empeño que he tenido durante tantos años con la radio se hubiera reconocido. Ahora puedo dejarlo como está y meterme en otros proyectos", explica. La radio emite dos hilos continuos (uno de ellos dedicado a la colección) y 15 programas propios a la semana, con presentadores como Martirio o Diego A. Manrique, y se apoya solo en cinco personas fijas y cuatro asociados. 

Planes no le faltan. Además de la emisora, que avanza de forma casi independiente y con sus indicaciones puntuales, hace girar varios platos sobre sus palos chinos. El que más parece entusiasmarle es un archivo digital de su colección, que empezará a armar para el próximo año. Su tesoro acumula publicaciones originales principalmente de Cuba y México, discos casi desaparecidos, rarezas ocultas durante años en trasteros, en tiendas, en estanterías polvorientas. "Los coleccionistas están todos en sótanos, aburridos de estar solos con sus discos, que no sacan uno porque recelan de que el otro lo vea…", lanza a sus camaradas sin morderse la lengua. Ella no. Aunque les conoce, controla, frecuenta y negocia con ellos —hace poco ha incorporado un par de colecciones, cuyos anteriores dueños no revela—, no es una de ellos. Ella es, dice, "hacia afuera, hacia la humanidad". Su afán es que sus 50.000 oyentes mensuales conozcan las joyas de la corona, y que cada vez se sumen más a esa comunidad. Si ahora lo hace a través del hilo continuo de la colección, actualizado permanentemente, hace ya planes para el archivo online, que contendrá miles de discos completos: "Habrá que hacer fotos, y llamar en algún momento al diseñador...". Otro cigarro. 

Cuando todo empezó, no había nada parecido a un Ondas en el horizonte. Ni un Ondas, ni un signo de organización y formalidad. En 1998 heredó una casa en Esplugues de Llobregat, y su voluntad de alejarse de la vida nocturna hizo el resto. Había trabajado unos años en la Cope, y tenía la mosca de montar una radio: "Yo me monto una emisora pirata para Esplugues y aquí no se entera ni Dios", se dijo. Quería instalar su antena en el palomar de un vecino que pintaba a los pájaros de unos premonitorios colores flúor, como cuenta entre risas, pero acabó firmando un pacto entre caballeros con Salvador Picarol, a cargo de la reivindicativa Ràdio Pica. "Después de un año de pelearme con él, al final accedió a cederme 14 horas diarias, y yo a cambio le puse un equipo bueno. Así teníamos nuestro 96.6 que era una radio ni ilegal ni alegal, sino tolerada", recuerda. La primera emisión fue algo accidentada: en lugar de pinchar en su frecuencia, tomaron otra, y la Guardia Civil se les plantó en la casa. Nada que no solucionara una llamada al secretario general de Radiodifusión. 

Porque, claro, Gladys Palmera es también una Fierro. Fierro, la familia de empresarios (Ildefonso, Alfonso...) que se enriqueció con la venta de carbón durante la Primera Guerra Mundial y wolframio durante la Segunda, fundadora del Banco Ibérico (posteriormente Central Hispano), una de las principales carteras del país durante el franquismo. Las herencias y los negocios familiares sustentan la radio y los demás proyectos —que no son aún rentables—, que con sus percusiones, amores prohibidos y cantos afrocubanos están bien lejos de lo que el orden natural de los acontecimientos habría preparado para ella. Alguien le dijo "Tendrás que trabajar", y ella escogió la radio y la música. Un destino que su abuelo habría considerado quizás un tanto estrambótico, pero que ella dice llevar en la sangre. 

No solo porque su madre, panameña, fuera hermana de Carlos Eleta, compositor del bolero Es la historia de un amorEs la historia de un amor. Tiene un lazo secreto con las ondas que se remonta a su infancia. Su padre le había regalado un walkie-talkie, que ella probaba ansiosamente en su escondite secreto, un rincón en la sala de armarios de la casa familiar en cuya puerta podía leerse "Propiedad de Álex". Pulsó el botón: "¿Hay alguien ahí? Cambio". Contra todo pronóstico, desde más allá de las paredes, de su calle, de su mundo, una voz misteriosa respondió: "Sí, te escucho". "¡Hostias! Ahí ya me enganché completamente", recuerda. A los 12 años montó unas antenas en el tejado  y comenzó a ir a citas ciegas con otros radioaficionados que usaban como clave, para distinguirse entre la muchedumbre de las cafeterías, un pañuelo rojo. 

A partir de ahí desarrolló una pasión por la radio y la música latina que fue creciendo acompasadamente. Cuando empezó a adquirir vinilos tuvo enseguida ya la voluntad de enseñarlos. Cuando viajaba, llevaba una grabadora para registrar las cuñas de unas y otras emisoras. El último descubrimiento, su última pasión a la que no puede evitar referirse varias veces durante la conversación, es Musmé. Se ha hecho con el único LP de esta travesti cubana que solo grababa "para sus amiguitos del club". Porque lo suyo son las divas, las "sirenas": "Una Tongolele, una Lady Soto, una Toña la Negra... O Eduardo Davidson, el creador de la pachanga, un cubano totalmente afeminado". ¿Y qué le aporta todo eso para que pase su vida de disco en disco? "El ensueño, el romanticismo, la pasión..." y la "curiosidad". 

La que parece no gastarse, aunque acaricia ya los 57. Acaba de comenzar un proyecto en Cuba, una escuela en la que quiere unir a jóvenes músicos, viejos maestros y un elementos de extrañeza "para que sea una fusión abierta": "una travesti, una cantante brasileña...". Entre cigarro y cigarro, porque la lata de bebida energética ya se ha acabado, habla también del programa que están diseñando —uno sobre letras de rancheras y boleros—, del que le gustaría hacer, de una posible exposición de portadas de la colección Cha cha cha, una joya de la música latina de los años cuarenta y cincuenta... Da instrucciones, cuenta una anécdota, se desdice de las instrucciones dadas, recuerda un proyecto. "Me muevo por impulsos" admite. 

Como lo de adónde irá a parar su colección: "Pensaba darlo al Berklee College of Music. Pues no. Se van a ir a Cuba, porque esto es riqueza histórica de Cuba". Tanta, que no puede elegir el disco que se llevaría a una isla desierta. Después de dudar unos segundos, opta por desechar el vinilo: "Me llevaría el ordenador".

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