Un soldado de la guerra de Irak con estrés postraumático yendo de puerta en puerta para comunicar a las familias que un marido, un padre o un hijo no volverán a casa. Un excombatiente de la guerra de Malvinas, deletreando en lengua de signos la palabra odio como respuesta a la pregunta ¿qué sientes cada mañana al despertarte? Rita Segato hablando sobre el genocidio de Gaza, Pedro Lemebel sobre la infancia, Hanna Arendt sobre la mentira y Jorge Luis Borges, sobre la absurda idea de intentar clasificar el mundo. Los aprendices de una imprenta de la calle Saint-Séverin de París organizando en 1730 una matanza de gatos porque no les dejan dormir con sus maullidos, gatos condenados a la horca después de someterlos a un juicio paródico con guardias, un confesor y un verdugo. Instrucciones para cazar un unicornio. La utopía de Tomás Moro. Netanyahu, Trump, Salvini o Le Pen lamentándose de que “nuestra civilización se muere poco a poco porque ya no nacen los hijos que nuestra identidad necesita preservar”. Un actor latino vestido de cowboy ensayando el papel de alguien que ejecutó una matanza en una universidad de Virginia. Un chaval de 14 años suicidándose después de hablar durante meses con su mejor amiga, un chatbot llamado Dany. Un esclavista estadounidense paseando por medio país a una mujer que presenta como la antigua niñera de George Washington, asegurando que tiene 161 años. Un filósofo chino, y tras su nombre una Inteligencia Artificial, defendiendo en su nuevo libro que hay que reaprender lo que queda fuera del espectáculo, cultivar espacios de silencio y conversaciones que no se midan en clics. Un militar con una dentadura parecida a la de Hitler.
Todos, habitantes de un universo llamado Play en el que habrá también un plató de televisión, un camerino, varias pistolas, un teléfono de rueda, un tocadiscos, vinilos, cassettes, grabadoras y cuatro cabezas colocadas sobre almohadones, como aquellas que Samuel Beckett metió en tres urnas para hablarnos de una sociedad dañada y mutilada en una obra, publicada en 1963, también llamada Play. Una palabra que activará hoy, igual que en aquella, la radiografía de un mundo herido en una pieza rizomática y fragmentada, creada, dirigida e interpretada por Matías Umpierrez, que lleva a escena desde este jueves, en Contemporánea Condeduque, una investigación escénica sobre los discursos de odio y los modos de habitar el poder, un espectáculo puramente teatral que también es una conferencia performativa, una instalación y un atlas del resentimiento.
Explica Umpierrez a este diario que Play nace de la necesidad “de investigar sobre el odio en relación a la historia de la ficción, que es, en realidad, la historia de la humanidad y todo lo que fuimos construyendo en las distintas estructuras de conocimiento, pero nace también de la sensación constante de odio que nos rodea y de una especie de estado de ansiedad que me hace sentir que a través de las artes podemos pensar o repensar nuestra manera de relacionarnos, una manera que, cuando investigas, entiendes que nunca ha sido diferente. Sin embargo, el problema ahora es la revolución cognitiva que vivimos, lo que hace que esta cuestión esté mucho más presente y veamos muchísimo más el reflejo de quiénes somos o lo que podemos construir colectivamente”.
De ahí, explica el creador, la elección del término Play: “Es la primera palabra cyborg, una palabra que implementó la estructura política dominante que después de la Segunda Guerra Mundial va a contener el modo en que deberíamos vivir en Occidente, una palabra que activa la reproducción de una gran cantidad de discursos de odio que no solo están en la política, sino en las canciones que escuchamos o en las cintas de VHS que poníamos para ver películas. Play es una palabra que está dentro de nuestra psiquis de una manera muy primaria y a esos discursos les dimos la bienvenida a través, justamente, de todas estas tecnologías analógicas”. Tecnologías fósiles y anacrónicas, “casi unos veteranos de guerra que ahora ya no tienen lugar, cintas de cassette o discos de vinilo que (en escena) van a tener en su interior voces de inteligencias artificiales, algo que no corresponde con su época y, de alguna manera, ese fósil va a revivir trayendo una voz que es la voz de la soledad, la voz de un cuerpo que no existe”.
Umpierrez empezó a trabajar en la pieza hace dos años, en su taller (donde construyó las marionetas y las cabezas que aparecen en escena) y en las bibliotecas públicas madrileñas de Lavapiés, Arganzuela, Puerta de Toledo y del Museo Reina Sofía. Un trabajo nutrido de lecturas y conversaciones con investigadores como la socióloga Micaela Cuesta o la historiadora del arte Elisa Romero, repleto de hipervínculos, capas y archivos que Umpierrez ha hallado, sobre todo, en Internet y que dice haber “performado para darles una especie de fricción o desgarro que desvele y abra otras puertas”.
Archivos con voces fake, voces sin cuerpo que habitan una obra que juega con el cabaret, el teatro de variedades o el music hall, que difumina las fronteras entre realidad y ficción y que está hablando, en el fondo, de vacío y vulnerabilidad: “Yo creo que la soledad es un gran caldo de cultivo para el odio. Esta idea de la pereza humana, de teletrabajar, que es algo que nos viene muy bien a todos y a todas, pero a la vez nos deja solos, con un eco del miedo, articulado por un algoritmo que nos dice lo que queremos pensar. Siempre que hubo soledad y siempre que alguien supo construir el miedo, el odio se activó también. Al final es una obra que termina hablando del vacío y de los nuevos miedos del presente, las inteligencias artificiales. A mí no me da miedo la IA, sino las cosas tan tremendas que puedan hacer con ellas las personas y los mecanismos económicos”.
La huella de la censura y la pandemia
Matías Umpierrez es, como su teatro, uno de esos artistas que rehúyen etiquetas y clasificaciones. Nacido en Buenos Aires en 1980, hijo de migrantes uruguayos y establecido desde hace años en España, ha sido coordinador del Área de Teatro del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas y fundador del Festival Internacional de Dramaturgia, ambos de Buenos Aires. Es, además, fundador y director artístico de Plataforma Fluorescente, un dispositivo transdisciplinar que promueve vínculos entre creadores e instituciones de distintos países con el que ha comisariado proyectos como Dramaturgia para una conferencia, con Paul B. Preciado o Pedro G. Romero.
Dueño de una obra que se interroga siempre por nuestra relación con la ficción y que transita entre las artes escénicas, el cine y las artes plásticas, Umpierrez se dio a conocer en España en 2013, con TeatroSOLO, una serie de cinco piezas con un único actor y para un único espectador, estrenada en Graus, Huesca, que después replicó en Nueva York, Madrid, Buenos Aires y São Paulo. En 2013, mucho antes de la pandemia, creó Distancia, teatro en pantalla con actrices y músicos en directo y streaming desde París, Hamburgo, Buenos Aires y Nueva York. En 2018, convirtió Macbeth en una instalación audiovisual llamada Museo de la Ficción. Imperio, que situaba el drama de Shakespeare en la España de los 90, con Ángela Molina, Elena Anaya, Ana Torrent o el director canadiense Robert Lepage, su mentor durante dos años gracias al programa Rolex Mentor and Protégé Arts Initiative.
En 2023 llevó a escena Eclipse, una investigación en torno a la máscara a lo largo de la historia, que repuso esta temporada en Nave 10 Matadero. Un año antes, en 2022, Umpierrez asumió la dirección de la obra Muero porque no muero (La vida doble de Teresa), de Paco Bezerra, censurada por la Comunidad de Madrid y suprimida de la programación de los Teatros del Canal que entonces dirigía Blanca Li. Aquel episodio, sumado a la pandemia, dejó huella en el proceso de creación de Play.
Incentivar el sentido crítico
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“Yo siento que en la pandemia se generó una aceleración tecnológica y también discursiva, con una búsqueda de efectividad que obtiene una respuesta muy inmediata a través del odio. Yo puedo entender el odio, pero en este momento lo que hay es una enorme irresponsabilidad, sobre todo institucional, por parte de los políticos que no se están dando cuenta de lo que están provocando. El trabajo que hoy hacen los políticos es un trabajo performativo por esa sensación que provoca el odio en los cuerpos, y es es ahí donde se posó de alguna manera mi estudio”, explica.
En Play se escuchará Tú llegarás, una canción de 1967 que el director descubrió una noche, viendo en televisión un programa de zapping. Su intérprete, llamada Mikaela, canta: “Ni ver, ni oír, ni hablar es el secreto de la felicidad. Ni ver, ni oír, ni hablar, aunque comprendas y sepas la verdad”. Puro elogio de la censura en tiempos de franquismo, pero no solo. “Toda la experiencia con la obra de Paco Bezerra me llevó a pensar en la censura, en la aparición de los ultras y en todas estas cuestiones que desacomodan un poco lo que fuimos construyendo en nuestras democracias o que vuelven como un eco que nunca desapareció, que siempre estuvo y que se amplifica justamente a través de la tecnología”, explica Matías Umpierrez.
¿Por dónde pasa hoy la desactivación de los discursos de odio? “Creo que la educación y las artes son lo que nos puede ayudar en estos momentos a crear otro tipo de político, otro tipo de líder comunitario, otro tipo de compañero de trabajo. Si hay algo que me ilusiona de este trabajo como creador es poder ayudar a incentivar el sentido crítico en el espectador, que pueda no creer en todo y lo cuestione, que se pregunte si la historia es real y vaya a su casa, se siente en el ordenador y busque en Google quién dijo esos textos”.
Un soldado de la guerra de Irak con estrés postraumático yendo de puerta en puerta para comunicar a las familias que un marido, un padre o un hijo no volverán a casa. Un excombatiente de la guerra de Malvinas, deletreando en lengua de signos la palabra odio como respuesta a la pregunta ¿qué sientes cada mañana al despertarte? Rita Segato hablando sobre el genocidio de Gaza, Pedro Lemebel sobre la infancia, Hanna Arendt sobre la mentira y Jorge Luis Borges, sobre la absurda idea de intentar clasificar el mundo. Los aprendices de una imprenta de la calle Saint-Séverin de París organizando en 1730 una matanza de gatos porque no les dejan dormir con sus maullidos, gatos condenados a la horca después de someterlos a un juicio paródico con guardias, un confesor y un verdugo. Instrucciones para cazar un unicornio. La utopía de Tomás Moro. Netanyahu, Trump, Salvini o Le Pen lamentándose de que “nuestra civilización se muere poco a poco porque ya no nacen los hijos que nuestra identidad necesita preservar”. Un actor latino vestido de cowboy ensayando el papel de alguien que ejecutó una matanza en una universidad de Virginia. Un chaval de 14 años suicidándose después de hablar durante meses con su mejor amiga, un chatbot llamado Dany. Un esclavista estadounidense paseando por medio país a una mujer que presenta como la antigua niñera de George Washington, asegurando que tiene 161 años. Un filósofo chino, y tras su nombre una Inteligencia Artificial, defendiendo en su nuevo libro que hay que reaprender lo que queda fuera del espectáculo, cultivar espacios de silencio y conversaciones que no se midan en clics. Un militar con una dentadura parecida a la de Hitler.