La Transición sentimental

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Marta Sanz (Madrid, 1967) habla de sus corifeas, esas amigas, conocidas y completas desconocidas que le han servido de confidentes, muestra estadística o ratas de laboratorio (según se mire) para construir su último ensayo, Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara). "¿Cuántos novietes o novietas has tenido?", les lanza. Y responden. "Un solo noviete desde los 16". "Más 'formales' (sin contar rolletes de un día) quiero recordar que cuatro, entre los 13 y los 15 años". "Novietes, pocos, todos han acabado en algo más...". "Muy pocos". "No he tenido tantos como ahora quisiera". "Me pierdo con las cuentas". Esta historia es la suya, la de las mujeres que eran adolescentes (incluido el pre- y el post-) durante la Transición y a las que la democracia les dio, no solo un nuevo sistema político, sino también un nuevo sistema emocional, amoroso y sexual

Sí, el recuerdo de los Usos amorosos de la posguerra española, de Carmen Martín GaiteUsos amorosos de la posguerra española, es buscado. Pero, pese a ser un encargo, es también la continuación lógica de trabajos como su novela autobiográfica La lección de anatomía (2008) o Daniela Astor y la caja negra (2015). "La idea que vertebra el libro es hasta qué punto hay un componente biológico que hace que mujeres de distintas generaciones podamos tener pulsiones y sentimientos parecidos y hasta qué punto ese ser biológico se modifica y construye en función de unas coordenadas políticas y sociales", explica la escritora, ganadora del premio Herralde el pasado año con Farándula. No es poco. ¿Y ha llegado a alguna conclusión? "Sigo con las mismas dudas e incertidumbres, y en la conversación que se establece con las mujeres que han participado en el libro llegamos a puntos, cómo te diría yo, de desacuerdo, de fricciones", responde delante de un té en una cafetería de su barrio.

El discurso de Sanz es de habitual rápido y agudo, pero con este tema, además, se nota que destila décadas de reflexión. Primero, de una certeza: las mujeres han tenido y tienen una socialización distinta de la de los hombres. Después, de un combate: "Se trata de neutralizar esa diferencia como desventaja tanto en el espacio de lo íntimo como en el espacio de lo público. Por eso en el texto se habla de la brecha salarial, de la impotancia de ciertos cambios en la sanidad pública, del derecho al aborto o del divorcio. A las mujeres siempre se nos reservó la parcela de lo íntimo y es hora de darle otra vuelta de tuerca al argumento".

De lo íntimo a lo público

Por eso, cuando aquí se habla de las primeras experiencias sexuales, de la fidelidad, de la percepción de la soledad o del funcionamiento de la pareja, no se tratan como cuestiones menores o que solo afecten a una parcela prescindible y oculta de la vida de ellas. Se trata de un proceso político. "Claro que todo esto ha tenido un reflejo visible en lo público. Fue muy evidente que las mujeres españolas, y muchos hombres con conciencia feminista, cuando Gallardón trató de sacar aquella reforma de la ley del aborto, tenían un camino recorrido. O que cada vez hay más mujeres que se dan cuenta de que tienen que reivindicar sus derechos laborales con más fuerza, si cabe, que los hombres".

Las mujeres jóvenes de la Transición no solo se desprendieron de la categoría de ciudadanas de segunda, también del miedo al embarazo y del mandato de la pareja para toda la vida. O, al menos, parcialmente. "Mi madre fue a un colegio de monjas y tuvo una relación infinitamente más culpable con el sexo, infinitamente más sucia, de la que puedo tener yo, que fui una niña que se crio con El libro rojo del cole", apunta la escritora recordando aquel manual sobre sexualidad que revolucionó las aulas en 1979. Todo esto sabiendo, como subraya la propia autora, que todas las corifeas pertenecen a la clase media, son blancas, heterosexuales y casi todas tienen estudios universitarios, lo que las situaba en un lugar privilegiado. Como resume Sanz en las primeras páginas: "No tuvimos que desintoxicarnos de nada, no llegamos vírgenes al matrimonio, no todas sentimos la necesidad de vivir en pareja (...) y nos lo pasamos condenadamente bien". 

Pero también señala que, entre sus libros formativos, muchas corifeas nombraban El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, un relato claro de lo que su amigo el escritor Rafael Reig describe como "petrarquismo bubónico". "La cultura es trascendente en lo que nosotros somos, y lo he querido mirar desde las antípodas de la nostalgia, que es un dispositivo que transforma todo el pasado en eufemismo. Se trata de analizar el pasado con proyección de futuro", defiende. Porque están Grease, y la telenovela Cristal, y la copla heredada de las madres. Y "las diferentes modalidades y tentáculos con las que el 'petrarquismo bubónico' se nos ha quedado grabado en algún lugar oscuro de nuestro ADN". 

Las huellas emocionales

Éramos mujeres jóvenes no se ocupa solo de aquellas chicas que podían al fin comerse el mundo (en teoría) después de generaciones siendo masticadas. También describe las huellas de todo aquello en las mujeres no tan jóvenes que son. Y lo malo llegó pronto: "Las mujeres en España hemos pasado de la tachadura del cuerpo como consecuencia de la represión franquista, o la vivencia del cuerpo de las mujeres como algo degenerado, a la hiperfetichización del cuerpo de las mujeres y la presión del neoliberalismo hacia una sexualidad que tiene que ser hiperactiva". Algo que, apunta, puede tener su continuación en las siguientes generaciones, sobre las que pesa una mayor influencia de este sistema económico... aunque Sanz prefiere no ponerse "en plan abuelita cebolleta". Queda mucho por hacer, eso sí lo deja claro. 

Ah, el neoliberalismo. Es otra fuerza de la historia que se solapó con la democracia y a la que la escritora culpa de otro fenómeno que recoge el libro. Aunque la mayor parte de las corifeas rechaza sentirse fracasada sin pareja y no demonizar la promiscuidad, lo cierto es que son pocas las que han tenido varios novios —basta con ver las respuestas del primer párrafo— y son numerosas las que continúan con el primer hombre con el que se acostaron. Ha sido una de las sorpresas que se ha llevado Sanz, y también el origen de uno de los planteamientos más interesantes del ensayo: "A las mujeres se nos exige un tipo de fortaleza emancipatoria que en ocasiones es una impostura. Se nos educa en que tenemos que ser independientes, en que tenemos que tener un cuarto propio, cosa con la que estoy completamente de acuerdo, pero también se nos dice, para luchar contra el mito romántico, que no tenemos que tener miedo a la soledad… cuando el miedo a la soledad es algo cosustancial al género humano". Por eso, propone armar una barricada contra la idea del "individuo independiente" fraguada por el neoliberalismo que ha desterrado el valor de la "fraternidad" y la "vida en común". 

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Trabajo o amor

No ha sido la única trampa de la liberación de la mujer. Había otra justo allí adonde se dirigía a las mujeres que querían lograr la necesaria independencia económica: la carrera profesional. La escritora comienza previniendo: "Era absolutamente necesario que las mujeres tuviéramos como elemento de emancipación el conocimiento, los estudios y la incorporación a la vida pública a través del trabajo". Pero también arroja una advertencia: "Eso nos ha colocado en una situación tramposa, porque nos emancipamos del padre y del marido, pero al mismo tiempo estamos sobreexplotadas por nosotras mismas y por el patrón. Tenemos el peso cultural de la domesticidad y la exigencia del mercado laboral que encima nos paga menos y nos impone techos de cristal".

Cuando pregunta a sus corifeas si sitúan el amor en el centro de sus vidas, la inmensa mayoría responde que sí, aunque no solo el de pareja, sino también el amor por la familia, por los hijos, por las amigas (¿por una misma?). Quizás desde la perspectiva que ensalza a la ejecutiva agresiva como ejemplo emancipatorio esto sea un fracaso del proceso de liberación. Las protagonistas de Éramos mujeres jóvenes, y la propia Marta Sanz, no lo ven así. "Le queremos hacer una pedorreta al trabajo porque posiblemente nunca hayamos estado más explotadas, autoexplotadas o paradas", señala el ensayo, recordando la tasa de paro del 20,6% entre las mujeres mayores de 25 años y del 46,4% entre las menores. Quizás ese apego al amor no sea una victoria. Pero es seguramente una protesta. 

Marta Sanz (Madrid, 1967) habla de sus corifeas, esas amigas, conocidas y completas desconocidas que le han servido de confidentes, muestra estadística o ratas de laboratorio (según se mire) para construir su último ensayo, Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara). "¿Cuántos novietes o novietas has tenido?", les lanza. Y responden. "Un solo noviete desde los 16". "Más 'formales' (sin contar rolletes de un día) quiero recordar que cuatro, entre los 13 y los 15 años". "Novietes, pocos, todos han acabado en algo más...". "Muy pocos". "No he tenido tantos como ahora quisiera". "Me pierdo con las cuentas". Esta historia es la suya, la de las mujeres que eran adolescentes (incluido el pre- y el post-) durante la Transición y a las que la democracia les dio, no solo un nuevo sistema político, sino también un nuevo sistema emocional, amoroso y sexual

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