Danza

El universo creativo de Blanca Li no deja de crecer

Cartel del espectáculo de la compañía de Blanca Li.

Mónica Andrade

Blanca Li

es un torbellino. Corre de un ensayo a otro, prepara su próximo espectáculo y supervisa los últimos cambios de Elektro Kif, la obra que estos días repone, actualizada, en la sala parisina La Cigale para festejar el vigésimo aniversario de su compañía de danza. La obra refleja la personalidad inquieta de la bailarina y coreógrafa que hace 21 años decidió dejar España para instalarse en Francia.

Muy joven, con 17 años, y después de haber formado parte del equipo de gimnasia nacional, se fue a Nueva York a formarse en la escuela de Martha Graham. Allí, en las calles, descubrió el hip hop y las danzas urbanas. La mezcló con sus raíces de inspiración árabe andaluza y puso en pie el primer grupo de flamenco rap. A partir de entonces, su universo creativo no ha dejado de crecer y, además de crear coreografías, Blanca Li ha dirigido largometrajes y documentales, ha colaborado con directores de teatro y ópera, publicitarios y vídeo artistas y protagonizado numerosas performances. Ella es la creadora del número de baile de los tres azafatos de Los amantes pasajeros de Pedro Almodóvar Los amantes pasajeros, un amigo desde los tiempos de la movida madrileña.

El día del reestreno de Elektro Kif en París, el 8 de abril, sus seguidores, que en Francia son legión, se agolpaban a la entrada del teatro mezclados con muchos de los amigos de la coreógrafa, entre otras las Almodóvar Girls Victoria Abril, Marisa Paredes y Lola Dueñas. “Decidí celebrar por todo lo alto los 20 años de la compañía”, dice; “celebrar que se ha cumplido mi sueño y que vivo de la danza y del teatro”. Los festejos acabarán en septiembre en el Grand Palais, con la celebración de la segunda edición de la Fiesta de la Danza. En la anterior, más de 14.000 personas que bailaron desde electro o ballet clásico hasta danzas de Bollywood, turcas, orientales, contemporáneas, flamenco y charlestón.

Pero hasta el 27 de abril sigue atenta los movimientos optimistas y electrizantes de los 8 bailarines, en su mayoría de origen árabe y aficano en La Cigale. El espectáculo es una impresionante descarga de energía que se transmite al patio de butacas, que acogió con calurosos aplausos a la coreógrafa cuando subió a saludar al escenario al final de la función.

“Conocí a los bailarines hace un par de años en un concurso al que fui como jurado y me dejaron impresionada”, cuenta Li. El electro es una danza urbana que surge en las discotecas parisinas hacia 2006 y que se caracteriza por unos particularísimos movimientos de brazos y piernas. Siempre receptiva y abierta a cualquier novedad, enseguida se puso a dar forma al descubrimiento. “Cada espectáculo es una aventura, busco cosas que me estimulen, que me exciten”, explica. La inspiración para sus obras la encuentra en la calle, en lo cotidiano, en las exposiciones, en los libros. “Me dejo llevar por la vida”, resume.

Ahora prepara también Robots, una pieza que se estrenará en julio en el Festival de Danza de Montpellier. “Es una reflexión sobre la relación, cada vez más intensa, de los hombres con las máquinas r. Voy a trabajar con bailarines y robots”, explica. En un reciente viaje a Japón descubrió máquinas muy sofisticadas, “tanto que pueden cumplir tareas casi humanas”. “Pero no me dan miedo, no creo que llegue el día en que suplan a los humanos como en los relatos de ciencia ficción”, ríe. “Se les puede encomendar misiones muy concretas como por ejemplo servir de memoria para los enfermos de alzhéimer. El robot les dice ´hora de tomarse la pastilla´… O como mascotas para niños que están hospitalizados”, explica. En la coreografía, los bailarines y robots danzarán juntos en el escenario al son de la música interpretada por los segundos.

Esta visión positiva de las cosas y de la vida le hace encajar con buena cara el duro panorama que la crisis está imponiendo en toda Europa, sobre todo en el ámbito de la cultura. “No hay que dejarse invadir por el pesimismo; al revés, hay que inventar cosas, moverse, lanzarse, producir, no puedes dejar que te venza el miedo”, dice. “Además, en tiempos de crisis, la danza, el cine, el teatro, todas las expresiones artística ganan aún mayor importancia porque la gente necesita reírse, divertirse, soñar…”, añade.

Su compañía no es ajena a la atmósfera general de recortes. Ahora mismo trabaja sin ninguna subvención, con menos medios que antes pero “creyendo mucho” en lo que hace. Recuerda cuando llegó a Francia con su pareja, un matemático de origen chino al que conoció en Marruecos: “Decidimos instalarnos en París porque era una ciudad muy cosmopolita que nos ofrecía oportunidades a los dos”.

“Hace años, había muchas ayudas para la cultura y eso ahora está cambiando, el sistema se empieza a resquebrajar”. Aunque reconoce que “comparado con España, Francia sigue siendo generosa con la cultura”. “Yo me fui porque en España no veía salida, ni posibilidad de seguir creciendo profesionalmente; había pocos recursos e infraestructuras”, cuenta. Veinte años después, no cree que la situación haya mejorado: “Para la danza casi está peor y es horrible porque la danza es una disciplina durísima que necesita ayudas. No es como la música o el cine, que tienen una industria detrás. No, la danza es muy artesanal”.

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