Cumbre del clima de Glasgow

China y EEUU se dan la mano en la Cumbre de Glasgow: así entienden la política climática los dos mayores emisores

Miembros de Extinction Rebellion protestan este jueves frente a la entrada principal de la COP26 en Glasgow.

Durante la tarde noche del miércoles saltó la sorpresa: acuerdo entre Estados Unidos y China en materia climática, en el marco de la COP26 de Glasgow. Prácticamente nadie se esperaba el comunicado conjunto, que según explicó posteriormente la delegación del gigante asiático, es fruto de más de 30 reuniones durante meses de las que pocos tenían constancia. Es, indudablemente, una buena noticia, aunque el texto resultante es poco concreto –como casi todos los pactos de estos días–, sirve más para apuntalar las posiciones de cada una de las partes que para avanzar y, a tenor de lo sucedido este jueves, sigue sin desbloquear unas negociaciones que, salvo giro de última hora, sobrepasarán el cierre oficial de la cumbre, prevista para este jueves.

El texto  –disponible en inglés aquí– muestra que, como buen acuerdo, las posturas de cada potencia sobre cómo debe avanzar el multilateralismo climático son respetadas. Estados Unidos, junto a la Unión Europea y otros países desarrollados, piden que las promesas de reducción de emisiones para 2030 y 2050, articuladas a través de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC's, siglas en inglés) sean lo suficientemente ambiciosas como para cumplir el Acuerdo de París, que se propuso en 2015 limitar el calentamiento global a 1,5 grados, como mucho 2, a finales de siglo. Tanto el país norteamericano como el club comunitario cuentan con los objetivos más avanzados que, de cumplirse, acercarían al mundo a evitar el desastre total. 

China, por otro lado, lidera el frente de las economías emergentes, que no quieren ni oír hablar de mejorar los NDC's sin un fuerte compromiso de los países más ricos para facilitar la financiación climática y los recursos a otros países con dificultades para ejecutar la transición. Sus compromisos incluyen aumentos de emisiones hasta 2030 y lo dejan claro: están en su derecho de seguir haciéndolo durante la próxima década y el exceso debe ser compensado por las naciones desarrolladas, históricamente culpables del fenómeno. El crecimiento de sus economías no puede ponerse en peligro por las irresponsabilidades de otros desde la Revolución Industrial. 

El país asiático defiende, así, que sus promesas, pese a que no son las mejores, son "realistas" y acordes a las políticas actuales y a la planificación del Estado; a diferencia de los Estados Unidos y la Unión Europea, que prometen y prometen sin que su transición termine de arrancar. "China no es un país fanfarrón sino uno con los pies en la tierra, y no actuará como algunos países occidentales que hacen promesas a ciegas", se puede leer en uno de los principales periódicos afines al Partido Comunista, The Global Times.

Los chinos se han comprometido a un objetivo de cero emisiones netas en 2060. De cumplirse, sería una noticia excelente para la acción climática, pero los científicos dudan de que un descenso tan radical, postergando el descenso de emisiones hasta 2030, sea viable. Sin embargo, la propaganda estatal no tiene dudas. "China completará la más dramática reducción mundial de la intensidad de emisiones de carbono, y logrará su neutralidad de carbono desde el pico de emisiones en el tiempo más corto en la historia mundial". 

Los análisis occidentales de organizaciones como Climate Action Tracker le dan, en parte, la razón a China, el país que más gases de efecto invernadero emite en términos absolutos. Sus metas son "muy insuficientes", pero sus políticas van en el camino de cumplir la cifra de reducción que se proponen, al menos a corto plazo: no ofrecen nada que no pueden cumplir. Su objetivo a 2030 lleva al planeta a un calentamiento de 3 grados si todos los países del mundo siguieran el ejemplo, pero sus políticas también. Ni trampa ni cartón.

"China ha realizado una mejora en sus NDC's anteriores, pero aún dejan espacio para una mayor ambición, ya que proyectamos que China, bajo sus proyecciones de políticas actuales, puede cumplirlos sin más esfuerzos adicionales. Dicho esto, estos anuncios fueron un paso bienvenido después de un año de recuperación post-covid intensivo en dióxido de carbono", asegura Climate Action Tracker. El país asiático es uno de los que emitirá más en 2021 que en 2019. 

Estados Unidos, por su parte, se lleva un "insuficiente", mejor que el "muy insuficiente" dedicado a China. Su meta a 2030, actualizada en abril de 2021, dejaría al mundo al borde de los 2 grados de calentamiento global. Quieren empezar a reducir las emisiones ya y no dentro de una década. El problema es que, según Climate Action Tracker, las políticas actuales no están a la altura y elevarían los termómetros hasta los 3 grados. Igual que los asiáticos. Joe Biden, tras cuatro años de negacionismo de su antecesor, ha devuelto al país a primera línea de la acción climática, pero necesita el apoyo del Congreso para aprobar su paquete legislativo verde y se le resisten dos demócratas moderados que, por ahora, están impidiendo la aprobación. La facción más derechista de su propio partido le está atando las manos. 

El organismo aprueba que Biden haya pedido identificar y acabar con los subsidios a combustibles fósiles, suspendió las perforaciones en búsqueda de petróleo y gas en el Ártico y revocó los permisos para un gran oleoducto. Pero aun así, y por el momento, "la totalidad de las políticas y propuestas de EEUU necesitan mejoras sustanciales para ser coherentes con el límite de temperatura de 1, 5° C del Acuerdo de París y no son coherentes con ninguna interpretación de una contribución equitativa". El gigante norteamericano es el segundo emisor en términos absolutos, pero en primero en relación con su población excluyendo pequeños Estados petroleros, como Arabia Saudí o Kuwait. Por encima de China. Y, como exige Climate Action Tracker, debe esforzarse aún más para compensar todo lo emitido en el pasado. Los estadounidenses ya expulsaban mucho dióxido de carbono cuando Mao Zedong era aún un guerrillero contra la invasión japonesa. 

Hay victorias para ambos bandos en el texto acordado. Por un lado, ambas naciones se comprometen a "acelerar sus acciones" en esta década, lo que es un punto a favor de Estados Unidos. Por otro lado, ambos reconocen "la importancia de la adaptación para abordar la crisis climática, incluida una mayor discusión sobre el objetivo global de adaptación y la promoción de su implementación efectiva, así como la ampliación del apoyo financiero y de creación de capacidad para la adaptación en los países en desarrollo". Punto para China. Aunque en ambos temas, sin una cifra concreta sobre la mesa. 

Los observadores se dividen entre el reconocimiento a la buena noticia y la insistencia en que no es suficiente. Antes de la cumbre, los negociadores reconocían en público y en privado que el entendimiento entre Estados Unidos y China era esencial, siendo las principales potencias de la lucha desarrollados vs. emergentes que se libra en la COP26. Sin embargo, el acuerdo, por el momento, no está sirviendo de mucho. Las conversaciones sobre financiación climática y ayuda para las pérdidas y daños siguen bloqueadas, sin avances relevantes. El borrador del reglamento del artículo 6, sobre los mercados de carbono, se mantiene con infinitas posibles combinaciones y las puertas abiertas a la doble contabilidad. El texto provisional que salió a la luz el miércoles, rechazado por las ONG, podría ser incluso descafeinarse: varios países presionan para eliminar la parte dedicada a mitigación.

Mientras tanto, desde China se celebra el pacto por el bien de la acción climática, sí, pero también por el bien de las relaciones entre las dos potencias, muy deterioradas en los últimos años, con infinitas tensiones comerciales y con escenarios equivalentes al de la Guerra fría. Los analistas citados por The Global Times apuntan a que el entendimiento climático podría abrir la puerta a más consensos en el marco del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, cuyo principal evento se celebra este viernes en Nueva Zelanda. Pero también advirtieron: no se fían de Estados Unidos, porque la llegada de un nuevo Trump podría echar por tierra la recién estrenada ambición climática. Al otro lado del océano también recelan de una potencia autocrática con carencias en derechos humanos y libertad de expresión, cuyo avance imparable amenaza su preponderancia. Han empezado a entenderse, pero queda mucho camino por recorrer y el planeta no tiene tanto tiempo. 

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