Alemania, Francia, Países Bajos y Suecia están enviando militares a Groenlandia para reforzar su defensa y ayudar a Dinamarca ante las presiones asfixiantes de la Administración Trump para hacerse con ese territorio. Noruega o Reino Unido, fuera de la UE, también están participando. El presidente Pedro Sánchez anunció hace unos días que España se sumaría, pero el Gobierno ahora parece dudar y la presencia de soldados españoles, su cuantía y tipo todavía no está confirmada. Bélgica no enviará por el momento a sus tropas. Desde su ministerio de Defensa se justifican asegurando que “no hemos recibido una demanda de la OTAN, de la UE o bilateral” al respecto.
En un tiempo de rearme en todos los países de la Unión Europea, con incrementos sustanciales y anuales en las inversiones presupuestarias para esta partida, las dudas mostradas entre los Estados miembros sobre su involucración militar contrastan con la firmeza que muestra Donald Trump para hacerse con Groenlandia. “Si no vamos a por ella, lo harán Rusia y China” ha manifestado esta semana el presidente estadounidense después de la reunión entre miembros de su Administración y los ministros de Exteriores de Dinamarca y la isla. Y desnudan a la UE por su falta de un ejército común como elemento de disuasión.
“No hay nada que Dinamarca pueda hacer si Rusia o China quieren ocupar Groenlandia. Pero sí hay algo que podemos hacer nosotros, ya lo descubrimos en Venezuela”, amenazó Trump, quien considera que no se “puede fiar de Dinamarca para ser capaz de defenderse por sí misma”.
En los últimos dos años, Copenhague ha aumentado en cerca de 15.000 millones de euros su contribución a la seguridad del Ártico e incrementará el despliegue de cazas de combate, barcos de guerra y tropas en su territorio autónomo. No parece suficiente ante las amenazas crecientes de Washington, de ahí que varios países europeos se hayan comprometido con sus propios militares en misiones conjuntas.
La base de un ejército europeo
Lentamente, el proyecto aparcado durante años se abre paso, aunque la descoordinación y los intereses políticos, industriales y geoestratégicos de cada Estado lo frenan. El Ejército Europeo es una posibilidad surgida en 2007 de la PESCO, la Cooperación Estructurada Permanente que permite a los Estados de la Unión el desarrollo conjunto de sus capacidades de defensa y participar con sus unidades de combate en misiones militares planificadas.
Hace una década, la canciller Angela Merkel y el entonces presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, ya hablaron de una fuerza militar conjunta. Ahora, el comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, retoma esta propuesta y la concreta en 100.000 soldados como base de ese futuro ejército comunitario.
Kubilius es el primer comisario en la historia dedicado al ámbito de la Defensa, una decisión adoptada por la presidenta Ursula von der Leyen el año pasado y vista como disruptiva a la vez que necesaria ante el escenario internacional, en el que la UE cada vez estaba más implicada militarmente en Ucrania. Los 27 han entregado 63.000 millones de euros desde febrero de 2022 hasta septiembre de 2025 a Kiev en ayuda militar y se preparan para ofrecer otros 60.000 millones este año y el siguiente, se han involucrado en misiones de entrenamiento de las fuerzas armadas ucranianas en sus respectivos territorios y ahora deben desplegarse en el territorio autónomo de un Estado miembro ante la coacción de su supuesto gran aliado y garante de su seguridad colectiva.
El comisario europeo de Defensa se pregunta “si los Estados Unidos serían más fuertes si tuviesen 50 ejércitos a nivel estatal en vez de un sólo ejército federal”. Su respuesta es que no y, por lo tanto, concluye con un elocuente “a qué estamos esperando” para crear unas fuerzas armadas de la UE.
La Unión cuenta ya con una Fuerza de Despliegue Rápido para responder a crisis y amenazas externas con 5.000 soldados fuera de sus fronteras. Está formada por batallones de combate rotatorios con tropa aérea, naval y terrestre de los Estados miembros, capaces de realizar una variedad de misiones, desde la estabilización y la interposición de la paz en territorios en conflicto hasta la evacuación, el rescate o la asistencia humanitaria. Cuenta con un mando conjunto y los 27 gobiernos deben autorizar su despliegue.
Esta Fuerza de Despliegue (o Rapid Deployment Capacity) es, según Guntram Wolff, exdirector del think tank bruselense Bruegel y del German Council of Foreing Relations, “un instrumento militar apropiado a su disposición” y el envío a Groenlandia sería “un signo de madurez estratégica y de la unidad europea”. La base para un ejército de la Unión, aunque según estudios de la Comisión, la capacidad defensiva común iría más allá y depende de tres pilares: más inversión en capacidad productiva, instituciones preparadas, y la voluntad política para la disuasión y la guerra, si fuese necesaria.
La imposición externa del rearme
Aunque la decisión de que los países de la OTAN alcanzasen el 2% de su PIB en gasto militar fue adoptada en 2014, no estaban cumpliendo y según los datos de la propia Alianza en 2022 sólo siete de los entonces 30 miembros llegaban al porcentaje. Eran Estados Unidos, las tres repúblicas bálticas, Polonia, Grecia y el Reino Unido. La invasión de Ucrania cambió los tiempos y la mentalidad de los Gobiernos. Dos años después, 24 países ya habían alcanzado ese 2% y la Cumbre de la OTAN en La Haya elevó sustancialmente el objetivo al 5%, sólo cuestionado y no firmado por España, que sí supera el 2%.
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Mark Rutte, secretario general de la Alianza, Kaja Kallas, Alta Representante Exterior, Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión, y por encima de todos Donald Trump exigen más gasto militar. El estadounidense, para retirar efectivos del continente europeo y reposicionarlos en el hemisferio occidental, donde ahora está recuperando la doctrina Monroe, o en Asia; Rutte, como subordinado de Washington desde su cargo; y la estonia y la alemana, alertando continuamente sobre el peligro del expansionismo ruso para la UE.
Cuando la Eurocámara debatió el Libro Blanco de la Defensa presentado por la Comisión como base para el programa de 650.000 millones en gasto militar, una mayoría de Los Verdes lo validaron. Reinier van Lanschot, ecologista de Volt, escribió entonces que “la necesidad para inversiones urgentes de defensa es alta” y que “la UE debe mostrar liderazgo y asumir la responsabilidad de su propia libertad y seguridad”. Su compañero de bancada, Villy Sovndal, se mostró favorable a los programas de inversión en defensa y de ayuda a Ucrania con un “es de la mayor importancia que sigamos aplicando presión a Rusia”.
Y fue la anterior coalición de Gobierno alemana entre socialdemócratas y verdes la que aprobó el fondo especial de 100.000 millones de euros con un cambio constitucional que permitiese mayor endeudamiento federal para comprar sistemas avanzados de armas, como cazabombarderos F-35 y baterías antimisiles Patriot, ambos de fabricación estadounidense. El clima político ha virado tanto en el continente que formaciones políticas que antaño hacían del pacifismo su bandera ahora comparten mensajes en pos del rearme y la seguridad y defensa.
Alemania, Francia, Países Bajos y Suecia están enviando militares a Groenlandia para reforzar su defensa y ayudar a Dinamarca ante las presiones asfixiantes de la Administración Trump para hacerse con ese territorio. Noruega o Reino Unido, fuera de la UE, también están participando. El presidente Pedro Sánchez anunció hace unos días que España se sumaría, pero el Gobierno ahora parece dudar y la presencia de soldados españoles, su cuantía y tipo todavía no está confirmada. Bélgica no enviará por el momento a sus tropas. Desde su ministerio de Defensa se justifican asegurando que “no hemos recibido una demanda de la OTAN, de la UE o bilateral” al respecto.