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"Ahora vivo escondido": los afganos comprueban que los talibanes no han cambiado

La gente lucha por entrar en el aeropuerto internacional Hamid Karzai, para huir del país, en Kabul, Afganistán, este 23 de agosto.

Mortaza Behboudi (Mediapart)

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Hace más de una semana que la situación en Afganistán cambió dramáticamente. ¿A quién creer entre los talibanes? Mientras algunos de los nuevos amos del país afirmaron al principio que las mujeres podrían seguir yendo a trabajar e ir a la escuela, otros buscan activistas y periodistas casa por casa.

Leila*, de 56 años, estaba en su domicilio hace una semana con sus tres nietos y su hija en un pueblo del norte cuando llamaron a su puerta. Sima, su hija de 23 años, supo endeguida que eran los combatientes insurgentes. Tres días antes, habían estado allí y le habían ordenado a su madre que preparara comida para quince milicianos talibanes.

"Mi madre les dijo: 'Soy pobre'", cuenta Sima, que fue contactada por teléfono. "'¿Cómo puedo prepararos la comida?', les dijo". "Los talibanes maltrataron a mi madre. Se cayó y la golpearon con sus kalashnikovs", añade.

Sima comienza a llorar. "Les grité a los talibanes que se detuvieran. Se detuvieron y, tras una pausa, lanzaron una granada en la habitación contigua y huyeron. Aunque nadie resultó herido en la explosión, su madre murió a causa de los golpes. Sima, que ahora lleva un burka para evitar problemas, se queda sola para cuidar de sus hermanos menores. "Tengo mucho miedo porque no tengo un mahram [un acompañante, marido o hermano mayor] que me acompañe fuera al supermercado".

Ali, de 45 años, casado y con tres hijos, vive en la capital afgana y no ha visto a sus padres desde hace casi ocho años. Viven en Ghazni, a tres horas en coche. Cuatro días después de que los talibanes tomaran el control de la ciudad, decidió ir allí porque le necesitaban para reparar el tejado de su casa. "Los talibanes me han dicho que tengo que quedarme en Kabul y que no puedo ver a mis padres. Pensé que habían cambiado, pero no, están peor que hace veinticinco años".

"Pensaba que habían cambiado, pero no, están peor que hace 25 años"

Ali, residente en Kabul

En toda la ciudad, estas historias parecen repetirse. Los residentes informan de que los talibanes buscan militantes, intérpretes, soldados del régimen depuesto y periodistas. Según fuentes locales, están preparando una lista de personas que han trabajado para extranjeros. Adila, de 27 años, es activista y periodista. Vive en el oeste de Kabul y es la mayor de su familia, compuesta por cuatro hermanas y un hermano. Sus padres son mayores. Todos confiaban en ella. "Podía alimentar a la familia con mi pequeño sueldo de periodista y empleado de una ONG internacional estadounidense. Ahora vivo escondido".

Adila ya se ha puesto en contacto con su empleador estadounidense. Pero él la ha abandonado y no responde a sus correos electrónicos. "Los talibanes ya han acudido a mi padre para que detenga mi trabajo con los extranjeros.

Profunda desconfianza

Cuando los talibanes gobernaron Afganistán de 1996 a 2001, cerraron las escuelas de niñas y prohibieron a las mujeres trabajar. Las restricciones impuestas a las mujeres disminuyeron tras la invasión estadounidense de 2001, e incluso mientras la guerra continuaba, un compromiso para mejorar los derechos de las mujeres con el apoyo de grupos y donantes internacionales condujo a nuevos derechos.

Esta vez, los talibanes prometen formar un "Gobierno islámico inclusivo de Afganistán", aunque no está claro cómo será: ¿incluirá a las mujeres y a los jóvenes? El martes 17 de agosto, en una conferencia de prensa, la primera desde su victoria, el portavoz talibán Zabihullah Mujahid afirmó que "las escuelas se abrirán y las niñas y mujeres irán a la escuela como profesoras y estudiantes".

Pero los testimonios recogidos a lo largo de los días pintan un panorama diferente. Existe una profunda desconfianza hacia aquellos cuyas fechorías entre 1996 y 2001 se recuerdan desde que estaban en el poder.

"Sabemos que el portavoz talibán es un mentiroso y lo ha demostrado en los últimos veinte años. Hemos conseguido mucho y hemos luchado por nuestros derechos y no queremos perderlos", dice Adila. "Ahora no puedo ver a mis amigos. No puedo ir a trabajar. Nos matarán".

Algunos ya han desafiado a las nuevas autoridades. El jueves, Día de la Independencia, unas 200 personas, entre ellas siete mujeres, se manifestaron con la bandera afgana y gritaron "La bandera es nuestra identidad". Finalmente fueron dispersados por los disparos de los talibanes. Una de las manifestantes, la activista y escritora Crystal Bayat, habló abiertamente con The New York Times. "Durante los últimos diecinueve años", dijo, "he estudiado y luchado para conseguir mis objetivos, pero ahora todos mis sueños han muerto".

En julio, la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán afirmó que en las zonas controladas por los talibanes no se permitía a las mujeres acudir a los centros de salud sin un tutor masculino. Se ha prohibido la televisión y se ha ordenado a profesores y alumnos que lleven turbante y barba. Eruditos religiosos, funcionarios del Gobierno, periodistas, activistas de derechos humanos y mujeres fueron objeto de asesinatos, según la comisión.

Texto original en francés:

El regreso de los talibanes alimenta el temor a un nuevo santuario terrorista

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